“Nuestros objetivos para el hemisferio occidental pueden resumirse en 'Reclutar y expandir'”, esboza la Estrategia de Seguridad Nacional estadounidense presentada el pasado noviembre.  Donald Trump, que en apenas dos semanas celebrará el primer año de su segundo mandato en la Casa Blanca, ha decidido que América Latina, su patio trasero, vuelva a ser un espacio de dominio estadounidense.

PUBLICIDAD

“Reclutaremos a amigos consolidados en el hemisferio para controlar la migración, detener el flujo de drogas y reforzar la estabilidad y la seguridad en tierra y mar. Nos expandiremos cultivando y fortaleciendo nuevas alianzas, al tiempo que reforzamos el atractivo de nuestra propia nación como socio económico y de seguridad preferido del hemisferio”, arguye el documento. El magnate no disimula su propósito: restaurar la primacía estadounidense en la mitad sur del continente mediante una combinación de presión militar, coerción económica e intervención política directa.

La Doctrina Monroe, proclamada en 1823 por el presidente James Monroe que defiende el intervencionismo estadounidense en todo el continente, deja de ser una referencia histórica para convertirse en una hoja de ruta operativa. “Estados Unidos piensa hoy su relación con América Latina en términos abiertamente intervencionistas”, reconoce en declaraciones a El Independiente Jorge Contesse, profesor de derechos humanos internacionales y derecho constitucional comparado de la Rutgers Law School. “La Estrategia de Seguridad Nacional publicada a comienzos de diciembre incluye el uso y la amenaza de la fuerza. No es retórica: es doctrina”, agrega.

Trump piensa en América Latina como un espacio geográfico sobre el cual Estados Unidos puede proyectar su poder sin restricciones, sin límites legales claros

Para Aníbal Pérez-Liñán, profesor de Ciencia Política y Estudios Globales en la Universidad estadounidense de Notre Dame, el documento confirma una visión profundamente personalista del poder: “Trump piensa en América Latina como un espacio geográfico sobre el cual Estados Unidos puede proyectar su poder sin restricciones, sin límites legales claros y sin necesidad de acción colectiva”.

Nicolás Maduro y su esposa Cilia Flores llegan a Manhattan para comparecer ante el tribunal de Nueva York. | EP

Resucitando la Doctrina Monroe

La nueva Estrategia de Seguridad Nacional es explícita. “Después de años de negligencia”, afirma el texto, Estados Unidos “reafirmará y hará cumplir la Doctrina Monroe para restaurar la preeminencia estadounidense en el hemisferio occidental”. El documento introduce incluso una denominación propia: “Este 'corolario de Trump' a la Doctrina Monroe es una restauración sensata y potente del poder y las prioridades estadounidenses, coherente con los intereses de seguridad de Estados Unidos”.

Washington se propone impedir que actores “extrahemisféricos” como China y Rusia controlen infraestructuras críticas, recursos estratégicos o rutas comerciales. Para ello, el texto legitima el uso combinado de presencia militar, sanciones, aranceles, presión diplomática y alineamiento político.

"La operación en Venezuela nos da una panorámica de la determinación geopolítica que los Estados Unidos y más específicamente Donald Trump quiere implementar en América Latina, el mensaje que está enviando no solo a los países de la región pero también a las grandes potencias, un mensaje de que Estados Unidos está de regreso y que empieza poniendo orden en su propio vecindario, pero también representa grandes desafíos y cuestionamientos sobre la legalidad de acciones unilaterales", opina el analista Geovanny Vicente-Romero.

“El documento teoriza algo que Trump ya venía haciendo”, explica Pérez-Liñán. “Utiliza el lenguaje de la seguridad nacional para justificar una prioridad que es profundamente personal: construir gobiernos aliados que le permitan proyectar su poder, mostrar fuerza ante su electorado y facilitar oportunidades de negocio para su entorno político y empresarial”. No se trata, subraya el politólogo, de alianzas entre Estados, sino de vínculos entre líderes: “Trump no piensa en términos institucionales, sino en términos de lealtades personales”.

