No era el rostro del poder, pero sí uno de sus arquitectos. Mientras los focos se posaban en generales uniformados o clérigos de turbante, Ali Larijani operaba en un plano más decisivo y menos visible: el de quienes diseñan la estrategia, conectan facciones y sostienen el equilibrio interno de la República Islámica. Su figura, a medio camino entre político, ideólogo y dirigente de seguridad, había terminado por convertirle en un líder de facto en la sombra en Teherán. Su asesinato en un bombardeo israelí, confirmado a última hora de este martes por Irán, no es solo la caída de otro alto cargo: es el golpe a uno de los cerebros que mantenían en pie el sistema.

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Israel aseguró este martes haber matado a Larijani, una de las figuras más influyentes del aparato iraní en plena escalada regional. Su ocaso suscita una pregunta central en plena guerra: qué pierde exactamente la República Islámica cuando desaparece uno de sus principales intermediarios entre el poder político, el militar y el diplomático. Larijani es el dirigente de mayor rango alcanzado desde el inicio de la campaña de ataques el pasado 28 de febrero y es un curtido mandamás del régimen, antiguo negociador nuclear y uno de los hombres que habían ganado peso tras la reconfiguración del poder en Teherán.

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Un "power broker"

No era un general de campo ni un clérigo con aspiraciones formales al liderazgo supremo. Su valor residía precisamente en su capacidad para moverse entre mundos. Conocía el sistema desde dentro, tenía acceso directo a la Guardia Revolucionaria y, al mismo tiempo, acumulaba la experiencia de quien había negociado con Occidente en los momentos más delicados del expediente nuclear. Era un auténtico intermediario, un “power broker” con influencia transversal.

“La muerte de Larijani representa un golpe significativo dada su estatura dentro del régimen. Era una de las pocas figuras capaces tanto de coordinar las debilitadas fuerzas iraníes como de participar potencialmente en negociaciones con Estados Unidos para desescalar el conflicto”, sostiene en conversación con El Independiente Mehrzad Boroujerdi, decano del College of Arts, Sciences y Education de Missouri S&T. Su desaparición, añade, “debilita al régimen, pero es poco probable que lo haga caer”. “Hasta ahora, los funcionarios que han sido asesinados han sido sustituidos en su mayoría por otros partidarios de la línea dura, lo que sugiere continuidad más que un cambio. De hecho, Teherán podría nombrar a un sucesor aún más radical para el cargo de Larijani, como señal deliberada de desafío”, agrega.

Ali Larijani durante la mediación de Omán el pasado febrero.

La muerte de Larijani representa un golpe significativo dada su estatura dentro del régimen

Boroujerdi apunta precisamente al siguiente movimiento que se prepara en Teherán. “Pueden asignar el puesto a un halcón como Saeed Jalili o Ali Akbar Ahmadian o elegir a un perfil más pragmático como el expresidente Hasan Rouhani”. En cualquier caso, advierte, la decisión no será improvisada. “Las élites políticas y militares de mayor peso decidirán quién será el sucesor de Larijani”.

Hamidreza Azizi, otro reputado experto de la política iraní contemporánea, dibuja un diagnóstico complementario. Si se confirma su muerte, “sería una pérdida significativa para la República Islámica”. Larijani, resume, era “un verdadero insider que pasó décadas en el centro del poder y que entendía cómo funciona realmente el sistema”. En un contexto de guerra, su papel iba más allá del campo militar. “Más allá de la campaña militar, alguien tiene que dar forma al mensaje, enviar señales de intención y comunicarse con actores externos. Larijani era una figura capaz de hacerlo mientras seguía siendo plenamente fiable para el sistema”.

Ese es probablemente el vacío más delicado: Irán no pierde solo a un dirigente, pierde a un intermediario entre niveles de poder. “Su muerte no paralizaría la estructura de toma de decisiones, porque el sistema está diseñado para absorber este tipo de pérdidas, pero elimina a una de las personas que conectaban las dimensiones política, diplomática y de seguridad de la estrategia”, explica Azizi. “En tiempos de guerra, ese tipo de coordinación resulta especialmente valiosa”.

Larijani era uno de los pocos que podía moverse entre las distintas corrientes internas del sistema

Azizi advierte además de un efecto más profundo y menos inmediato. “Larijani era uno de los pocos que podía moverse entre las distintas corrientes internas del sistema. Su pérdida puede ir estrechando el círculo de gestores políticos experimentados y desplazar aún más la influencia hacia actores más militares”. En términos operativos, el impacto inmediato puede ser limitado, pero políticamente el golpe es más relevante. “Puede endurecer las posturas dentro de Teherán y reforzar la narrativa de que la guerra es una lucha existencial dirigida a eliminar a toda la cúpula del régimen”.

También tiene implicaciones a medio plazo. “Larijani era uno de esos insiders que podrían desempeñar un papel en un eventual arreglo político. Perder figuras así dificulta la gestión de una salida negociada o el diseño del final de la guerra”. Su conclusión es clara: “Perder a personas como él hace al sistema más rígido, más securitario y, en última instancia, menos flexible tanto para combatir como para terminar el conflicto”.

¿Una Delcy Rodríguez iraní?

La tesis la comparte Vali Nasr, uno de los principales expertos en Irán. Su diagnóstico es aún más contundente. “El sustituto de Larijani será nombrado por la Guardia Revolucionaria. Con cada asesinato, Estados Unidos e Israel están impulsando una mayor radicalización del liderazgo iraní”. A su juicio, el resultado no será el colapso del régimen sino su endurecimiento progresivo. “Esto dibuja un futuro sombrío para Irán, para los iraníes y para la región, y hace mucho más difícil que Estados Unidos logre desvincularse de un conflicto interminable”.

Ali Larijani en una imagen de archivo.

Con cada asesinato, Estados Unidos e Israel están impulsando una mayor radicalización del liderazgo iraní

Durante años Larijani fue considerado un conservador pragmático, capaz de dialogar con Occidente sin dejar de ser un hombre del régimen. Pero esa imagen convivía con otra mucho más dura. En los últimos tiempos estuvo vinculado a la represión interna y al endurecimiento del discurso frente a Estados Unidos e Israel.

La periodista Christiane Amanpour reveló este martes que, según una fuente familiarizada con discusiones privadas, Larijani había sido considerado por Washington y Tel Aviv como el candidato de transición preferido en septiembre de 2025 -una suerte de Delcy Rodriguez iraní-, pero se convirtió en objetivo a comienzos de 2026 cuando asumió un papel central en la represión de protestas, endureció su retórica contra ambos países y pasó a desempeñar un rol clave en la estrategia militar de la Guardia Revolucionaria, especialmente frente a las monarquías del Golfo.

Su eliminación no solo golpea la estructura interna del régimen, sino que también reduce las opciones de una salida política y de unas negociaciones que ambas partes en liza han torpedeado y rechazado desde el inicio de las hostilidades. Cuanto más desaparecen las figuras capaces de combinar negociación y control interno, más difícil resulta imaginar quién podrá articular un eventual proceso de desescalada. El asesinato de Larijani, si se confirma, refuerza además la narrativa dominante en Teherán: que la guerra no busca modificar el comportamiento del régimen, sino eliminar a toda su cúpula. Y que la lucha existencial carece de líneas rojas. En un tuit publicado un día antes de su muerte, Larijani celebraba el martirio: "El Imam Hussein, la paz sea con él, dijo: 'Considero la muerte como pura felicidad, y la vida con los opresores como pura miseria'".