Carmen Martínez, una investigadora del CSIC, se obsesionó en 2017 con el aroma de una rosa. Fue justo antes de aquel verano. Junto a sus compañeros científicos, caminaba por las calles de Sofía, en Bulgaria, para asistir al Congreso Mundial de la Viña y el Vino. Algo dentro de un pequeño jardín mal arreglado que había en la acera llamó su atención. Era un rosal. Al olerlo recordó un olor igual de particular, el de las rosas de la casona asturiana de Cangas de Narcea en la que pasó su infancia. Su viaje fue el principio de un descubrimiento que puede suponer un hito para la perfumería en España.

El aroma persiguió a la científica en su regreso a Pontevedra, donde se asienta su grupo de investigación, la Misión Biológica de Galicia. Llevaba más de 30 años dedicada a la viticultura. Pero se empeñó en rastrear el origen del aroma de aquel rosal asturiano. Lo que Carmen olía de pequeña eran rosas antiguas cultivadas. En 1867 hubo un antes y un después en el cultivo de las rosas. A partir de entonces se popularizaron los cruces artificiales y los programas de mejora para obtener rosas modernas, según el estudio que la científica y su equipo publicaron en la revista Horticulture Research. Se trata de plantas de adorno para jardines, con flores elegantes y miles de colores. Pero con poca fragancia.

Las rosas antiguas son más desgarbadas y menos bonitas. A diferencia de las modernas, son las que se utilizan para fabricar perfumes. «La intensa y exquisita fragancia que producen algunas variedades nunca ha sido reproducida en el laboratorio», dice el estudio. Y son prácticamente inexistentes en España. Tan solo hay una «dudosa referencia» de que nuestro país haya acogido una rosa antigua cultivada.

Aceite esencial extraído de pétalos de Rosa Narcea.

Carmen vio una oportunidad, reunió a un equipo de investigadores y se pusieron manos a la obra. Después de trabajarla genéticamente, los científicos lograron multiplicar el ejemplar. También la pusieron nombre: Rosa Narcea. «Hemos multiplicado el ejemplar. Tenemos 140 rosales, con perspectiva de multiplicarlo más en los próximos años para cultivarlo, instalar una destilería y extraer aceite de rosas. Queremos fabricar aceite esencial para que luego se puedan elaborar perfumes», cuenta a El Independiente.

La Academia del Perfume, que reúne a diferentes actores y empresas del sector en España, sostiene que el descubrimiento de esta rosa podría suponer un «hito de relevancia histórica». Ahora mismo, en Europa sólo se cultivan otros dos tipos de rosa para fabricar aceite de perfumería. Gracias al trabajo de los científicos del CSIC sabemos que la Narcea es un híbrido antiguo natural entre otras dos especies: la Rosa centifolia, utilizada en la perfumería, y la Rosa gallica, casi desaparecida y «muy apreciada por sus múltiples propiedades cosméticas, medicinales y gastronómicas», señala la Academia.

Los nuevos rosales de esta antigua flor desprenden una fragancia intensa. Sus pétalos son grandes y de color rojo-púrpura. Cada flor tiene entre 60 y 70 de ellos. La plantas florecen entre mayo y junio y crecen erguidas en una zona montañosa de la cordillera cantábrica. Están plantadas en tres parcelas, una a 500 metros, otra a 700 y, la más alta, a 1.200 metros para intentar que no florezcan a la vez y conseguir una plantación más rentable.

El objetivo del grupo de científicos es convertir su proyecto en algo más grande. Y aún les queda camino por recorrer. «Hace 15 días nos seleccionó la Fundación CSIC para crear una Empresa de Base Tecnológica. Esto nos permitirá seguir investigando, estudiando y ajustando el tipo de plantación. La función de la empresa será establecer una plantación de entre 500 y 1.000 hectáreas, o lo que seamos capaces, y participar en su multiplicación y en la extracción de aceites esenciales, para venderla al mundo del perfume a nivel internacional», explica.