11S 20 años después

Imagen de los restos de las Torres Gemelas tras los atentados del 11S

Estados Unidos | Internacional

El 11-S que no terminará nunca: las secuelas de los limpiadores latinos de la Zona Cero

Los 'sinpapeles' que fueron reclutados para quitar escombros sufrieron cáncer y enfermedades varias. Arrastran, de por vida, un legado tóxico

Cada año, cuando se acerca el 11 de septiembre, sienten pánico. Aquel día Nueva York se estremeció por los atentados contra las Torres Gemelas y el impacto se sintió en todo el mundo. Hubo 2.753 víctimas mortales en los mayores atentados jamás sufridos en Estados Unidos. Pero hay otras víctimas que solo aparecen mencionadas en letra pequeña. Son los 3.000 inmigrantes indocumentados que participaron en las labores de limpieza de la Zona Cero. Para ellos el 11-S no terminará nunca.

Cuando acudieron a retirar escombros, sin experiencia en esas tareas y con escasa protección, no sabían a lo que se exponían. Años después se supo que la destrucción del World Trade Center fue uno de los peores desastres medioambientales de la historia de la ciudad, según estudios del New York Committe for Occupational Safety Health de 2007.

La mayoría de los que fueron reclutados para limpiar los enormes daños causados por el impacto de los aviones en las Torres Gemelas eran latinos sin documentación legal. Padecieron múltiples dolencias, como diversos tipos de cáncer, problemas respiratorios, estomacales, y un sufrimiento psicológico constante. El National Institute for Occupational Safety and Health ha reconocido decenas de tipos de cáncer relacionados con la catástrofe del World Trade Center. Había unas 70 sustancias cancerosas en el humo y el polvo que había en los escombros.

Los casos de Franklin, Lucely y Luis son solo una pequeña muestra pero simbólica del padecimiento de los más débiles, los que tuvieron que recoger los pedazos y se dejaron parte de su vida en ello.

Franklin Anchahua, obsesión por el 11-S

Franklin Anchahua, durante una manifestación

El peruano Franklin Anchahua mira con obsesión las instantáneas del ataque. Las ha visto miles de veces. Las psicológicas, que le hacen retroceder constantemente a aquel día como una pesadilla que no cesa, son solo una de las secuelas que arrastra tras participar durante tres meses en las tareas de limpieza de la Zona Cero. “Me encuentro físicamente mal. Mi salud está empeorando conforme pasan los años”, admite desde Queens, el barrio neoyorquino en el que aún reside. “Tengo los ataques grabados en la cabeza y sigo en tratamiento psicológico. Me dan constantemente ganas de ver en YouTube las imágenes del impacto y compartirlas con mis amigos”.

A sus 50 años, Anchahua lleva sin trabajo desde hace un lustro. El 11-S de 2001 asistió a la hecatombe desde la propia Manhattan mientras pintaba un apartamento de la isla. «Cuando se me acabó el trabajo de pintura, un amigo me dijo que estaban reclutando a miles de trabajadores para limpiar la Zona Cero. Yo había llegado al país un año antes y necesitaba mucho dinero para pagar mis deudas. Acepté la oferta», recuerda el peruano. Durante los tres meses siguientes, su misión fue retirar los escombros que habían sepultado a la iglesia de Trinity Church, a un tiro de piedra del WTC, entre Fulton Street y Vesey Street.

Jamás en la vida se me pasó por la mente que todo ese polvo, ese asbesto y ese plomo que salía del humo me iba a malograr la vida para siempre»

franklin anchahua, perú

«Trabajé siete días a la semana y doce horas diarias por 90 dólares. El salario por un turno eran 60 dólares diarios pero yo hacía turno y medio», arguye Anchahua. «Buscaban gente fuerte que pudiera levantar los bultos, cargar agua o subir las escaleras», recuerda. «Jamás en la vida se me pasó por la mente que todo ese polvo, ese asbesto y ese plomo que salía del humo me iba a malograr la vida para siempre. Tengo los pulmones prácticamente destrozados y estoy condenado a vivir con una pompa para el asma. Me ahogo en la noche y necesito el impulso de esa máquina para que me ayude a respirar como debe ser».

Sinusitis, rinitis, apnea del sueño o gastritis son algunas de las patologías que completan el cuadro médico del peruano. Dos décadas después, sigue además careciendo de residencia legal y permiso de trabajo. «Hace cinco años gané una demanda contra el seguro de la compañía en la que trabajé. He sobrevivido desde entonces con los 52.000 dólares que me dieron pero ya se fue todo en pagar la renta y mi alimentación. Habría preferido que me dieran la residencia», desliza. «La mayoría de los que reclutaron eran indocumentados y lo sabían. Al indocumentado se le explota y se le hace trabajar doce o quince horas y no se les reconocen sus honorarios como debe ser», argumenta.

«En este tiempo hubo una explotación laboral tremenda y ahora se están viendo las consecuencias porque yo tengo compañeros que por estar indocumentados no iban a las citas médicas de los hospitales por temor a ser reportados a inmigración», agrega.

El 11-S fue la historia de una explotación laboral tremenda… No nos dijeron que las consecuencias serían fatales. Todos callaron»

«El 11-S fue la historia de una explotación laboral tremenda. Las autoridades de Nueva York estaban en coordinación con los doctores de los hospitales pero no nos dijeron que las consecuencias iban a ser fatales para nosotros. Todos callaron», dice muy crítico con el doble rasero con el que, a su juicio, las administraciones trataron a los ciudadanos estadounidenses y a los migrantes. «Somos gente de tercera para los americanos. Solo hay que ver la cuantía de las compensaciones que les dieron a ellos y las que recibimos nosotros».

