En el anfiteatro de Davos, donde la élite global se reúne estos días, Marruecos ha escenificado un paso más para agradar a Donald Trump y consolidar consolidar su apoyo en el nuevo tablero regional trazado por Washington: Mohamed VI, ausente de Marruecos desde el pasado noviembre, formará parte en calidad de miembro fundador de la Junta de Paz que tutelará al gobierno de tecnócratas en Gaza y en el que se sentará también el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu, con la notable ausencia de los palestinos.
El primer ministro marroquí, el magnate Aziz Akhannouch, confirmó en el Foro Económico Mundial que el rey Mohamed VI -que pasa largas temporadas fuera de su país y que, según palacio, se halla en reposo por una lumbalgia- se sumará como miembro fundador a la Junta de Paz de Gaza impulsada por Donald Trump, y que el reino discute además el posible envío de soldados a la futura Fuerza Internacional de Estabilización (ISF) para la Franja de Gaza, arrasada por completo tras dos años de campaña militar israelí.
La adhesión entusiasta de la monarquía alauí -el primer país árabe en confirmar su presencia en el organismo- arrojará la fotografía de Mohamed VI con Netanyahu. Una instantánea que puede provocar la indignación de la calle marroquí, donde el sentimiento propalestino es profundo y que durante los dos últimos años ha reclamado la ruptura de relaciones con Israel, que Marruecos reconoció públicamente en 2020 en virtud de los bautizados como Acuerdos de Abraham.
Entretanto, los palestinos no figuran en el andamiaje de la Junta de Paza. La incorporación marroquí se formalizó el 19 de enero, cuando Rabat anunció que el monarca aceptaba la invitación de Trump para integrarse en la Junta, presentada como una nueva organización internacional destinada a “promover estabilidad”, restaurar gobernanza y garantizar una paz “duradera” en zonas afectadas por conflictos.
El nacimiento del organismo no ha estado exento de polémica. Muchos temen que Trump no esté creando simplemente un foro para Gaza sino promoviendo —con la misma lógica corporativa con la que ha gestionado sus alianzas— un mecanismo paralelo al sistema multilateral y alternativo a la ONU. Esa sospecha es, precisamente, la que ha generado resistencia en diversas capitales, especialmente en Europa. No es menor el detalle: informaciones publicadas en medios internacionales apuntan a que la carta fundacional contempla incluso un modelo de cuotas que permitiría a algunos países obtener asiento permanente, como si se tratase de un consejo de administración.
Netanyahu entra en escena
El guion se completó el miércoles, cuando la oficina del primer ministro israelí confirmó que Netanyahu aceptó integrarse en el órgano como miembro de la Junta de Paz. Lo hizo pese a haber protestado previamente por la composición de los órganos ejecutivos, especialmente por la presencia de Turquía y Qatar —dos mediadores incómodos para Tel Aviv pero imprescindibles para Washington.
En un comunicado conjunto a última hora de este miércoles, los ministros de Exteriores de Egipto, Jordania, Emiratos Árabes Unidos, Indonesia, Pakistán, Turquía, Arabia Saudí y Qatar acogieron "con satisfacción la invitación cursada a sus líderes por el presidente de los Estados Unidos de América, Donald J. Trump, para que se unan a la Junta de Paz". "Los ministros anuncian la decisión conjunta de sus países de unirse a la Junta de Paz. Cada país firmará los documentos de adhesión de acuerdo con sus respectivos procedimientos legales y otros procedimientos necesarios", detallaron.
El resultado es el que escuece en Gaza y en buena parte del mundo árabe, incluido en la opinión pública marroquí: una Junta que incorpora al dirigente israelí que ha conducido la ofensiva sobre la Franja, pero que no integra de manera equivalente a la representación palestina, más allá de fórmulas tecnocráticas tuteladas.
“Paz sin palestinos”: la denuncia desde dentro
El diseño de la Junta —presidida por Trump y con Netanyahu dentro— ha encendido alarmas en el campo palestino, donde se denuncia que nace con el mismo pecado original de tantos planes anteriores: hablar en nombre de los palestinos sin incluirlos como sujeto político.
La Autoridad Palestina, que gobierno Cisjordania ocupada, ha mostrado públicamente su escepticismo. “Palestina debería estar allí, y los líderes palestinos también”, señaló desde Davos Ibrahim Khraishi, observador permanente de la Autoridad Palestina ante la ONU en Ginebra. Desde que Trump impidiera al presidente Mahmud Abás asistir a la Asamblea General de la ONU en septiembre pasadao, prácticamente no ha habido contacto con Washington.
La fuerza internacional: soldados marroquíes en Gaza, la línea roja
El salto cualitativo está en la ISF. Akhannouch deslizó que Marruecos discute su participación militar en la fuerza internacional. La afirmación fue matizada y parcialmente negada después, pero lo relevante es que la opción ya circula como posibilidad real.
El entusiasmo del establishment marroquí tiene un importante coste político interno, en un país donde la simpatía popular con la causa palestina sigue siendo transversal, pero para Rabat compensa el refuerzo del vínculo con Estados Unidos, principal avalista del plan. Se trata, además, de usar nueva palanca geopolítica frente a Argelia.
En Gaza, la ISF no sería una misión de cascos azules convencional. Sería una fuerza concebida para estabilizar un territorio tras una guerra, y potencialmente gestionar el “día después” de Hamás.
Rabat-Tel Aviv: una relación cada vez más estrecha (y rentable)
La entrada de Marruecos en la Junta de Paz se apoya en una realidad previa: la normalización con Israel y una cooperación que no solo no se ha reducido con la guerra, sino que se ha sofisticado. Durante los últimos años, Rabat y Tel Aviv han reforzado alianzas militares, tecnológicas e industriales, con adquisiciones estratégicas y proyectos conjuntos. En esa aproximación pesa tanto la seguridad como el negocio. Los lazos se han convertido en una autopista: contratos, tecnología, intercambio de inteligencia y una industria militar que ya mira hacia el largo plazo.
Bajo el paraguas de los Acuerdos de Abraham, Rabat ha encontrado en Israel un socio militar preferente y en Washington el aval político que le interesa preservar, con el horizonte del conflicto del Sáhara Occidental y el propio beneficio particular de la casa real, que en los últimos años ha firmado acuerdos financieros con empresas israelíes.
El rechazo de Europa
La Junta ha sido presentada como un marco global de paz, pero su diseño genera recelos: por su mandato amplio, por su dependencia directa de Trump y por su potencial para socavar a Naciones Unidas. Francia, Dinamarca, Noruega y Suecia ya han confirmado que rechazan incorporarse. Otros, simplemente, aplazan la decisión: por prudencia diplomática, por cálculo económico o por miedo a las represalias comerciales de Washington.
Rabat insiste en su fórmula clásica: paz justa, Estado palestino en fronteras del 67 y Jerusalén Este como capital. Pero la realidad es más compleja y evidente: Mohamed VI se sienta en el mismo mecanismo que Netanyahu, bajo la presidencia directa de Trump, en una estructura que nace no del consenso internacional sino del poder. Y eso deja una imagen final, incómoda, casi cruel: una Junta de Paz de Gaza construida alrededor de los aliados de Washington, con Israel dentro y Palestina una vez más ausente.
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