América Latina ADELANTO DE 'LA TUMBA. SECUESTRO EN VENEZUELA', DE ANTONIO LEDEZMA, ALCALDE METROPOLITANO DE CARACAS EN EL EXILIO

"Una fuga en la que estaba preparado para todo"

Por primera vez el disidente narra sus más de mil días de cautiverio y una huida arriesgada en la que sorteó más de 40 controles policiales

Imagen Antonio Ledezma con su libro La Tumba

Carmen Vivas

El día seleccionado fue el jueves porque entre martes y miércoles se hacían los cambios de guardia del comisario del Sebin a cargo de responder por mi vigilancia y era seguro que subieran a cualquier hora a repetir la fotografía
que sería remitida al comando central del SEBIN para dejar constancia que, en el cambio de guardia, el preso estaba a buen resguardo. Los lunes siempre era más vigilada el área, la verdad que no atinaba a saber la razón, supongo por ser inicio de semana. Los viernes eran días en que vecinos y personas solidarias dejaban en la entrada del edificio algo de comida, frutas, libros, etc., y algunos, de muy buena fe, se empeñaban en pedirle al conserje que estaba en la recepción que «llamara al alcalde» para darle la información y ver si me podían saludar.

Fue así que el día indicado era el jueves 16 de noviembre de 2017. Así se hizo.


Hay personas que me han preguntado que si en algún momento sentí miedo mientras se adelantaba mi fuga. «¿Alguna vez tuviste miedo de que te reconocieran y te arrestaran?», me interrogan amigas y amigos así como periodistas en muchas entrevistas. Y mi respuesta es sí. Por ejemplo, cuando en el estado Cojedes, en una recta conocida como Los Corrales, saliendo de Valencia pasamos airosos un control de tránsito y emprendimos viaje por una vía recta, pasando por la famosa alcabala de Taguanes, atendida por la Guardia Nacional y es cuando desde el vehículo observo que a lo lejos se veía una presencia de personas en medio de la carretera. Lo primero que pensé es que era una alcabala móvil y que esa alcabala era para nosotros.

Como parte del plan de fuga coordinamos que una persona se encargaría de vigilar nuestro edificio para estar al tanto de si se producía algún movimiento policial que nos permitiera inferir que se había detectado mi fuga. Inmediatamente esa persona, que estaría «campaneando mi zona», daría el parte a un contacto de un portal de noticias que publicaría el hecho al instante, así durante el recorrido le echábamos ojo a ese portal. Hasta ese momento no habíamos advertido ninguna información noticiosa sobre mi fuga. Fue entonces cuando volví a pensar: «¡Nos agarraron!».

Continuamos rodando, el conductor me pide «calma», le respondo: «Téngala usted, que yo estoy preparado para todo». No lo hice en ínfulas de arrogante, sino para transmitirle confianza y seguridad. Era un control policial civil en el
camino a San Carlos; los funcionarios tenían su credencial colgada del cuello, conocidas como «baberos», a la vista y sus pistolas niveladas en los muslos. Afortunadamente, estaban solamente controlando los seriales de los vehículos, buscando autos robados. Nuestro auto estaba en orden, así que nos dejaron pasar. Fingí dormir con un pequeño sombrero cubriendo mi frente. No me reconocieron y pasamos.

Continuamos y, antes de llegar a la población de Tinaco, aparece un control de tránsito, superado también sin ninguna novedad. Fue así como pasamos San Carlos y la alcabala de Camoruquito, donde fue suficiente un seco saludo y continuamos sin nada que lamentar, sin embargo el operador que me acompañaba me advirtió que nos aproximaríamos a una alcabala de cuidado ubicada en Apartaderos, cercana a San Rafael de Onoto, limítrofe con el estado Portuguesa. Ahora que en frío hago el recorrido de memoria, la verdad es que no fueron 29 puntos de control, como declaré a unos periodistas al llegar a Cúcuta, la verdad es que sorteamos más de 40 puntos de control.

En Guanare, estado Portuguesa, un contacto tendría reservados unos bidones de gasolina para equipar las unidades; eran tres vehículos, el puntero que actuaba para los actos de divertimento o distracción en alcabalas, en el centro la unidad en la que viajaba, y una tercera unidad de apoyo que nos seguía a prudencial distancia. El equipo tenía previsto un lugar en donde me ubicaron y trajeron algo de pollo que no comí; no tenía nada de apetito.

