A principios del siglo XX, el matrimonio Curie brilló más que los elementos con radiactividad que descubrieron. Estos, todo hay que decirlo, apenas emitían luz. Pero las marcas decidieron sacar provecho comercial de aquella nueva química al calor del matrimonio de moda.

El radio, como su hermano radiactivo, el polonio, nació discretamente «en un garaje». Un «hangar», como decía la prensa parisina de la época. «Pero, como en el caso de los pioneros de Apple, hubo algo más que garaje: una búsqueda y apoyo de grandes socios industriales», señala el profesor de Historia de la Ciencia de la UAB Xavier Roqué, autor de Marie Curie, icona ambivalent (UAB).

 

Como en la historia de Apple, el laboratorio de los Curie no fue sólo un garaje. Necesitaron de toda una industria para producir los elementos que descubrieron.

Pierre Curie y Marie Skłodowska entremezclan la épica de dos investigadores insólitos y el romance forjado entre probetas; la convulsión política de preguerra y la lucha de una mujer por abrirse camino en una academia machista y una industria ávida de progreso.

Todo eso queda retratado en mayor o menor medida en la película Marie Curie (dirigida por Marie Noëlle), biografía de la científica que muestra como peligra su segundo Nobel al conocerse su romance, ya de viuda, con otro científico casado. El filme se estrena este 2 de junio.

Para cuando los Curie empiezan a investigar conjuntamente, eran los rayos X, descritos en 1895, los que estaban de moda. «Se podían ver sus consecuencias y además eran fáciles de producir, a partir del residuo de fabricar bombillas a gran escala», recuerda Roqué.

Con el polonio y el radio la cosa es más complicada. Pierre Curie estaba interesado por los efectos de la radiactividad, pero es Marie quien centra el foco. «Pierre era brillante (descubrió la piezoelectricidad con menos de 20 años), pero creo que le faltaba disciplina», apunta a El Independiente la catedrática de Química Inorgánica de la US Adela Muñoz Páez. La autora de Marie Curie, la radiactividad y los elementos (RBA) añade que «ella empezó un campo nuevo, no siguió la estela de él. Lo llevó al terreno de su interés», después de que el científico hubiese abandonado el tema de su tesis doctoral.

Está intrigada al ver que muestras de determinada roca, la pechblenda, emiten radiación. Había algo ahí dentro que lo producía. Aislando otros componentes, aún ocurría este efecto. Se tenía que tratar de un elemento nuevo. Y bastaban unos pocos átomos para observarlo.

La sustancia más cara del mundo

Así descubrió primero el polonio, que consiguió aislar en su laboratorio al separar el uranio de la pechblenda. Costó más con el radio. «Para producirlo, se necesitaban toneladas de mineral», señala Roqué.

Cual grafeno hoy en día, «sus propiedades eran prometedoras»; entonces, en el «terreno de la salud, pues se veía que podían remitir algunos tumores», como había anticipado Pierre experimentando con roedores, recuerda Adela Muñoz.

Las empresas apostaron un poco a ciegas. Es el caso del fabricante de quininas (analgésicos y tónicos) Émile Armet de Lisle, quien reorientó su negocio a las sales de radio. Extraía pechblenda de Checoslovaquia y la llevaba a París. La mayoría iba a manos de los Curie, pero él se quedaba con una parte, «pese a no haber un uso claro». Sabía que de aquellas simbiosis con los científicos saldría algo rentable.

Pasta de dientes radiactiva

Entramos en las décadas del radio. Está por todos sitios. Es el reclamo comercial de moda. Fue el Nobel concedido al matrimonio lo que lo disparó como «el metal conyugal, tal como lo bautizó la prensa de la época» detalla Roqué.

Irene Curie en una petite Curie de la guerra

Irene Curie en una petite Curie de la guerra BNF

Empieza a venderse «pasta de dientes, camisetas térmicas, cosméticos… para cada uno hay un anuncio diciendo que contiene radio. ¿Cuánto? No lo sabemos con exactitud», señala el historiador. El uso del radio da valor al producto, aunque es dudoso que el efecto fuera apreciable. Era «glamuroso», eso sí.

Aún estaban por demostrarse sus promesas. Los peligros no se empiezan a evidenciar hasta una década después, aunque había indicios.

El mercado médico juega un papel fundamental en la popularización de la sustancia. «Tienen el dinero para comprar el producto más caro del mundo en aquel momento». Con la guerra, de hecho, la radiactividad toma cuerpo en forma de ambulancias con rayos X (las petites curies) o relojes luminiscentes.

