Inteligencia artificial & Ciencia | InvestigaciónEntrevista con el Nobel de Medicina 2018

Allison, el Nobel que esquivó el cáncer gracias a sus ideas para combatirlo

Aunque no pudo usar en concreto su medicamento, James Allison se trató de uno de sus tumores estimulando sus defensas

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Allison, el Nobel que esquivó el cáncer gracias a sus ideas para combatirlo
El inmunólogo James Allison, con una corbata estampada con anticuerpos como los que atacan el cáncer

El inmunólogo James Allison, con una corbata estampada con anticuerpos como los que atacan el cáncer Mario Viciosa

Resumen:

Es usted el Doctor Allison?”, le espetó un hombre en la sala de espera del MD Anderson Cancer Center de Houston. “¡Su medicina salvó a mi mujer del melanoma!”, le explicó entre la admiración y el desconcierto. El investigador, despojado de bata, estaba al lado de aquel hombre, escuchándolo como un paciente más. “¿Por qué está usted aquí?”, siguió el admirador. “Melanoma”. No hicieron falta más palabras para tan heladora respuesta.

Eso ocurrió hace años. Hace menos de uno desarrolló otro cáncer, de vejiga. James P. Allison (Alice, EE.UU., 1948) no cogió el teléfono, este lunes por la mañana, cuando el Comité del Nobel anunciaba que él y su colega Tasuku Honjo habían recibido el galardón el la categoría de medicina. Su nombre estaba en algunas quinielas, pero sus ojos estaban lejos del canal de YouTube de la Fundación Nobel, que hacía el anuncio a las 11.30, hora de Estocolmo.

Hombre tranquilo y polifacético, suele decir que su mayor satisfacción es “haber podido conocer a pacientes que se benefician de tus descubrimientos”, tal y como explicaba a El Independiente en una entrevista de junio, que ahora reproducimos. No menos satisfactorio es sobrevivir a tres cánceres. El Nobel, así, quizás sabe más a reintegro que a premio gordo.

A James P. Allison le debemos el primer medicamento que hace que las defensas de un paciente ataquen a las células de un tumor, con control, para no arrasar a las funcionales. En concreto, descubrió cómo actúan los puntos de control o checkpoints que a nivel celular activan o desactivan a las células T del cuerpo (son un tipo de defensas).  Hoy, el melanoma o el cáncer de pulmón se pueden llegar a curar “con tasas muy decentes”. “Con otros, con menos mutaciones, no hemos tenido éxito”. Para este hombre, que nos recibió entonces con una corbata estampada con anticuerpos, hay dos límites a la lucha contra el cáncer: la investigación básica pendiente y Donald Trump.

Así funciona una batalla contra células malignas por parte de los robocops del organismo: las células T (CTL / CD8). Y así trabaja el doctor Allison, al que descubrimos tocando la armónica con su grupo de música country. | Vídeo: M. Viciosa, Nature

 

La vacuna que no fue

En realidad, en el caso de sus cánceres no fue necesario usar el medicamento que él impulsó. Sus tumores no estaban tan extendidos, particularmente el de próstata. Sin embargo sí se benefició de la idea que subyace a la inmunoterapia avanzada. Que el sistema inmune ataque a las células tumorales, no atacar directamente al cáncer. Se empleó una técnica antigua, la de la vacuna contra la tuberculosis Bacilos Calmette-Guérin. De hecho, en los tiempos en que empezó a usarse contra el cáncer, los años sesenta, se generó una enorme expectativa en torno a la inmunoterapia, que terminó frustrada.

“La historia de la lucha contra el cáncer está llena de altibajos”, explica. “La idea de que sea tu propio cuerpo el que luche contra el cáncer viene de Paul Ehrlich, en 1906. Pero no se empezó a ensayar hasta los años setenta del siglo XX”. Por aquel tiempo hubo un boom de investigaciones. Se habló por primera vez de una vacuna contra el cáncer. “Atacar a un tumor con células tratadas con antígenos [un antígeno es un elemento que llama a los robocops para que actúen]  desatando una respuesta de las células T no terminó de funcionar: primero, porque realmente no se sabía cómo vacunar terapéuticamente, y luego porque al hacer crecer las células T terminaban por ser muy tóxicas [ver vídeo]. Así que aquel camino languideció”. Hasta que llegó él.

James Allison perdió a su madre cuando apenas él tenía 11 años. Después murió su hermano y dos de sus tíos. El cáncer se los había llevado por delante. Reconoce que fue motivación suficiente para ponerse a indagar sobre tumores que, sin embargo, nunca ha tenido interés en combatir directamente.

Al principio, Allison contemplaba la idea de hacerse médico como su padre. Pero hacia los 13 años, dos profesores le alentaron a participar en un programa de verano de formación científica. El contacto con un renombrado botánico le hizo girar hacia la biología. En realidad, hacia la “ciencia porque sí”, la que se equivoca y aprende de ello, a diferencia de los médicos, donde el error puede ser fatal.

