Antes que el Meteosat, miles de ilustres rodillas han predicho los cambios de tiempo por todo el mundo. A diferencia del satélite, que permite hacer cálculos bien precisos, nadie tiene una respuesta concluyente sobre por qué sólo a algunas personas le duelen las articulaciones ante variaciones atmosféricas bruscas.

¿Somos los humanos meteosensibles? Para el investigador Alberto Martí, no hay mejor hombre o mujer del tiempo que nuestro propio cuerpo. Y lleva intentándolo demostrar empíricamente desde hace años. Este climatólgo de la Universidad de Santiago (USC) se ha aliado con médicos y físicos para identificar el común denominador que provoca que nuestros organismos duelan, entristezcan o enfermen ante un cambio meteorológico.

«Aspiramos a que en un futuro el parte del tiempo vaya acompañado de una previsión biometeorológica». Sería como decir que se espera un frente de migrañas por el noroeste acompañado de una precipitación de lágrimas entre quienes padecen ansiedad.

El parte del tiempo debería ir acompañado de una previsión biometeorológica

Más allá de este retrato paródico, Martí lleva ocho años trabajando para llegar a conclusiones claras. Junto al geógrafo Dominic Royé (UC) , los físicos Nieves Lorenzo y Juan Taboada y los catedráticos de Medicina Adolfo Figueiras y Margarita Taracido (USC) han podido constatar cómo tras tres días seguidos de «circulación atmosférica del este o sureste, fría y seca, aumenta hasta un 50% el número de ingresos hospitalarios», en su comunidad, de personas con afecciones en las vías respiratorias superiores.

Al término de 2016 concluyeron la primera fase de un estudio centrado en la gripe. Aunque «queda aún mucho trabajo por hacer» y hay muchas variables, Martí anticipa que «en Galicia, parece que hay una relación entre picos de la enfermedad y los vientos del suroeste y sur, más húmedos».

Cuando el viento reducía las condenas

Al calor de la meteosensiblidad se ha especulado mucho sobre el efecto del aire cargado eléctricamente. Los llamados iones (átomos que han perdido o ganado un electrón) se pueden formar en la atmósfera a partir de determinados vientos y rozamientos. Aires que, en jerga coloquial, nos vuelven locos.

Efecto Foehn en La Palma

Efecto Foehn en La Palma. Frank Vincentz, Wikimedia

El llamado efecto Foehn se produce cuando una masa de aire húmeda choca con una montaña. Se seca y la parte que pasa a la otra ladera desciende rápidamente según aumenta la presión. Puede provocar subidas de termómetro muy bruscas pero, «sobre todo, son vientos muy cargados eléctricamente».

Martí dice que «parece que hay gente sensible a la carga eléctrica del aire. Hay personas que, ya con ciertos trastornos, puede producirles un agravamiento de depresiones o agresividad o dolores de cabeza», sentencia Martí. Aún no se sabe qué ocurre a nivel bioquímico.

En este sentido, antiguas leyes españolas aún recogían como atenuante el que se hubiera cometido un crimen durante episodios de vientos del sur. Igual «ocurría hasta hace poco en Suiza o en California».

Vientos que «perturban la razón». Una herencia de Hipócrates, quien en el siglo VI a.C. señalaba que «El viento Austro entorpece los oídos, oscurece la vista, carga la cabeza y deja el cuerpo lánguido y perezoso. El viento Aquilón (norte) produce horripilaciones, dolores, etc.».

La ciencia, no obstante, no tiene aún una respuesta concluyente, pese a que hay estudios desde los años cincuenta que relacionan claramente la presencia de vientos de efecto Foehn y alteraciones en la orina, vasodilatación y hormonas.

Hay timadores que venden objetos contra iones malos

Es un campo aún en desarrollo y algunos se aprovechan del ruido. En el mercado abundan remedios magufos de supuesta alta tecnología o, directamente, bloques de sal que «reequilibran el ambiente» a base de iones «buenos», prometiendo eliminar los malos… a la misma velocidad que se esfuma el dinero del comprador.

La mayoría de esos iones del aire se producen en la naturaleza por efecto de la evaporación del agua o la radiactividad. No hay piedras que valgan.

«El viento, en algunos momentos, parece capitanear algún efecto sobre nosotros”, indica a la agencia SINC el catedrático de psiquiatría de la UAB Antoni Bulbena. Publicó un estudio en 2004 tras constatar que recibía hasta tres veces más pacientes en el Hospital del Mar, con episodios de ansiedad cuando soplaba el poniente cálido.

Para el psiquiatra, vientos como la Tramontana fría del norte o el Siroco cálido del Sáhara influirían de similar manera. Israel (y sus vientos) ha sido uno de los polos de investigación sobre la meteosensibilidad más destacados desde los años ochenta. Entre los últimos estudios, destaca éste, que relaciona claramente las partículas en suspensión con los intentos de suicidio y esquizofrenia.

El cambio climático trastocará nuestro organismo

Martí defiende que se institucionalice la biometeorología porque va a ser cada vez más necesaria. En un escenario de cambio climático, «ya hay indicios de que fenómenos como las olas de calor serán cada vez más intensas y eso afecta a personas a nivel coronario, respiratorio, etc.», especialmente en las ciudades, donde vivirá el 70% del mundo en 2050.

«Los cambios bruscos (como el de esta semana) siempre van a suponer un estrés en los organismos, porque se adaptan mal», sentencia Martí.

La llegada de una borrasca o frente, por ejemplo, anticipan los cambios de tiempo. Y ahí, algunos huesos y suturas «lo notan» por dilatación. Ante el descenso de temperaturas de esta semana, «seguramente ya hace un par de días a alguien ya le duele la rodilla desde hace un par de días».