Aquella rampa separaba algo mas que un buque del muelle. Cada pasito del pequeño Txetxu le alejaba más de su familia pero también de la guerra. A sus cinco años, mientras ascendía a bordo aquella mañana de mayo de 1937 ni siquiera lo intuía, pero ese viaje que estaba a punto de iniciar le cambiaría la vida. De alguna manera, comenzó a hacerlo sólo unos minutos después. La niña de su misma edad con la que se encontró ascendiendo al Habana compartiría el resto de su vida, terminaría siendo su mujer. Se llamaba Gloria y ambos no regresarían a su país hasta dos décadas después y con un hijo en brazos.

Fue el inicio de una vida intensa, dura y emocionante, repleta de retos y sueños. La de un niño que se marchó hablando castellano y regresó pensando en ruso y convertido en uno de los ingenieros mas polifacéticos y reconocidos de España capaz de firmar la primera lanzadera de cohetes made in Spain. Ahora, a sus 85 años y con sus memorias escritas “pero sólo para la familia”, José Rivacoba, Txetxu, puede decir que tocó el espació y que lo hizo por su tenacidad. Lo demostró durante más de tres décadas en un gigante de la ingeniería de nuestro país, Sener, cuya filial aeroespacial, Sener en Espacio, cumple ahora 50 años.

Con cinco años conoció a su mujer en la rampa del buque que les llevó a Rusia

Aún lo recuerda con nitidez. Aquella mañana en la que Txetxu solo tenía ojos para la inmensidad de aquel barco a vapor, el Habana, comenzó a despertar su alma de ingeniero. La cultivó y desarrolló en la Rusia soviética, la misma en la que crecerían muchos de los niños que como él acababan de despedir a sus padres sin certeza alguna de volver a verles.

Ingenio para sobrevivir 20 años en Rusia

Jose Rivacoba (Portugalete, 1932) no olvida su llegada como niño de la guerra a la Unión Soviética. Su vida habría sido diferente si la idea inicial de su madre, enviarle a Bélgica junto a sus primas, se hubiera impuesto. Un mes después de los bombardeos de Durango y Gernika los niños debían salir de Euskadi ante el riesgo de nuevos ataques. Pero en casa su padrino logró revertir aquella idea inicial. Rusia era mejor opción que Bélgica. Su sobrino ya estaba allí y cuidaría de él. Así se hizo.

“No tenia ni tristeza ni nada parecido, yo estaba emocionado por el viaje, aquello me pareció un barco gigantesco”, recuerda Rivacoba. Aquella inocencia no duraría mucho. El Habana llegó a Burdeos y desde allí un carguero les llevaría hasta su gélido destino final. “Cuando navegábamos por el mar del Norte, bajo una tormenta, nos enteramos de que había caído Bilbao y por primera vez me sentí solo”. Acababa de nacer un nuevo Txetxu, el que debía apañárselas por sí solo, con el ingenio, la tenacidad y el estudio como garantía de supervivencia.

Envió cartas a su familia con planos de la ruta hasta su casa como única dirección

Aprendió a tener recursos. Lo demostró al remitir cartas a su familia con un plano detallando el trayecto desde el puerto del que partió hasta su casa como única dirección de destino: “Lo recordaba bien, dibujaba la ruta que habíamos hecho desde nuestra casa hasta el puerto”. Las primeras no encontraron respuesta. Pero en los lotes de misivas que se enviaban desde los orfanatos una mujer se empeñó en respetar las indicaciones de Txetxu. “Siguió el itinerario que había dibujado y pese a que ya no vivían allí mis padres, preguntó y logró encontrarles. En 1952 recibí la primera respuesta”. Habían transcurrido 15 años sin saber nada de ellos. Fue así como descubrió que tenía una hermana.

Sacar de la miseria a su familia

Para entonces Txetxu cada vez pensaba más en ruso. Aquella vida en orfelinatos le tenía guardada una sorpresa. Gloria, la niña que conoció en la rampa del Habana y con cuyos hermanos había vivido, había sido trasladada al mismo centro. El reencuentro fue para siempre.

El bachillerato soviético era exigente, casi tanto como las condiciones climátológicas con las que empezaba a convivir con naturalidad y que años después serían cruciales para su futuro. Rivacoba se matriculó en ingeniería de Canales, Caminos y Puertos. Lo hizo bajo la férrea formación soviética, precisa y exigente, que obligaba a los estudiantes universitarios a sustituir en tercer curso a un trabajador durante su mes de vacaciones, a hacerlo a un ayudante de obra pública en cuarto curso y a relevar, alcanzado el quinto curso, a un ingeniero superior.

Llegó con su mujer, un hijo y localizó a su familia que vivía en la miseria, en una chabola

Con 25 años, el título bajo el brazo, un hijo nacido en Moscú -otro que nacería después en Bilbao- y una mujer unida por el destino, Txetxu y Gloria decidieron que era momento de regresar. Era hora de volver a ver a su familia, de conocer a su hermana y de intentar una vida mejor en la tierra de la que salieron siendo unos niños. En la Navidad de 1956 otro buque les trajo a casa, en este caso al puerto de Castellón de la Plana. Arribaron con un sencillo ajuar: un frigorífico, un ventilador, una cámara de fotos Leika, dos maletas repletas de libros técnicos y decenas de frascos de penicilina. En el bolsillo, apenas 400 dólares.