“La investigación básica es clave. Aquello falló porque faltaba conocer qué pasaba a nivel molecular en el sistema inmune. Algo desconectaba a las células que tenían que atacar al tumor”, recuerda. Ahora, gracias a sus investigaciones, iniciadas en los años noventa, lo sabemos. “Llevó décadas probarlo en el primer animal (1994) y no fue hasta 2001 que se hicieron los primeros ensayos clínicos en humanos”.

La vida es complicada. Las células son complicadas, y tienes que descubrir antes sus secretos. La gente quiere resultados inmediatos

Hoy, cánceres con un pronóstico de vida de menos de un año llevan a sus pacientes a vivir más de una década, lo cual ha permitido a Allison conocer a gente a la que sus investigaciones han salvado la vida. “Cualquiera puede tener cáncer, yo mismo he tenido cáncer”, recuerda, uno de próstata, un melanoma y el de vejiga tratado estimulando sus defensas.

Su historia es complicada, “como la vida; la vida es complicada, las células son complicadas y tienes que descubrir antes sus secretos. La gente quiere resultados inmediatos”. Y los políticos. Para Allison, estos son los dos principales obstáculos que encuentra la lucha contra el cáncer: la falta de investigación básica y el desinterés de las administraciones.

El cáncer de la ciencia de Trump

“En Estados Unidos, actualmente, tenemos un presidente que básicamente no acepta la ciencia en modo alguno, que no ha nombrado ni un solo consejero científico, no toma decisiones porque dice que la ciencia no debe estar dentro de la política. Sólo espero que los legisladores paren esto”.

¿No hay un tercer peligro? ¿Los rumores? En el fondo, Allison trabaja en algo parecido a una vacuna contra el cáncer. El movimiento antivacunas ha conseguido amenazar algunos calendarios de vacunación en el mundo y ha hecho reaparecer enfermedades erradicadas.

“Caprichos” del primer mundo. En países menos desarrollados, la ausencia de vacunas no es una elección. Allison reconoce que, respecto al cáncer, la inmunoterapia no es precisamente barata. “El problema es el dinero, aquí y en todas partes. La industria farmacéutica hace mucho por desarrollar medicamentos y llevarlos a la gente. Evidentemente, ellas también tiran del conocimiento desarrollado durante décadas de ciencia básica en pequeños centros de investigación y universidades. Evidentemente, ahí ellas no se van a meter, ellas tienen que sacar un beneficio. No es que las farmas sean el mal o sean cortoplacistas. Es que no es su trabajo”.

Las farmas hace mucho por desarrollar medicamentos y eso es caro, pero también tiran de investigación básica externa

Hubo muchísimos ensayos clínicos al principio. Incluso ahora. Para Allison, demasiados, lo cual encarece el producto final. Se midió mal su eficacia al principio, ya que este no era un medicamento contra el cáncer en sí. Sino un estimulador y regulador del sistema inmunitario.

Allison reconoce que el acceso a terapias en países en vías de desarrollo es un problema que espera que poco a poco se vaya reduciendo según se escalen las producciones de medicamentos. En Estados Unidos, hace hincapié en cómo el gobierno Trump ha tratado de desmantelar el sistema asistencial, de forma que mucha gente no podrá “pagarse las combinaciones de medicamentos” que propone la inmunoterapia. La buena noticia es que, a la larga, estos tratamientos son más baratos que los convencionales.

Una vez más, optimismo contenido. “Hay cánceres que se curarán”. Otros, se resisten. Particularmente, aquellos que están basados en pocas mutaciones. Son menos evidentes para esos robocops del organismo que velan por que las células cancerosas no campen a sus anchas. “Pero, sí. Soy optimista. No te diré que esté plenamente confiado, pero estamos investigando muy intensivamente las bases inmunológicas; una vez las entendamos, podremos racionalmente diseñar estrategias para abordarlos”.

T CAR, la prometedora y esquiva terapia a la carta

Emily Whitehead tiene ahora 12 años. Hace seis vivía con una leucemia linfoblástica aguda diganosticada en 2010. La niña salvó su vida gracias a una terapia personalizada por la que se pudo tratar con sus prpias células T. Fue la primera humana en que se pudo probar su eficacia. Y hasta la fecha ha seguido mostrando grandes tasas de remisión de la enfermedad en distintos pacientes. La técnica, conocida como T CAR (Chimeric Antigen Receptor) permite la extracción de este tipo de linfocitos de la sangre. Las células de las defensas son reprogramadas genéticamente para que identifiquen a las de los tumores y las maten. Eso se hace mediante la proteína CAR. Tras este entrenamiento, son devueltas al organismo y se alían con las llamadas células B, que son otro tipo de linfocitos capaces de activar anticuerpos. Por así decirlo, se hace una transfusión de defensas.

Aunque está lejos de ser una terapia extendida (apenas hay 370 personas tratadas experimentalmente en todo el mundo) y sólo es aplicable a casos muy concretos –en Europa aún no está aprobado el medicamento–, abre una puerta a tratamientos a la carta mediante otros linfocitos y receptores, aplicables a otros cánceres. Sin embargo, aún hay un largo camino de investigación. Se acaba de conocer el primer caso de rechazo del tratamiento. Una célula cancerosa se enmascaró entre las CAR, para pasar inadvertida, de manera que pudo multiplicarse sin control, promoviendo la recaída en la leucemia.