Andrei Kolesnikov, investigador senior en el Carnegie Endowment for International Peace, sigue en Moscú, a pesar de que es “una zona de riesgo para alguien que escribe sobre política y comenta los acontecimientos”, como él mismo reconoce. El Centro Carnegie, el think tank pionero tras la caída de la Unión Soviética, tuvo que cerrar su sede en la capital rusa por mandato del Ministerio de Justicia en abril. Kolesnikov es el único investigador que sigue trabajando para el Carnegie global desde Moscú, una ciudad donde vive desde hace medio siglo y donde se licenció en Derecho. Lamenta que desde Europa y EEUU se equipare a putinistas y antiputinistas, y que nadie piense en “el futuro de una Rusia post Putin”. 

«Lamentamos la decisión del gobierno ruso de cerrar nuestro centro en Moscú y creemos que este paso solo profundiza el aislamiento internacional de Rusia», decía el comunicado difundido por Carnegie Endowment el pasado 18 de abril. «Nuestra red de investigadores esparcida por el mundo, incluidos expertos de Rusia y de otros Estados de la ex URSS, continuará abordando los asuntos urgentes relacionados con esta región y con el mundo».

Después de decisiones de este calado, y de experimentar cómo Moscú vive bajo una especie de ley marcial, Kolesnikov confiesa en un artículo publicado en Política Exterior, titulado ¿Partir o no partir?, que se planteó dejar Rusia. Cuenta con ciudadanía israelí y llegó a solicitar la repatriación a Israel pero después decidió quedarse.

En su familia había víctimas de Stalin, de las guerras y del sitio de Leningrado. Hijo de “comunistas acérrimos” y hermano de un asesor de Yegor Gaidar, “el principal reformista de este país”, también está arraigado en Moscú por su descendencia, sobre todo por su hija menor, de 12 años, que no quiere dejar Rusia salvo para irse de vacaciones. “Este es mi país, mi hogar, estoy arraigado aquí. Me considero un patriota de Rusia. Solo con Putin y los putinistas tenemos una Rusia diferente. Hay una creciente rebeldía en mi: ¿por qué debería dejar mi país?”, explica en una entrevista con El Independiente. 

Autor de varios libros, entre ellos una biografía de Anatoly Chubais, responsable de la privatización, es uno de los mejores conocedores sobre Rusia, sobre todo sobre “los cambios ideológicos en la sociedad rusa” Colabora en el Gaidar Institute for Economic Policy y publica en gazeta.ru y en Forbes. Ha ocupado cargos de responsabilidad en Novaya Gazeta, Izvestia y www.newtimes.ru. Ahora dirige el programa de Política Interior rusa e Instituciones del Carnegie global. 

Mi ocupación es el análisis pero aquí todos corremos peligro. Nadie sabe dónde ha colocado las minas el poder»

Sabe que corre riesgos. «Trabajo como trabajo, escribo y comento mucho sin tener en cuenta las limitaciones. Mi ocupación es el análisis, pero aquí todos corremos peligro. Nadie sabe dónde ha colocado las minas el poder. La preocupación nunca desaparece», afirma Kolesnikov, que confiesa que sí cumple con la imposición de hablar de «operación militar especial» en lugar de «guerra». Reconoce que muchas noches le atormenta la idea de un registro o un arresto. Nadie está a salvo. 

Como otros ciudadanos críticos con el Kremlin, se siente abandonado por esa Europa, que «sigue comprando gas a Putin y echa la culpa a los disidentes por no derrocarlo». A Kolesnikov le irrita especialmente que Europa equipare a los opositores a Putin con los putinistas. «Nadie piensa en el futuro de la Rusia post Putin. Los refugiados políticos cuentan con cierta ayuda, pero en gran parte por sus conexiones personales. Nadie ayuda a los disidentes rusos», subraya el investigador. 

Peor que en la época de la URSS

La situación actual incluso es peor que en la época de la URSS. «La URSS tenía reglas claras y líneas rojas claras. Ahora las reglas y las líneas rojas son muy vagas. En la URSS mucha gente quería la decorada y estaba decepcionada por la guerra de Afganistán, pero ahora ocurre lo contrario. Además, entonces no conocíamos otro régimen. Después de vivir bajo Yeltsin en una sociedad libre pero ahora volvemos a un régimen autoritario», añade. 

El desarrollo de los acontecimientos depende únicamente de las decisiones de Putin, que por ahora ni va a detener las hostilidades ni está dispuesto a llegar un acuerdo de paz»

La “operación militar especial”, que Putin ordenó hace casi tres meses, cree que se fraguó en la mente del líder ruso durante años, desde el Maidán en 2014. «El desarrollo de los acontecimientos depende únicamente de las decisiones de Putin, que por ahora ni va a detener las hostilidades ni está dispuesto a llegar a un acuerdo de paz». Hasta el momento, «es obvio que ha conseguido justo lo opuesto a lo que anunció: en lugar de la desmilitarización de Ucrania, la militarización, y la OTAN está ahora más cerca de las fronteras, no más lejos, como pretendía». Finlandia y Suecia han dejado atrás su no alineamiento y ahora han solicitado el ingreso en la Alianza Atlántica, algo que nadie aventuraba hace medio año.

Kolesnikov es pesimista. O realista, dadas las circunstancias. La narrativa ucraniana no llega a Moscú, aunque desde Europa o Estados Unidos nos parezca increíble. Reconoce que a él sí le ha sorprendido la respuesta militar de Ucrania. Sin embargo, señala que es la propaganda oficial rusa la que tiene a la mayoría de la población seducida. Putin ha dado a los rusos una meta, la victoria, y el relato de una victoria, que comparó con la lograda en 1945 frente a lo nazis en el discurso del 9 de mayo, triunfa entre gran parte de la población. Y las élites apoyan a Putin porque su destino está unido al del líder del Kremlin. 

“No es posible en absoluto un golpe de Estado o una revuelta. Las élites están consolidadas y no tienen dónde ir si no es con Putin. Si se salen de su círculo, pueden ser perseguidos o perder todo lo que obtienen gracias a su cercanía al trono. Lo mismo ocurre con las masas, que se sienten aisladas en una fortaleza asediada y experimentan síndrome de Estocolmo hacia el comandante de la fortaleza, Putin”, apunta Kolesnikov, quien cree que los rumores sobre la salud de Putin “reflejan expectativas excesivas”. 

“Putin es popular como modelo de líder fuerte. En Asia a muchos no les importa nada la ‘operación especial’. Como puede verse en las votaciones de la ONU, Putin es atractivo para los Estados delincuentes y para lo que se benefician de la situación como serían China o la India”, afirma el investigador. 

Putin pasará a la Historia como un caudillo ultranacionalista, militarista, incluso fundamentalista con una mentalidad arcaica. Espero que Rusia algún día así lo juzgue»

Define al líder ruso como «un caudillo (duce) ultranacionalista, imperialista, militarista, tradicionalista ideológico e incluso fundamentalista con una mentalidad muy arcaica. Así es como pasará a la Historia y así espero que algún día Rusia lo juzgue». 

A pesar de las especulaciones, ve muy lejana la posibilidad de que Putin desaparezca de escena, lo que produciría cambios sustanciales dada el elevado grado de personalísimo del sistema. «Hay pocas esperanzas de que Putin se vaya pronto. En consecuencia, o bien los jóvenes, que están muy modernizados, se adaptan al sistema (tiene gran impacto la dependencia de la política de la economía) o bien los más activos se irán. A medio plazo se perderá capital humano, aunque siempre queda la esperanza de que suceda algo mejor…»