Las miré y en eso me percato que se trata de unas franelas con el logotipo estampado de Hugo Chávez, el de los ojos. ‘Olvídese, yo esa vaina no me la pongo ni a balazos’

Trajeron una cédula de identidad con los datos de otra persona y fotografía casi
con rostro idéntico al mío. Una vez que estaban las unidades equipadas, el operador se me presenta con unas franelas y me dice «Alcalde, para que se ponga una de estas». Las miré y en eso me percato que se trata de unas franelas con el logotipo estampado de Hugo Chávez, el de los ojos. Sin pensarlo dos veces le dije, tajantemente: «Olvídese de eso, amigo, yo esa vaina no me la pongo ni a balazos». El operador insistió y yo me negaba. Y así quedamos. La idea era usar esas pintas porque tendríamos que cruzar muchos puntos de control a cargo de policías municipales y regionales en donde suelen estar presentes funcionarios al servicio de «la revolución».

La verdad es que sirvieron de señuelo ya que en varias alcabalas de ese rango, nada más toparnos con los funcionarios, se produce un intercambio instantáneo con el retornelo de «camaradas». Algunas de esas alcabalas las evadimos tomando unos caminos culebreros para salir delante de esos puntos de control, sin embargo, eso nos trajo uno que otro inconveniente como el vivido pasando el caserío de «La Yuca», en donde un grupito de adolescentes pretendió asaltarnos; la respuesta del grupo de apoyo fue rápida y efectiva y, sin necesidad de ir a mayores, se resolvió el impasse.

¿Por qué rehusé a vestirme con esas franelas? Porque nada más de imaginarme que nos atraparan y me fotografiaran con esa facha, despertó en mí una angustia al solo pensar en el impacto que esa imagen produciría en la ciudadana. Sería un golpe moral que no estaba dispuesto a ocasionar. Cuando vi, recientemente, cómo capturaron al exgobernador del estado Sucre, Ramón Martínez y lo expusieron denigrantemente, me dije que tenía razón en haberme negado a ponerme esa indumentaria chavista.


En todo el trayecto rezaba, invocaba a mis padres, a mi abuela Carmen Dolores, a mis hermanos, tías y parientes fallecidos. Cada vez que me aproximaba a una alcabala apretaba mi rosario, uno que me traje de mi casa por cárcel que me habían obsequiado las hermanitas vecinas del Colegio Santa Rosa de Lima. También llevaba en mi bolsillo de la camisa una estampa de San Chárbel, un religioso maronita libanés que Mitzy y yo habíamos tomado como factor de fe para nuestras vidas.

Cuando se padecen estas experiencias se podrá comprender todo lo que un ser humano que lucha por su libertad es capaz de hacer. Ese era mi contexto, así pasaban sobre mi cuerpo esos años de resistencia en los que nunca me resigné a dejar que las circunstancias me abatieran, más bien le impuse a mis pensamientos la idea de seguir siendo optimista, mirando lo que vendría el día siguiente y dando por derrotado el que dejaba atrás.

En menos de 24 horas hicimos la ruta, incluidas las paradas, también para reconsiderar el plan, reponer el combustible y otras operaciones. Alrededor de 22 horas. Desde San Cristóbal me comuniqué con Mitzy y entonces la puse al corriente de todo. Ella se movió para coordinar las operaciones en Cucutá, mi salida a Bogotá y asegurar el vuelo con destino a Madrid. Fueron dos horas de espera, porque cuando llegamos tarde, en la madrugada en Táchira, tuvimos que esperar a que se abriera el puente Simón Bolívar, que permanecía cerrado por la noche y abría a las 6 de la mañana.

Mi corazón latía con fuerza mientras caminaba sin maletas, para evitar llamar la atención, y con un equipo de apoyo muy pendiente de mi desplazamiento»

El plan se cumplió perfectamente, incluida la espera a que llegara más gente que cruzaría el puente para confundirnos entre la multitud. Mi corazón latía con fuerza mientras caminaba sin maletas, para evitar llamar la atención, y con un equipo de apoyo pendientísimo de mi desplazamiento. Si los guardias me hubieran detenido, mis amigos habrían creado confusión para atraer su atención, simularían un conflicto entre dos parejas en medio del puente para que pudiera aprovechar el alboroto y así permitirme llegar, incluso correr, a las aduanas colombianas, donde me esperaban amigos venezolanos y colombianos.

Lo acordado era ir sin maletas, con las manos libres, usé una sudadera que tenía en el pecho el número 86 y una alegoría al músico Beethoven. El plan estaba previamente diseñado. Me aconsejaron rasurarme porque mil últimas apariciones en prensa eran con la barba poco poblada que tenía. En total diez personas cumplieron la operación de apoyo en el Táchira; hoy todas, también como yo, en el exilio. De ese grupo dos personas me seguirían de cerca mientras yo caminara, sin lentes y de una forma diferente a la manera natural de desplazarme.