Utiliza el lenguaje de la seguridad nacional para justificar una prioridad que es profundamente personal: construir gobiernos aliados que le permitan proyectar su poder

Asalto a Venezuela: lo que anticipa

Venezuela ha sido el escenario más extremo —y más revelador— de esta doctrina. La designación de organizaciones criminales como terroristas, el despliegue naval en el Caribe y los ataques armados culminaron el pasado sábado con la 'captura' militar de Nicolás Maduro, sin aval internacional ni autorización parlamentaria en lo que el derecho internacional público presenta más como un secuestro que como un acción lícita.

“Es difícil exagerar la gravedad de lo ocurrido”, advierte Contesse. “Se trata de una violación flagrante de los principios más básicos de la Carta de la ONU. Y lo más inquietante es lo que vino después: Trump señaló a Colombia, Cuba e incluso a México como posibles próximos focos de intervención. Se trata de una postura abiertamente intervencionista que no se había visto en décadas o aún más. Los países estarán condicionados a ver qué es lo que EEUU quiere para decidir cómo relacionarse con él, incluso aquellos países con liderazgos afines al gobierno de Donald Trump”.

A juicio de Pérez-Liñán, Venezuela muestra el patrón central del trumpismo en política exterior: “Ejercitar el poder sin límites claros, ni morales ni legales, atendiendo solo a las realidades duras de poder. Eso convierte a Trump en un actor profundamente disruptivo, imposible de predecir”.

Trump defendió la operación apelando a la Doctrina Monroe: “Es nuestro hemisferio”. Marco Rubio fue aún más explícito: designar carteles como terroristas “nos permite usar otros elementos del poder estadounidense, incluyendo el Departamento de Defensa”. “Trump no tiene ninguna estrategia en Venezuela. El resultado podría acabar pareciéndose al de Irak”, señala sin titubeos Karen Remmer, profesora emérita de la universidad de Duke experta en el ascenso del populismo en América Latina.

Milei, Bukele, Asfura, Kast y Chaves: los hombres de Trump

La doctrina Monroe del siglo XXI no se sostiene solo con portaaviones ni intervenciones armadas. Necesita aliados políticos internos. Trump los busca y los distingue con claridad.

“Si hablamos de los hombres de Trump en América Latina”, señala Pérez-Liñán, “hay dos que en Washington son vistos como aliados claros: Nayib Bukele y Javier Milei”. Bukele, por su predisposición para convertir El Salvador en una extensión del sistema de detención estadounidense para deportados. Milei, por su valor simbólico para el electorado libertario y trumpista en Estados Unidos.

Los 'hijos' latinoamericanos de Trump

Nasry Asfura, próximo presidente de Honduras
Nayib Bukele, presidente de El Salvador
Javier Milei celebra la victoria de los candidatos de su partido en las legislativas en Buenos Aires
El presidente de Argentina, Javier Milei | Efe
Rodrigo Chaves, presidente de Costa Rica

Milei tiene un cierto encantamiento para los votantes libertarios norteamericanos que apoyan a  Trump y, por lo tanto, su alineamiento con Trump y el apoyo de Trump a Milei tiene una clara identidad ideológica, no sin también costo político para Trump, porque la idea de que Estados Unidos haya dado un enorme apoyo financiero a la Argentina, fue recibida por una parte de la base de Trump con cierta insatisfacción. La proyección internacional de Trump en América Latina enfrenta ciertas reticencias entre la base republicana más aislacionista”, subraya Pérez-Liñán. Una de las consignas del “America First” de Trump en su victoria sobre Kamala Harris fue su compromiso de no embarcar al país en guerras, con el recuerdo cercano de la aventura en Afganistán o Irak.

