El glifosato es el herbicida más usado del mundo. Solo en un año se vende suficiente como para rociar medio kilo sobre cada hectárea cultivada del planeta. Los ecologistas lo tienen en el punto de mira. Sus protestas por su uso y abuso son encendidas y continuadas. Los rumores -para ellos convicciones- sobre su supuesta acción cancerígena han nublado la serenidad. Esta semana la Comisión Europea se reunía para revisar las últimas evidencias científicas sobre su seguridad. En base a ellas emitirá antes de final de año su decisión: prohibir el herbicida o prolongar su uso una década.

Hoy en día el uso del herbicida goza de una prórroga hasta diciembre, ya que los estados miembros no consiguieron ponerse de acuerdo para renovar o no la autorización el pasado mayo. Las razones tienen que ver con la falta de unanimidad de las autoridades científicas sobre los riesgos que entraña para la salud. Hasta marzo de 2015 los informes sobre un posible vínculo entre cáncer en humanos y glifosato habían sido negativos. Esa primavera estalló el conflicto. La Agencia Internacional para la Investigación del Cáncer (IARC) que depende de la OMS, incluyó el pesticida en el controvertido grupo 2A, es decir como “probable cancerígeno”. En esa misma categoría figura por ejemplo trabajar en una peluquería, en una freiduría, el consumo de hierba mate caliente o de carne roja.

No hay unanimidad entre las autoridades científicas sobre los riesgos que entraña para la salud

A finales de 2015, la EFSA publicó una nueva evaluación, más exhaustiva, en la que concluía que este herbicida “es improbable que suponga un riesgo cancerígeno para los seres humanos”. Este informe provocó una reacción inmediata de algunos colaboradores de la IARC, que escribieron una carta a la EFSA con reproches sobre la metodología de su evaluación. De igual manera la EFSA respondió a la IARC cuestionando las limitaciones de los estudios que habían incluido en el suyo.

“El informe de la EFSA tiene más datos sobre los que basar sus conclusiones, y la metodología es la que está armonizada en todo el mundo, sigue las pautas marcadas por los expertos tras la conferencia de Río de Naciones Unidas en el 92”, justifica a El Independiente José Tarazona, jefe de la Unidad de Pesticidas de la EFSA. Su evaluación ha sido una de las más amplias y concienzudas con más de 90.000 páginas y han tenido en cuenta 1500 publicaciones científicas.

Por su parte, AEPLA, la asociación que representa a la industria fitosanitaria reprocha que “la decisión alcanzada por la IARC se ha realizado considerando únicamente una selección de artículos publicados, no beneficiándose de la extensa base de datos de estudios toxicológicos que emplean las autoridades regulatorias de los países de la OCDE”.

Ante la discordancia, Alemania solicitó a la Agencia Europea de Sustancias y Mezclas Químicas (ECHA) otra evaluación, en la que ha tenido en cuenta los informes originales de estudios realizados por la industria sobre los posibles riesgos derivados del uso del herbicida y también los datos científicos relevantes recibidos durante la consulta pública que se convocó en el verano de 2016. En marzo anunció unas primeras conclusiones que cayeron como un jarro de agua fría a los detractores del químico: la evidencia científica disponible no reúne los criterios para clasificar el glifosato como cancerígeno ni tóxico para la reproducción. En noviembre estará terminado el informe completo. La expectación es máxima.

El glifosato se fumiga en jardines y parques urbanos

El glifosato se fumiga en jardines y parques urbanos Louise Joly

“Cuando hay divergencia en las conclusiones de los organismos de evaluación científica hay que aplicar el principio de precaución”, explica Luis Ferrereim, de Greenpeace. Cree que habría que prohibir su uso hasta que se pongan de acuerdo. “Estamos recogiendo firmas para prohibirlo“, anuncia. “También queremos que las evaluaciones se hagan en base a estudios que sean accesibles a todo el público. Si no, la industria puede manipular y distorsionar los datos, ya lo hemos visto con el tabaco y las emisiones de los coches”, denuncia.

“Que sea probable no significa que cause cáncer, incluso a una exposición 100 veces mayor que la que ocurre durante el uso normal contemplado en las etiqueta, el glifosato no supone un riesgo para la salud”, asegura AEPLA, que celebra que “haya prevalecido la evidencia científica y no la ideología“. “Necesitamos que nuestros agricultores puedan seguir siendo competitivos”, han dicho.

“Durante la consulta pública recibimos muchas peticiones recurrentes de prohibición del glifosato de colectivos antitransgénicos. Sin embargo, en la UE no están autorizados los transgénicos resistentes al glifosato”, explica Tarazona. En España solo se cultiva maíz MON 810, un transgénico, susceptible al glifosato, resistente al taladro gracias a un gen de bacteria con el que logra segregar sustancias tóxicas para el insecto.