Esa madrugada fue muy tensa, tuvimos que superar cinco puestos policiales, dos de ellos muy controlados, llamados Peracal y El Mirador; en esta última alcabala el susto fue de marca mayor, diría que casi nos descubren. Seguimos desafiando esa realidad y las siguientes fueron las acabalas colocadas aleatoriamente en la población de Capacho. Pregunté: «¿Por qué esas alcabalas atendidas por diferentes cuerpos policiales?». Y me informaron que esa es la hora en que circulan las cisternas con la gasolina y los efectivos se reparten el botín.

Superadas las alcabalas de Capacho Nuevo y Capacho Viejo, iniciamos el trayecto con rumbo a San Antonio del Táchira. Estaba lloviendo con fuerza, no se veía bien por el vidrio parabrisa, le pedí al conductor que activara los limpiadores y me dijo «Es que debo colocar un fusible, tengo problemas, un circuito eléctrico con fallas». Le sugerí que lo resolviera, porque la visibilidad era nula y la vía angosta y no libre de peligros. Se orilló en la carretera, levantó el capó del vehículo, sustituyó el fusible dañado y cuando se disponía a retomar el asiento del conductor, una manada de perros ladrando se le abalanzan y casi que le arrancan su pierna izquierda. El solidario compañero logró liberarse de ese ataque y emprendimos otra vez el viaje.

En pleno puente, mientras avanzaba por la plataforma, casi a unos 20 metros antes de llegar al puesto de control de inmigración, una señora me reconoció y exclamó ¡Ledezma! Inmediatamente guardó silencio, como si se hubiera dado
cuenta del aprieto en que me estaba poniendo.

Mantuve la calma, caminé siempre con seguridad y rezando el padrenuestro esos 20 metros que me parecieron como 20 kilómetros, hice la cola; los funcionarios, tal como me lo advirtieron, estaban muy pendiente de las personas que llevaba maletas o bultos. Hasta que llegué, mostré los documentos que me habían facilitado con otro nombre y señas que memoricé por si acaso me interrogaban preguntándome mi fecha de nacimiento y número del documento. Todo eso lo habíamos ejercitado para estar preparado. Pasamos sin ninguna dificultad.

Cuando finalmente estaba en Cúcuta, en territorio colombiano, lo primero que hice fue llamar a mi esposa Mitzy y advertirle que finalmente estaba a salvo. ¡LIBRE! Siempre recordaré esa conmovedora llamada telefónica.

Inolvidable ese abrazo con el funcionario de inmigración colombiana al que traté de presentar mi identificación y no dejó que pronunciara ni una palabra; me interrumpió y emocionado me dijo «¡Bienvenido a tierra de libertad!». En
menos de cinco minutos ya tenía firmado mi documentación y un equipo de seguridad encomendado por el expresidente Andrés Pastrana, que se encontraba casualmente en Madrid y generosamente se dispuso a coordinar con mi esposa Mitzy todos los apoyos necesarios a mi llegada a Cúcuta.

Gracias a las diligencias del presidente Pastrana pude viajar de inmediato a Bogotá, en cuyo aeropuerto de El Dorado me esperaba su hijo Santiago Pastrana, quien había hecho todos los arreglos para mis primeros contactos en la capital colombiana. Santiago hizo posible que me facilitaran la sala de protocolo en donde me esperaban Alberto Federico Ravel y la periodista venezolana Idania Chirinos, quien me hizo una entrevista en vivo que desató una polémica que afortunadamente logramos controlar, conviniendo en atender a la colmena de periodistas, camarógrafos y fotógrafos que aguardaban en un área contigua a la sala en la que me encontraba.

Antes de abordar el avión, Alberto Federico Ravel me puso al teléfono al presidente Juan Manuel Santos, quien me dio la bienvenida a su país y me dijo que si me quedaba me recibiría al siguiente día en el Palacio de Nariño, gesto que agradecí, pero mi respuesta es que tenía previsto salir cuanto antes al reencuentro con mi familia, que me esperaba en Madrid.

Inmediatamente abordé el avión de la línea aérea Iberia que me trajo a Madrid en donde me esperaban Mitzy y mis hijas con mi futuro nieto Antonio, que ha sido el mejor regalo de la vida en esta etapa de tantas vicisitudes. Pude ver con agrado la presencia de mucha gente levantando banderas venezolanas, un grupo de gente amiga, entre ellas el expresidente Andrés Pastrana, la eurodiputada Beatriz Becerra y Gloria Capriles.


Antonio Ledezma es alcalde mayor del distrito metropolitano de Caracas en el exilio. Este texto corresponde a su libro La Tumba. Secuestro en Venezuela, publicado por la editorial Almuzara.

Te puede interesar

Comentar ()