En torno a 2.000 refugiados de Sudán del Sur se agolparon en el estadio de fútbol de Palabek, al norte de Uganda, para asistir al partido de la temporada: sursudaneses frente a muzungos. El continente de los conflictos olvidados, el de los muertos contados por miles en silencio, se impuso en los penaltis a ‘La Roja’ de España Rumbo al Sur, la expedición que lidera el aventurero Telmo Aldaz de la Quadra-Salcedo y que en julio recorrió lo más bello y desolador del país africano.

Ayela David, Abonga Justine, Onek Charles, Nyero Wilfred, Achola Josephine, Ayot Paska, Aber Stella, Anyiri Prosy, Akongo Mary, Oryem Bosco y Komakech Denis, entre otros, formaron parte de las alineaciones que consiguieron que, por una vez, el sur se impusiese al norte: 8 goles a 7 en la liga masculina, y 3-1 en la femenina.

Como otras casi 40.000 personas que viven en la región de Lamwo, donde se ubica el campo de refugiados de Palabek, los jóvenes futbolistas sursudaneses abandonaron hace un año su hogar huyendo de la guerra.

Las hostilidades entre las fuerzas del Gobierno de Sudán del Sur -liderado por Salva Kiir Mayardit- y las de la oposición -bajo el mando de Riek Machar-, así como otros grupos armados, han devastado el país más joven del mundo. Se independizó de Sudán en 2011 y apenas conoce la paz. Golpeado por un conflicto étnico que comenzó en diciembre de 2013, pese a los intermitentes altos el fuego y amagos de paz, en abril de 2017 la violencia resurgió con fuerza y Palabek se desbordó.

El 85% de los refugiados sursudaneses de Uganda son mujeres y el 63% menores; 330.000 niños no pueden ir al colegio

El conflicto tiene poco eco en la comunidad internacional, pese a que las partes en el conflicto han estado cometiendo con impunidad -al menos hasta el alto el fuego alcanzado hace unos días- crímenes de derecho internacional y abusos y violaciones de derechos humanos, tal como denuncia recurrentemente Amnistía Internacional.

Los jóvenes futbolistas y las miles de personas que recibieron sonrientes a los 150 jóvenes de la expedición de España Rumbo al Sur han sido víctimas o huyen de homicidios selectivos de civiles -a menudo por su origen étnico o supuesta afiliación política-, saqueos sistemáticos, secuestros, violaciones sexuales y destrucción de bienes.

Campo de refugiados de Palabek, en Uganda, durante la visita de España Rumbo al Sur.

Campo de refugiados de Palabek, en Uganda, durante la visita de España Rumbo al Sur. J.L.Cuesta (ERS)

La llegada a Palabek de la expedición desbarató alegremente el orden que ha logrado establecer ACNUR en medio del caos. El Alto Comisionado de las Naciones Unidas gestiona varios asentamientos en Uganda en los que viven algo más de un millón de refugiados con la ayuda de 40 agencias internacionales y ONG.

La antigua colonia británica se ha convertido en el principal destino de un éxodo masivo. La proyección de ACNUR es que en diciembre de 2018 el número de sursudaneses alcance 3,1 millones. Si se confirma la cifra, «será comparable al genocidio de Ruanda» en 1994, alerta Arnauld Akodjenou, coordinador de Alto Comisionado para la región.

Hoy, Uganda es ya el mayor territorio de asilo de África y uno de los principales del mundo. Las cifras son estremecedoras. Según los registros de ACNUR, 4,6 millones de ciudadanos de Sudán del Sur han tenido que abandonar sus casas. De éstos, dos millones son desplazados internos dentro del país, y otros dos son refugiados en Etiopía, Sudán, Kenia, República Democrática del Congo y Uganda. El drama que escoden estos números se intensifica si se ahonda en ellos -el 85% son mujeres y el 63% niños menores de 18 años- y se les pone nombre.

La historia de Lodaka Watson Locaa es sólo una más entre miles. Salió de Pajok el 3 de abril de 2017, en medio de unos enfrentamientos en los que fueron asesinadas varias personas. No detalla cuántas. «Ese día corrimos hasta alcanzar la frontera y cuando llegamos a Ngomoroma ACNUR vino en nuestro auxilio. Tras el registro, el 12 de abril nos trasladaron a Palabek. En el campamento nos facilitaron comida», explica este joven de la etnia acholi que solía trabajar como carpintero antes de convertirse en refugiado.

«Durante el camino a la frontera sufrimos la falta de agua, alimentos y ropa. Algunos murieron entonces», relata. En el asentamiento lamenta la escasez de alimentos y oportunidades. «Comemos una vez al día y sólo hay posho y judías, de ahí muchos de los problemas de salud», cuenta. «La vida del refugiado no es fácil, pero estoy feliz por haber encontrado a los Salesianos de Don Bosco que han iniciado un programa en el que tengo la oportunidad de trabajar como voluntario».

Cuatro millones de sursudaneses, de los que más de un millón está en Uganda, han abandonado su hogar en medio de una guerra étnica que dura cinco años

Alice Ayaa, de etnia acholi, también llegó a Palabek desde Pajok. Dejó sus estudios cuando tenía 13 años y se casó. Tuvo tres niños. Su marido le abandonó hace cuatro años. Y hace uno salió de su casa corriendo con las manos vacías. «Con mis hijos me refugié en el bosque. Una semana después alcancé la frontera con Uganda y tuve que esperar otra semana para registrarme como refugiada. Nos dieron algo de comer y construí mi casa con ladrillos de arcilla y sábanas», rememora.