En el último año Trump no ha ofrecido un apoyo uniforme. En Honduras, por ejemplo, el respaldo ha sido directo y explícito. “Trump apoyó al candidato del Partido Nacional Nasry Asfura que ganó las elecciones y, al mismo tiempo, indultó a Juan Orlando Hernández [el ex presidente hondureño que había sido extraditado a EEUU y condenado en 2024 por conspiración para traficar narcóticos, uso de armas de fuego y conspiración para traficar armas de fuego]”, recuerda Pérez-Liñán. “Eso sugiere claramente un acuerdo político para garantizarse aliados locales”.

La proyección internacional de Trump en América Latina enfrenta ciertas reticencias entre la base republicana más aislacionista

El triunfo de Asfura, no obstante, se produjo tras un agónico y controvertido recuento electoral. Su rival Salvador Nasralla, con un trasfondo ideológico muy similar pero sin el refrendo de Trump, ha denunciado desde entonces “un fraude monumental” y ha exigido un escrutinio especial “acta por acta”.

En Chile, el apoyo ha resultado más indirecto, pero no menos significativo. José Antonio Kast representa, en palabras del politólogo, “una derecha más cercana al trumpismo que la derecha tradicional chilena”. No se trata de intervención directa, sino de legitimación ideológica, en un sucesión de acontecimientos que tienen como consecuencia el arrinconamiento de la tradicional derecha clásica latinoamericana.

Remmer aporta otras variables para explicar el agua del populismo en Chile y Honduras. “Las victorias en Honduras y Chile tuvieron menos que ver con el apoyo a la derecha que con otras consideraciones. En Chile, la principal de ellas fue la preocupación de los votantes por la delincuencia y la inmigración. En Honduras, el historial del candidato en materia de obras públicas desempeñó un papel importante”, esboza.

Al bloque de líderes alineados con Washington se suma Rodrigo Chaves en Costa Rica, que celebra elecciones presidenciales el mes próximo con su sucesora Laura Fernández como favorita de las encuestas. “Estamos viendo el surgimiento de una derecha populista regional que Trump percibe como su aliado natural”, afirma Pérez-Liñán, aunque advierte: “Es un bloque diverso, con diferencias profundas que hoy quedan ocultas por la percepción de unidad. Creo que en un par de años vamos a ver que hay diferencias importantes en su compromiso con la democracia, en sus políticas económicas, en su visión del mundo, de la misma forma que vimos una diferencia importante entre los gobiernos de izquierda a principios del siglo XXI en América Latina”.

Díaz-Canel promete juzgar sin abusos a los detenidos
Miguel Díaz-Canel con el dirigente venezolano, Nicolás Maduro. | EFE

Operación: ahogar Cuba

Cuba ocupa un lugar distinto. Trump no plantea una intervención militar. Aboga por una espera estratégica. “Cuba caerá sola”, ha vaticinado. “No creo que necesitemos intervenir”. En los últimos días, Marco Rubio se ha expresado en términos similares: “El Gobierno cubano es un problema inmenso. Sí, el Gobierno cubano es un gran problema, en primer lugar, para el pueblo de Cuba”. Interrogado por el escenario de una intervención similar a la de Caracas, Rubio -hijo de cubanos que llegaron a EEUU en la década de 1950, antes de la Revolución castristas- se negó a desvelar su estrategia: “No voy a hablarles sobre cuáles serán nuestros pasos futuros y cuáles van a ser nuestras políticas ahora mismo en este sentido. Pero no creo que sea un secreto que no somos fanáticos del régimen cubano, quienes, por cierto, son los que apoyaban a Maduro. Todas sus fuerzas de seguridad internas, su aparato de seguridad interna está totalmente controlado por los cubanos”.

De momento, la apuesta para La Habana es apuntar el colapso económico de un país que sufre una tormenta perfecta, combinación explosiva de problemas estructurales de larga data (productividad, incentivos o gestión) agravados por choques externos (pandemia, energía y sanciones) y distorsiones macroeconómicas recientes (inflación o escasez de divisas). Sin el respaldo del petróleo venezolano y bajo un cerco financiero reforzado, Washington confía en que el sistema cubano se erosione desde dentro hasta terminar implosionando.

