Cinco años después de la normalización de relaciones bajo los Acuerdos de Abraham, Marruecos e Israel consolidan una alianza militar que se afianza al margen del rechazo mayoritario de la sociedad marroquí, que ha exigido en multitudinarias manifestaciones la ruptura de relaciones con el Estado hebreo al calor de la devastadora operación militar en la Franja de Gaza. Ambos países han firmado esta semana en Tel Aviv un plan de trabajo militar conjunto para 2026, tras celebrar el tercer encuentro del Comité Militar Conjunto.
Las conversaciones, lideradas por la Dirección de Planificación del Estado Mayor de las Fuerzas de Defensa de Israel (IDF, por sus siglas en inglés) y su división de relaciones exteriores (Tevel), reunieron durante varios días a altos mandos de ambos ejércitos. El programa incluyó reuniones técnicas, foros estratégicos y visitas de los militares marroquíes a unidades operativas, industrias de defensa y centros militares israelíes.
Según el comunicado oficial, el eje central del encuentro fue un panel dedicado a “la construcción de capacidades militares desde una perspectiva estratégica, la coordinación a largo plazo y la definición de objetivos compartidos”. Israel volvió a presentar a Marruecos como “un socio clave para la estabilidad regional”, una formulación que se ha convertido en constante desde la normalización oficial de relaciones diplomáticas en diciembre de 2020.

Entrenamiento, drones y guerra subterránea
La firma del plan para 2026 confirma que la cooperación bilateral no es simbólica, sino estructural y creciente. En los últimos años, Israel ha intensificado su transferencia de conocimiento militar a las Fuerzas Armadas Reales marroquíes, especialmente en ámbitos sensibles.
El año pasado, en plena operación en Gaza considerada genocidio por la comisión de investigación de la ONU, instructores israelíes participaron en el entrenamiento del ejército marroquí en guerra de túneles, una especialidad desarrollada por Israel en escenarios como Gaza, donde el combate subterráneo es clave. Este tipo de formación responde a los nuevos desafíos operativos de Rabat, tanto en la lucha antiterrorista como en un eventual conflicto convencional de alta intensidad.
A ello se suma la cooperación en drones. Marruecos ha probado recientemente en el Sáhara Occidental el SpyX, un dron kamikaze de fabricación israelí, en el marco de una modernización acelerada de su arsenal y en un contexto de rivalidad estratégica con Argelia. Su apuesta incluye la construcción de factorías para la fabricación de drones israelíes en suelo marroquí.
Una relación que viene de lejos
Aunque la normalización diplomática data de 2020, la cooperación militar entre Marruecos e Israel es anterior y se ha desarrollado durante décadas de manera discreta. Israel prestó apoyo técnico y asesoramiento a Rabat durante la construcción del muro defensivo en el Sáhara Occidental en los años ochenta, una infraestructura clave para el control territorial del reino alauí frente al Frente Polisario y para mantener la ocupación militar ilegal de la ex provincia española.
Aquella colaboración, envuelta en secreto, sentó las bases de una relación de confianza entre los aparatos de seguridad de ambos países, que hoy emerge a plena luz con acuerdos formales, comités conjuntos y planes de trabajo plurianuales.
El divorcio entre el Estado y la calle
El fortalecimiento del eje Rabat-Tel Aviv contrasta con el rechazo persistente de la opinión pública marroquí a la normalización con Israel, agravado desde el inicio de la guerra en Gaza. Manifestaciones, comunicados de partidos de diverso espectro político y protestas de la sociedad civil han evidenciado una brecha entre la diplomacia del Palacio Real y el sentir popular. El régimen alauí ha tratado de sofocar la contestación con el arresto de miembros de las organizaciones que han exigido la ruptura de lazos con Israel.
Pese a ello, el reino alauí ha mantenido el rumbo. Para Rabat, la alianza con Israel refuerza su posición internacional, especialmente con Estados Unidos y Emiratos Árabes Unidos, y consolida su fortaleza militar regional, en un Magreb marcado por la rivalidad estratégica y la carrera armamentística.
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