Andrej Kidanchuk, de 31 años, sueña con volver a conducir su Mercedes y esperar a los turistas en el aeropuerto de Mallorca. La invasión de Rusia ordenada por el líder ruso, Vladimir Putin, el pasado 24 de febrero le sorprendió de visita a familia y amigos en Járkov, donde nació. Al igual que los varones de su edad, no ha podido salir de Ucrania. La guerra se ha convertido en su día a día. «Hablamos más tarde porque ahora están disparando y no me va bien», contesta al primer mensaje por whapp.

Andrej, que vive en Mallorca desde los 16 años, hijo de padre español y madre ucraniana, está contento por haber encontrado un trabajo en la empresa agrícola de un amigo. Lleva pocos días. Como tractorista sortea las minas que han dejado los rusos. Nos cuenta que lo primero que hacen los que salen al campo en tractor en Chuguev, en la región de Járkov, es rezar. «Ruegan a Dios para que no se topen con alguna de las minas con las que ha regado el campo las tropas rusas. Hace un rato mi compañero ha rozado una de ellas. Se ha salvado por poco», relata el joven en un perfecto español. Antes de empezar la jornada, al alba, han tenido que mover un tanque ruso.

El campo ucraniano con restos de los ataques rusos. / A. K.

Durante la conversación varias veces da ejemplos de cómo ahora en Ucrania, estés donde estés, no estás a salvo. Amanece y ve restos de misil en el patio o restos de fósforo blanco, cuyo uso está prohibido, en el campo. Que un soldado te apunte con un kalashnikov o la nave donde estás trabajando salte por los aires forma parte de una rutina a la que uno se termina acostumbrando. «Al principio acojona. Ya no», apunta.

Le impresionó, sobre todo, cuando saltó por los aires una nave donde habían estado intentando arreglar un vehículo del ejército. «Caía artillería intensamente y nos decidimos a dejar el sitio. La nave tenía muros de hormigón. Al día siguiente contemplamos un escenario sobrecogedor. Todo estaba fulminado. Muchos creyeron que habíamos salido volando por los aires».

Dado que ha de permanecer en Ucrania, Andrej ha decidido ayudar en todo lo posible a los «chicos» del ejército y a la población civil. «Ayudo como puedo al ejército y con la ONG española Help to Ukraine he empezado a colaborar para ayudar a salir a los que se queden atrapados», relata el joven. Sus padres están en España. «Mi madre dice que me cuide porque no me tiene repetido». Es hijo único.

Le hace ilusión haber empezado a trabajar para emplear el dinero en ayudar a los combatientes. «Les llevamos alimentos, ropa o calzado, lo que haga falta. A veces hay que andar kilómetros hasta llegar a la línea de frente porque han volado un puente, por ejemplo. Pero siento que hemos de ayudar».

Avances a toda velocidad en la región de Járkov

Está viendo cómo la situación está mejorando en Járkov. Las tropas ucranianas avanzan en este frente, donde están recuperando pueblos antes tomados por los rusos. «Los chicos a los que ayudamos han liberado gran parte de la región de Járkov. Es muy duro porque a veces sabes que alguien con quien has estado ha resultado herido, o ha muerto. Hace unos días estuve con unos chavales charlando y haciendo la lista de sus necesidades. Luego supe que les había caído un misil encima. Uno de ellos no tenía 30 años».

Cuenta Andrej que se nota cómo están llegando las armas de la comunidad internacional. «Algunos son artefactos de artillería que funcionan a la perfección. Esto va a marcar la diferencia. Sin ayuda no habríamos resistido mucho. Nadie se esperaba una guerra de esta magnitud. La región de Járkov se está liberando a toda velocidad», indica. Reconoce que el pasado 9 de mayo, cuando se conmemora el Día de la Victoria en Rusia, esperaban «algo muy gordo, pero finalmente no pasó nada». Siguen alerta.

Señala cómo muchos soldados rusos son muy jóvenes, unos niños, y se enfrentan a militares ucranianos curtidos en el Donbás. Sucede así en la primera línea de frente. Por eso, hay rusos que salen corriendo, aunque también los hay muy duros de pelar. No ha visto ninguno de cerca.

«Intenté apuntarme en el ejército regular ucraniano y me dijeron que sobraba gente. Luego podría haberlo hecho en la defensa territorial pero esa gente no está preparada. Prefiero hacer lo que hago», añade.

Unas veces asiste a los soldados en el frente, que suelen sorprenderse al ver la bandera española. «Hacen más preguntas porque necesitan asegurarse bien de quién va hasta su primera línea», señala. Y otras veces ayuda a vecinos que se quedan en la zona gris, entre zona ucraniana y rusa, como le ocurrió recientemente. «Estaban en un criadero de animales y no podían salir. Nos la jugamos porque cayó artillería al lado. Al principio te tiemblan las piernas pero luego lo llegas a ver normal». También está preocupado por sembrar para que no haya hambre en otoño. «Si no lo hacemos, será dramático».

Vive en una casa con otras 11 personas en Chuguev. A veces pasan temporadas sin electricidad y por tanto sin cobertura en los móviles. Andrej ha estado un mes aislado, sin poder contactar con la familia. «No podíamos ir muy lejos tampoco porque veíamos cómo pasaban los misiles por encima de nuestras cabezas. De las tropas puedes esconderte. De los misiles es más difícil».

En líneas generales, cree que el gobierno ucraniano lo está haciendo bien, «aunque a veces ponga medallas a quien no toca». De la misma manera, está satisfecho con la ayuda que está prestando España. «A veces ves los productos de la ayuda humanitaria y te da la impresión de que estás en un supermercado español. El otro día me preguntaban qué eran los callos porque tenían una lata para comer sin saber de qué se trataba», dice entre risas. Porque la situación es dramática pero siempre hay momentos para la distensión.

Andrej está convencido de que Ucrania puede ganar la guerra, pero teme que Putin apriete el botón nuclear. «Putin lleva tanto tiempo en el poder que ha perdido el sentido de la realidad. Si aprieta el botón, no solo se va al garete Ucrania, sino todo el mundo. Somos un escudo para el resto del mundo. Si Putin ve que no puede con nosotros, tengo el presentimiento de que puede apretar el botón. O ganamos todos o perdemos todos».

Su sueño ahora es que acabe la guerra. «Quiero volver a mi vida en Mallorca. A estar con mi familia, con mi novia, mis amigos. Añoro mi trabajo. Y el café. Aquí tomamos aguachirli».