Los transgénicos resistentes al glifosato son un invento de Agracetus, empresa biotecnológica que años más tarde compró Monsanto, que permite a los agricultores sembrar y fumigar para matar las malas hierbas sin dañar su cultivo. Estos grupos de presión combaten el uso del fitosanitario como parte de su lucha contra estos organismos modificados genéticamente, sin fundamento científico.

El glifosato se usa en abundancia en los países que cultivan algodón, soja transgénica y maíz resistentes al herbicida, como Estados Unidos y ocho países latinoamericanos, como Argentina, Uruguay o Brasil. Hasta hace unas semanas en Colombia se usaba para eliminar las matas de hojas de coca fumigando desde avionetas. La Corte Constitucional, alertada por el informe de la OMS, ha prohibido su uso para proteger a las comunidades indígenas que habitan el bosque.

En Colombia se usaba para eliminar las matas de hojas de coca fumigando desde avionetas

“Aún así el glifosato sigue siendo el herbicida más usado en la UE porque es barato, eficaz y poco tóxico”, apunta. Se usa en jardinería, en las vías de tren, lindes de caminos y en las ciudades para evitar el crecimiento desmedido de maleza en las aceras. La primavera pasada, ante el informe de la IARC, los ayuntamientos de varias ciudades españolas, como Madrid o Barcelona, anunciaron su intención de eliminarlo en parques y jardines municipales.

De lo que no hay dudas es del abuso que se está haciendo del glifosato. “La legislación europea es clara. La primera norma para el uso de pesticidas, herbicidas y medicamentos es que solo se usen cuando sean necesarios. Si hay otra alternativa al uso de pesticidas es la que hay que tomar. Si se está usando demasiado sería en contra de la normativa”, aclara Tarazona.

En este reciente escenario de exposición recurrente al herbicida, hay científicos que reclaman datos actualizados sobre la cantidad de herbicida que se acumula en los tejidos humanos así como la evaluación del riesgo para la salud humana de los preparados que se fumigan y no solo del glifosato aislado.

Aunque el herbicida desaparece pronto del medioambiente -tarda poco más de 20 días en descomponerse en moléculas inocuas- el exceso de uso está teniendo efectos negativos. “Los herbicidas acaban con plantas que son fuente de alimento para especies beneficiosas para el ser humano, como los polinizadores, y para los depredadores que atacan a las plagas que afectan a nuestros cultivos”, explica Ferrereim.

La ausencia de hierbas ha hecho caer la población de mariposas monarca

La ausencia de hierbas ha hecho caer la población de mariposas monarca Michael Jeffords y Susan Post

El declive de la mariposa monarca es uno de los indicadores más significativos de la necesidad de conservar las malas hierbas. Estos frágiles insectos protagonizan una de las migraciones más largas e impresionantes. Viajan de Canadá a México. Cada año hay menos. En 1997 la población era de 682 millones, en 2015 había disminuid0 a 42 millones. Una de las causas es la desaparición del algodoncillo, la planta donde ponen sus huevos y de la que se alimentan las orugas. El glisofato lo mata como hace con el resto de las hierbas de los jardines fumigados.

La polémica sustancia se descubrió en la década de los 70 del siglo pasado. El químico orgánico John Franz recién llegado a la división de agricultura de Monsanto recibió el encargo de revisar la acción como herbicidas de algunas moléculas que se habían estudiado como posibles ablandadores de agua sin éxito. Entre ellas figuraba el glifosato. En 1974 comenzó a comercializarse con el nombre de RoundUp. Hoy, ya libre de patente, lo venden una veintena de marcas.

En 1974 Monsanto empezó a comerciarlo con el nombre de RoundUp. Hoy, ya libre de patente, lo venden una veintena de marcas

Fue una revolución porque mataba todas las malas hierbas con la que entraba en contacto, anuales y perennes, y era muy poco tóxico más allá del mundo vegetal. Hasta ese momento se usaban herbicidas específicos para cada planta. Su aplicación también es muy sencilla. Se pulveriza sobre las hojas y tallos un preparado que penetra en la planta y así la molécula comienza a circular por sus tejidos. El glifosato inhibe una enzima crucial para la fabricación de ciertos aminoácidos esenciales para la vida de la planta. Esta enzima no existe en seres humanos y demás animales.

A mediados de los noventa sus ventas se dispararon. Monsanto, dueño de la patente en aquel entonces, empezó a comercializar semillas transgénicas de soja resistentes a este herbicida que disminuían los costes de producción. Desde entonces el uso del glifosato se ha multiplicado por 15 y sigue subiendo. En diciembre la historia podría dar un giro y el glifosato, maldito, morir de éxito.