Lucely Gil, cáncer de mama

La colombiana Lucely Gil estaba recién llegada a Nueva York, procedente de Colombia, cuando cayeron las Torres Gemelas. Trabajaba donde podía, sin papeles. De hecho, 20 años después sigue sin tenerlos, aunque vive la mayor parte del tiempo en Estados Unidos.

Lucely Gil, en pleno traslado de ordenadores. / L.G.

«Paraban furgonetas en la calle 82 con Bloomberg y nos llevaban a la Zona Cero. Yo necesitaba el trabajo y también quería que Nueva York volviera a ser como era. No les importaba si tenías papeles o no», cuenta Lucely, que ahora se encuentra de visita en Miami.

Recuerda que les pagaban 60 dólares por ocho horas de trabajo y estuvo así seis meses. Empezó el 14 de septiembre de 2001. Justo antes de salir desde Colombia a Estados Unidos asegura que se hizo chequeos médicos y estaba sana. Una conocida le dijo que varios de los que habían trabajado en la Zona Cero habían empezado a detectar consecuencias en su salud.

«A mi me detectaron un problema en el pecho en 2009. Era cáncer. Pensé que me iba a morir sola y por ello volví a Colombia. El tumor creció pero afortunadamente no se extendió al pulmón. Tuve suerte después de todo. Conozco gente que murió tras haber trabajado allí esos meses», señala Lucely.

Lucely está reconocida como víctima del World Trade Center. Además del cáncer, sufrió dolores en la espalda, debido a que tenía que trasladar los ordenadores y procesadores, además de limpiarlos, de un banco de los edificios.

No nos dieron ningún tipo de entrenamiento. Arrancábamos paredes y allí había asbestos… La mayoría éramos sin papeles»

Lucely gil, de colombia

«No nos dieron ningún tipo de entrenamiento. Arrancábamos paredes y allí había asbestos. Solo teníamos guantes que traspasaban rápidamente y tapabocas de papel. Se ensuciaban enseguida. La mayoría éramos sin papeles. Las condiciones de los que tenían papeles eran distintas», afirma esta mujer colombiana.

«Nos reconocieron el derecho a la cobertura sanitaria. Y eso ayuda porque no dejo de tener trastornos. También he sufrido vértigo y por ello me caí y me rompí una mano. Estuve seis meses sin hacer nada. Debía mucho dinero y me ayudó a salir del bache la indemnización que me pagaron. Fueron unos 55.000 dólares primero, y luego otra compensación más. Lo último ha sido un coma diabético. Mis hijas creían que me moría esta vez», añade.

Dos de sus hijas se trasladaron a Nueva York cuando le detectaron el cáncer. Ellas sí que tienen visa. Una tercera hija sigue en Colombia porque no logró los papeles. «No me gusta recordarlo. Revivo la historia. Me tocó ver cosas que no habría querido ver jamás. Ahora al menos esos recuerdos son pasajeros», concluye.

Luis Soriano, a punto de morir

Luis Soriano, en el centro, con dos compañeros.

Luis Soriano, de 59 años, vive en Ecuador desde hace siete años, pero mantiene viva en su memoria esa jornada del 11 de septiembre de 2001. Tuvo una infección gravísima consecuencia de una diverticulitis que casi le lleva a la tumba. Durante un año solo ingirió líquidos. Aún sufre los efectos.

«No tenía trabajo estable en Estados Unidos y cuando enfermó mi madre decidí regresar. Quería estar con ella», cuenta Luis, desde su casa cerca de Quito. Tomó la decisión acertada porque pudo disfrutar un par de años con su madre.

«En los escombros trabajábamos de 12 a 15 horas diarias. Era una situación de emergencia. Había mucha desesperación. Nosotros limpiábamos las oficinas y también en la calle, donde había escombros. El polvo era pura candela. Muy tóxico. Algunos de mis compañeros murieron, como Ismael. Venía conmigo al hospital. A veces nos comentaban que alguien había fallecido y por eso no le veríamos más», señala Luis, que confirma que casi todos eran inmigrantes y casi ninguno ha conseguido los papeles.

Nos prometieron que nos darían la documentación. Promesas hubo muchas. Pero no cumplieron»

luis soriano, ecuatoriano

«Nos prometieron que nos darían la documentación. Promesas hubo muchas. Pero no cumplieron. También me dijeron que tendría una compensación pero luego fue mucho menor de lo que me habría correspondido», apunta Luis.

Había llegado en 1994 a Estados Unidos, así que cuando cayeron las Torres llevaba siete años en el país y seguía siendo indocumentado. Como muchos de nosotros tiene grabado lo que hizo el 11 de septiembre. Estaba en el metro cuando atacaron las Torres.

«Iba en la línea 7 y antes de entrar en el túnel presencié cómo las Torres se derrumbaban. Era muy impactante. Al día siguiente ya empecé a trabajar porque los subcontratistas para limpiar los escombros. Nos pagaban poco, pero había mucha necesidad. La situación del inmigrante ilegal es muy deficitaria. Se somete a lo que haya», relata este ex limpiador ecuatoriano.

Estos últimos días vuelve a soñar con la gente que se tiraba de las Torres. «Eso queda en la memoria para siempre».

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