La primera torre de cohetes de Txetxu

El tiempo no pasa en balde y en aquella España de mediados de los 50 el efecto de la posguerra aún se dejaba sentir. Habían transcurrido 20 años y varias guerras desde la última vez que se vieron en un puerto repleto de niños asustados y de madres y padres despidiendo entre sollozos a sus hijos. El nuevo Txetxu, el niño venido de Rusia, encontró a su familia “sumida en la absoluta miseria”. Una chabola por vivienda en Barakaldo, junto a la ladera que miraba a los Altos Hornos de Vizcaya. “Parte de aquellos 400 dólares tuvimos que gastarlos en un burro y unos sacos de cemento para arreglar aquella chabola”, recuerda. Aquel Txetxu, “larguiducho y gafoso”, como él se describe, pronto vería transformada su suerte.

Siete meses de búsqueda permitieron ingresar el primer sueldo: 2.000 pesetas. Fue un respiro. Tras varios episodios laborales, por fin las vidas de su gran mentor, Manuel de Sendagorta, “don Manuel”, y la suya se cruzaron. Este ya había oído hablar de sus diseños de ‘puente grúa’ de aquel joven “rojo”, un potencial que no se debía dejar escapar. “Fue el primero que me trató de igual a igual”, le gusta subrayar.

Detectó errores en una torre de lanzamiento en Suecia y logró el contrato para Sener

Y no se equivocó. Cuando años después, con Sener en marcha, la compañía vasca se presentó al primer concurso para un proyecto espacial, el papel de Rivacoba sería determinante para hacer de aquella empresa el referente internacional en ingeniería que es hoy.

En 1960 once países se reunieron en Suiza para crear la Organización Europea para la Investigación Espacial (ESRO), la actual ESA (Agencia Espacial Europea). España acudió de modo muy modesto y sin grandes aspiraciones. El alma mater de Sener, José Manuel de Sendagorta, llevaba un tiempo tentado en abrirse camino en la ingeniería aeroespacial. Seis años después, en 1966, llegó a su oído la licitación del concurso para el diseño y construcción de una torre de lanzamiento de cohetes en Kiruna (Suecia). Había que intentarlo.

Sener no ganó aquella licitación, no en primera instancia. Pero el niño de la guerra vasco que llegó del frío volvió a dar muestras de que la tenacidad es un valor esencial en la vida. Revisó el proyecto ganador y encontró lagunas imperdonables: los cálculos habían obviado las temperaturas de hasta 40 grados bajo cero que se padecen en una región como Kiruna, en pleno polo ártico, y que Txetxu conoció bien durante sus 20 años en Rusia. Aquella cimentación de la torre de lanzamiento de cohetes no soportaría bien el frío. Tampoco el transporte de materiales que se había ideado en el proyecto vencedor. Tras recalcularlo todo remitió un informe a los convocantes del concurso alertando del error; Sener acababa de ganar su primera licitación aeroespacial.

‘Sener en Espacio’, 50 años

Aquel joven sonriente con txapela y gruesas gafas de pasta con aspecto de haber llegado desde cualquier entorno rural del País Vasco acababa de dar un golpe de autoridad y solvencia que le marcaría el resto de su trayectoria. Había abierto una senda que la compañía de ingeniería y tecnología privada -fundada en 1956- nunca había imaginado. En 1967 Sener fundaría ‘Sener en Espacio’. Hoy está presente en 17 países y es una empresa de referencia en el ámbito aeroespacial, además de en áreas como las infraestructuras y el transporte o la ingeniería naval.

Su sello viaja por el espacio en proyectos como el Telescopio ‘Hubble’, la sonda ‘Rosetta’ o el ‘Rover Curiosity’ camino de Marte. Aquella torre de lanzamiento de Kiruna, en el circulo polar ártico y que hoy sigue en funcionamiento fue sólo el inicio de una compañía hoy presente en las principales agencias aeroespaciales del planeta; Nasa (EEUU) ESA (Europa), JAXA (Japón) o Roscosmos (Rusia).

Sener es una referencia habitual en las agencias espaciales como la Nasa, ESA o JAXA

Quienes han trabajado con él reconocen que es diferente, único. Txetxu no se parece al resto de ingenieros que han conocido. Él no diseña, “pare ideas”, dicen, y “piensa en voz alta”. Y no ha dejado de hacerlo a lo largo de sus 35 años en Sener. Suyas son 16 patentes en un amplio abanico de disciplinas, desde las estructuras de edificios, al sector nuclear, la energía solar o los motores de aviación.

El ingeniero ilustrado

El niño de la guerra que un día subió la rampa del Habana camino de Rusia no es un ingeniero cualquiera. Dicen de él que en realidad es un “Ingeniero renacentista” y su currículum lo atestigua. A José Rivacoba lo mismo se le escucha disertar entusiasmado sobre su último descubrimiento en ingeniería como se le encuentra trabajando en la traducción del ruso al castellano de obras de autores clásicos o debatiendo sobre el mundo educativo en el que durante tantos años ha estado implicado como profesor. Tampoco le son ajenas materias como la filosofía, la historia o los conflictos geopolíticos.

A sus 85 años asegura que se comunica en ‘rusiñol’, la lengua de los niños de la guerra de Rusia

Y todo junto a su mujer, Gloria, aquella niña de la rampa con la que ha compartido 80 años de su vida, vicisitudes, miedos e ilusiones incluidas. Ahora, en tiempo de jubilación, Txetxu, el ‘ingeniero renacentista’ llegado del frío, no oculta que en muchos casos se comunican con lo que define como ‘rusiñol’, la lengua de los niños y niñas que un día se vieron obligados a viajar a la lejana Unión Soviética para huir de la guerra y que años después pueden asegurar que un día tocaron el espacio.