Los científicos ya no tienen la exclusiva. Hoy en día cualquier ciudadano puede hacer un descubrimiento científico de gran impacto. Eso le sucedió a Hanny Van Arkel. Aficionada a la astronomía se registró en la web de ciencia ciudadana Galaxy Zoo y descubrió un objeto celeste desconocido por la ciencia.

Sucedió en 2007, cuando tenía 24 años, y le cambió la vida. Desde su hallazgo revolucionario esta bióloga y profesora de holandés ha recorrido medio mundo dando conferencias sobre su historia y los últimos descubrimientos astronómicos.

La nueva categoría astronómica se llama oficialmente como ella: Objeto de Hanny o Voorwerp de Hanny. Es una nube de gases ionizados de color verde intenso y enorme como una galaxia. Tras años de estudio los expertos averiguaron que la extraña formación son los restos de un cuásar apagado. Ya se han descubierto una decena.

La web Galaxy Zoo es idea de Kevin Schawinski y Chris Lintott, astrónomos de la Universidad de Oxford. Desbordados ante la necesidad de clasificar según su forma un millón de galaxias para crear un algoritmo que hiciera esa labor de manera automatizada, decidieron pedir ayuda a los internautas. El funcionamiento es simple. Ante la imagen de una galaxia el ciudadano debe responder a una serie de preguntas sencillas sobre su forma, color y disposición.

El impulso definitivo se lo dio su amigo Brian May, el que fuera guitarrista de la banda Queen y hoy astrofísico. Desde su página web animó a sus seguidores a participar. Un día después del lanzamiento se estaban clasificando 60.000 galaxias cada hora. Tal era el volumen de entradas que la web se cayó. Habían convertido la ciencia en el juego de moda. Participaba gente que no estaba ni de lejos interesada en la bóveda celeste.

Brian May, guitarrista de Queen y astrofisico, con Plutón

Brian May, guitarrista de Queen y astrofisico, con Plutón NASA

Al calor de este proyecto pionero nació Zoouniverse. Reúne las iniciativas que requieren la participación ciudadana para gestionar una ingente cantidad de datos. La colaboración de los internautas es crucial para agilizar el proceso.

La web parece un catálogo de videojuegos. Los hay para todos los gustos. Con Planet Four uno puede desplazarse a Marte para buscar estructuras poligonales, viajar en el tiempo y convertirse en historiador con Operación War Diary, que pide arrimar el hombro para revisar un millón y medio de páginas de los diarios de soldados británicos de la Gran Guerra, o identificar plancton en imágenes marinas microscópicas con Plankton Portal.

Observar animales desde el sofá de casa es una de las actividades favoritas de los ciudadanos científicos. Y si están en lugares remotos más. Penguin watch es idea de la Universidad de Oxford, la División Antártica Australiana y la Iniciativa Darwin. Tienen 50 cámaras distribuidas por el Océano Austral y a lo largo de la Península Antártica, con vistas a las colonias de pingüinos juanitos, barbijos, adelias y rey. En este caso el ciudadano tiene que marcar los adultos, las crías y los huevos que vea en las imagenes. Son cientos de miles de instantáneas recogidas durante tres años. Es una tarea automática relajante y que transporta al participante a la otra punta del mundo.

Clasificar pingüinos es ciencia ciudadana

Hay que seleccionar los adultos, crías y huevos de la imagen PENGUIN WATCH

Clasificar gritos ultrasónicos de murciélagos es otra opción. En la página Bat Detective hay que diferenciar sonidos hechos por insectos de los chillidos de murciélagos a partir de sonogramas. Y averiguar si son sonidos para cazar o para comunicarse con sus compañeros. El proyecto nació en 2012 y desde entonces recoge sonidos de las 1100 especies de murciélagos que existen en distintos puntos del globo. Es una colaboración del University College de Londres, la Sociedad Zoológica y The Bat Conservation Trust. La clasificación servirá para generar un algoritmo que permita reconocer automaticamente el tipo de sonido que hace el murciélago.

No todo consiste en catalogar. Los científicos también necesitan que los ciudadanos aportemos información. Para elaborar el mapa de la distribución del mosquito tigre en España la ciencia está echando mano de los científicos ciudadanos. Para dejar constancia del avistamiento de estos insectos venidos de Asia se puede dar aviso a través de la aplicación Mosquito Alert. Gracias a ella los expertos han averiguado que el insecto ha ampliado su territorio y ha alcanzado Málaga y Aragón.

Pasar la gripe también es de utilidad para la ciencia. GripeNET hace un estudio epidemiológico basándose en los datos proporcionados por los ciudadanos, incluidos detalles como si el enfermo tiene hijos en la guardería. Para participar hay que registrarse y rellenar un cuestionario semanal durante los seis meses que dura la campaña de la gripe, de noviembre a abril.

Hacer fotografías de naturaleza geolocalizadas ayuda a hacer un mapa de la biodiversidad y los fenómenos atmosféricos de España. Biodiversidad Virtual recoge estas fotos en una base de datos y las pone a disposición de especialistas que las estudian e identifican. Ya cuenta con 1,6 millones de imágenes georeferenciadas de animales, plantas, hongos, geología y meteorología aportadas por más de 4000 ciudadanos. Las fotos hechas con el móvil o con cámara se pueden subir a través de su app para Android o del ordenador.

Una experiencia absolutamente deliciosa es contribuir con el proyecto Feederwatch del Laboratorio de Ornitología Cornell. Los aficionados han de contar e identificar las aves que acuden a los comederos distribuidos en Estados Unidos y Canadá. Algunos están vigilados por webcam.

Las iniciativas que requieren de la ayuda ciudadana despegaron cuando los ordenadores personales se instauraron en todas las casas e internet se hizo imprescindible. Tomaron fuerza a raíz con el nacimiento del programa informático BOINC de búsqueda de vida inteligente extraterrestre en 2002. Lo diseñó la Universidad de Berkeley para el proyecto SETI@home, que analiza las señales de radio recibidas por el radiotelescopio más grande del mundo, el Arecibo, en Puerto Rico, confiando en que si existe vida extraterrestre tanto o más inteligente que los humanos, se les haya ocurrido lanzar un mensaje en forma de ondas de radio o que su civilización haya generado alguna señal articulada que podamos recoger y entender.

No es una idea tan descabellada como parece. De hecho, nosotros mismos lo hemos hecho. Desde el observatorio de Arecibo, en Puerto Rico, en 1974 lanzamos un mensaje al cúmulo de estrellas M13, en la constelación de Hércules. El inconveniente es que la respuesta, si es que la hay, llegaría en 50.000 años.

En este caso el proyecto no necesita del trabajo de una persona, solo la memoria de su ordenador personal. Es computación distribuida. En el tiempo en el que el PC está en reposo, con el salvapantallas, el programa aprovecha para usar la memoria para analizar los datos. Algo así de sencillo es suficiente para ser el posible coautor de uno de los mayores descubrimientos de la historia de la humanidad.