Iván Cepeda, candidato de la izquierda colombiana. | EP

Próximos objetivos: Colombia y Brasil

El calendario electoral de 2026 convierte a varios países en escenarios sensibles. Colombia y Brasil encabezan la lista, con permiso de Perú. En Bogotá, Trump ya ha insinuado una posible intervención. "Donald Trump tiende a respaldar candidatos conservadores que compartan su visión sobre seguridad, economía y oposición a la izquierda regional. De cara a 2026, sus apoyos dependerán más de la viabilidad electoral que de afinidades personales. En Costa Rica su influencia sería limitada, en Colombia una coalición de derecha unida tendría opciones reales, en Perú el electorado volátil permite candidatos conservadores aunque fragmentados, y en Brasil cualquier respaldo estaría ligado al bolsonarismo, condicionado a que la derecha se reorganice frente a la polarización. En síntesis, Trump favorecerá perfiles afines, pero su impacto variará según la fuerza y unidad de cada derecha local", replica Vicente-Romero.

Pérez-Liñán cree que puede ser contraproducente: “Dependiendo de cómo evolucione Venezuela, una intervención de Trump podría jugar en favor de la izquierda, movilizando el sentimiento nacionalista”. Iván Cepeda, el candidato de izquierdas para relevar a un desgastado Gustavo Petro, podría tener opciones frente al rostro que presente la derecha más tradicional, sin descartar sorpresas populistas.

“Me parece que esta lucha política de cara a las elecciones del 2026, está desarrollándose en tal grado de radicalismo que puede generar un proceso de migración a los extremos”, vaticinaba hace meses a este diarsio Humberto de la Calle, ex candidato presidencial centrista. Abelardo de la Espriella y Vicky Dávila podrían encajar en ese perfil trumpista.

Brasil es el caso más avanzado de injerencia política. Trump ha defendido abiertamente a Jair Bolsonaro, impuesto aranceles, sancionado jueces y acusado al Supremo de “caza de brujas”. Marco Rubio calificó el proceso judicial como “una persecución política”. “Bolsonaro está preso, pero el bolsonarismo está vivo. El hijo de Bolsonaro o el gobernador del estado de São Paulo podrían ser esos candidatos”, apunta Pérez-Liñán.

Perú, en cambio, presenta un escenario más caótico. “Nunca se sabe qué va a pasar en Perú”, admite el analista. “Nunca sabes quién va a ganar ni si el que gana va a durar en el poder”. Aun así, identifica una tendencia: “Existen candidatos, como el alcalde de Lima, que reivindican el modelo trumpista y el modelo de mano dura de Nayib Bukele”. Trump, cree el politólogo, no tiene un interés estratégico directo en intervenir en Perú, pero observa el proceso con atención como parte de la reconfiguración regional de la derecha populista.

Donald Trump con el entonces presidente brasileño Jair Bolsonaro en 2019. | EP

El coste imprevisible: rearmar la resistencia anti-'yankee'

La paradoja del retorno de la Doctrina Monroe es su efecto bumerán. “Invocar esta doctrina activa un instinto nacionalista latinoamericano muy arraigado”, advierte Pérez-Liñán. “Y eso es un problema enorme para Estados Unidos, porque es un regalo estratégico para China”.

La historia regional está marcada por ciclos de intervención y reacción. Trump parece apostar por los beneficios inmediatos —control, negocios y demostraciones de fuerza como la que exhibió con su poderío militar el sábado sobre Caracas— sin calibrar los costos a largo plazo. “Estados Unidos ya ha pasado por esto”, concluye Pérez-Liñán. “Cada vez que se activa el intervencionismo, se rearma una resistencia anti estadounidense. Y esta vez, el contexto global hace que el costo estratégico pueda ser mucho mayor”.

PUBLICIDAD