El joven Oschira Immanuel estaba en el colegio cuando estalló la guerra. «Oí los tiros, corrí a esconderme al bosque y perdí a mi familia. Durante dos días estuve perdido hasta que alcancé la frontera, sin encontrar a nadie de mi poblado», recuerda. Con resignación y gratitud, considera que sus condiciones de vida hoy en Palabek son «muy buenas».

ACNUR cifra en 694 millones de dólares la ayuda necesaria para hacer frente a la situación de refugiados y desplazados

Historias como éstas forman parte del día a día de Palabek y de los cuatro salesianos que gestionan, bajo la supervisión de ACNUR, una parte de este asentamiento. Con su trabajo tratan de lograr que los 400 kilómetros de selva que ha donado el gobierno de Uganda para acoger a sus vecinos sea lo más parecido a un hogar.

El recién ordenado padre Reddy Papi Gade explica con pasión su «batalla diaria, su lucha por acompañar a los refugiados ayudándolos a superar los traumas psicológicos que arrastran tras huir de su hogar, tras perder a sus maridos, a sus hijos, algunos a toda su familia…».

España Rumbo al Sur, el campo de refugiados de Sudan del Sur de Palabek (Uganda).

España Rumbo al Sur, el campo de refugiados de Sudan del Sur de Palabek (Uganda). J.L.Cuesta (ERS)

Junto a él, el padre Lazar Arasu, el primero que llegó al campamento en junio de 2017, reclama más atención internacional y reconoce la necesidad de más recursos económicos, pese a subrayar la armonía que, en términos generales, reina en el campamento. «En Palabek hay problemas, pero muchos son similares a los que sufre el resto de Uganda. Tenemos colegios de primaria y, aunque faltan de secundaria, vamos a abrir ahora una escuela técnica. Intentamos dar a los jóvenes las mismas oportunidades que tendrían fuera del campamento», explica.

El último informe de ACNUR señala que «la financiación decreciente supone un problema para la prestación de asistencia humanitaria» y cifra la necesidad de fondos en 694 millones de dólares, de los que ha recibido sólo 112 millones de dólares, el 16% del total, según datos oficiales al cierre de julio.

Más de 330.782 niños refugiados no van a la escuela y 211.000 mujeres y niñas no disponen de productos de higiene

El comisionado lamenta las consecuencias «nefastas» de la falta de recursos, como son la escasez de suministro de agua para los refugiados que, aunque ha mejorado hasta 14 litros por persona y día, permanece por debajo de los estándares de emergencia requeridos. Además subraya que 211.000 mujeres y niñas en Sudán no disponen de productos de higiene; y más de 330.782 niños refugiados en Uganda y 91.000 niños en Sudán no van a la escuela.

 

Campo de refugiados de Palabek (Uganda), durante la visita de España Rumbo al Sur.

Campo de refugiados de Palabek (Uganda), durante la visita de España Rumbo al Sur. J.L.Cuesta (ERS)

La expedición de España Rumbo al Sur visitó Palabek apenas unos días antes de que se firmase un principio de acuerdo de paz entre las partes enfrentadas en Sudán del Sur. El 5 de agosto, el líder rebelde Riek Machar y el presidente Salva Kiir llegaron a un pacto que permitiría a Machar volver al Gobierno como uno de los cinco vicepresidantes. La noticia fue celebrada entre parte de la población en Sudán del Sur, pero muchos se muestran escépticos.

Pronto para celebrar la paz

Robert Ocan, sursudanés y portavoz de los refugiados en el asentamiento de Palabek donde él mismo reside, celebra la noticia con prudencia. «No es la primera que hay un acuerdo de este tipo -en 2015, se firmó un pacto similar que quedó en papel mojado apenas un año después- y estamos siguiendo las noticias con cuidado. Creemos que es muy pronto para hacer valoraciones o para pensar volver a casa», explica.

De hecho, mientras en Juba, capital de Sudán del Sur, la proclamación del acuerdo de paz lleno las calles de fiesta, en Palabek no hubo celebraciones, ni expresiones de júbilo. Ocan, que hasta convertirse en refugiado en abril de 2017 era profesor de Matemáticas y Química, lo explica así: «Aquí todos somos víctimas reales. Quienes están en Juba son sólo víctimas de la crisis económica y ahora están celebrando que la promesa de paz mejore sus finanzas y estabilice los precios. La violencia se cebó en las zonas rurales. En la capital, donde está establecido el Gobierno, se ha mantenido la paz para impresionar a la comunidad internacional», relata.

Colegio en el campo de refugiados de Palabek, en Uganda, durante la visita de España Rumbo al Sur.

Colegio en el campo de refugiados de Palabek, en Uganda, durante la visita de España Rumbo al Sur. J.L.Cuesta (ERS)

Con todo, incluso adoptando la postura más optimista, Ocan recuerda que, al menos hasta dentro de cuatro años, no es seguro volver al país, según los términos del recién firmado acuerdo de paz. «Se establece un periodo de ocho meses de pretransición y luego otros 36 hasta que se celebren elecciones. Es aquí cuando el perdedor de los comicios recibiría concesiones y cuando se podría hablar de paz real», explica.

Entretanto, Ocan, que como todos los refugiados de Palabek subsiste con comida y agua racionadas, ha establecido un pequeño negocio de cría de aves para ganar algo de dinero y mantener a su familia. Informático de formación universitaria, su proyecto a medio plazo es establecer un centro de ordenadores en Palabek. Necesita cuatro millones de chelines ugandeses, en torno a mil euros, para cumplir su sueño.