Las chicas del radio

Precisamente, esos relojes cuyas agujas y números brillan en la oscuridad se fabricaron pensando en los combatientes que debían atrincherarse en lugares y momentos sin luz. Se ensamblaban en la United States Radium Corporation. Como en tantas industrias de la guerra, eran mujeres jóvenes sus operarias. Estuvieron expuestas a una pintura basada el radio.

Decenas de operarias murieron al exponerse al radio con que se pintaban las esferas de relojes luminiscentes

«Para entonces ya se conocían algunos efectos nocivos de las radiaciones», si bien se les dijo que era inocua. «La propia Marie Curie se negaba a reconocer una relación directa entre la exposición al radio y la enfermedad», de la que fue víctima también, apunta Roqué. Creía que aquellos tumores y anemias podrían deberse a que las operarias de la Radium Company chupaban los pinceles para afinar la precisión del brochazo en el reloj. Un envenenamiento por ingestión, «como mucho».

Desde los años treinta conocemos con más detalle los fatídicos efectos para la salud de la exposición al radio y otros elementos radiactivos. Pierre Curie los había empezado a estudiar y seguramente sufrir. El accidente que acaba con su vida en 1906 es visto por algunos «como una consecuencia de su desorientación y enfermedad», apunta la catedrática.

Las chicas del radio

Las chicas del radio

Aunque desarrollaron unos petos antirradiación, «los Curie no se protegieron», recuerda Muñoz. «Las primeras medidas de protección iban más encaminadas a proteger el instrumental de la contaminación. Eso hará, a la larga, que muchos de los trabajadores de esos laboratorios no enfermen», matiza Roqué.

Otros sí fallecerán y sus familias iniciarán juicios por el reconocimiento de una negligencia. «En los años veinte el radio no está dentro del catálogo de sustancias peligrosas en Francia». La propia Marie Curie se resiste a creerlo, pese a que una anemia aplásica, propia de una exposición a la radiactividad, acabaría con su vida. «Muere sin ser del todo consciente de ello».

Para cuando terminó la guerra el mundo ya está mirando más allá: el núcleo del átomo no sólo emite radiación en isótopos como los del radio. Al romperse, podía producir enorme cantidad energía. Y destrucción, la más grande nunca imaginada.

Como anticipó Pierre Curie en su discurso ante la Academia Sueca en 1905, «el radio podría convertirse en algo muy peligroso en manos de criminales. Ante los beneficios para la humanidad de conocer los secretos de la naturaleza, podemos preguntarnos si estamos preparados para aprovechar ese conocimiento o puede ser dañino. Estoy convencido de que la humanidad sabrá depararnos más cosas buenas que malas [de ese progreso]».

Depresión, pasión y emprendimiento

Pocas figuras de la ciencia han marcado tanto a las generaciones posteriores como Marie Skłodowska-Curie. La película que ahora se estrena va más allá de la biografía que su hija Eva convirtió en superventas en 1938. «Nos ofrece un retrato de su madre que ha permanecido hasta nuestros días», recuerda Adela Muñoz Páez.

Sin embargo, el filme entra de lleno en el lado más feminista de una mujer que sin llamarse a sí misma así, lo fue. Su relación amorosa con Paul Langevin es usada por la prensa sensacionalista para agitar al público. Voces cercanas a la Academia Sueca llegan a advertile de lo inconveniente de aceptar su segundo Nobel, en solitario.

«Le ruego que se quede en Francia; nadie puede calcular lo que podría pasar aquí… Espero que mande un telegrama… que diga que no quiere aceptar el premio antes de que en el juicio de Langevin se demuestre que las acusaciones en su contra no tienen fundamento». Svante Arrhenius.

De forma previa a su primer galardón con Pierre, la prensa de París ya la había dibujado como una chica que había plantado cara a la adversidad para poder salir de su Polonia natal a estudiar con los mejores. Siempre en un segundo plano, el New York Herald llegó a decir que fue «la compañera de la obra de Pierre» o que «Pierre ha sido siempre secundado por su mujer», en palabras de Vanity Fair.

«Tengo muchas compañeras para las que fue determinante leer esa preciosa biografía de Eve Curie», recuerda Muñoz. «Pero, por otro lado, existe el llamado complejo Marie Curie: si ella en cinrcunstancias tan difíciles pudo hacerlo, entonces cualquiera puede hacerlo y las barreras y techos de cristal para las mujeres no existen. Y no es así. Ella era una persona singular y poderosa que no se amedrentó, pero el mensaje que queremos transmitir algunas investigadoras es que no hace falta ser una heroína para ser científica».