Existen pocas miradas más lúcidas sobre la evolución del régimen sandinista en Nicaragua que la de Sergio Ramírez. Actor central en la revolución que llevó a Daniel Ortega al poder, el suyo fue un viaje desde la dirección del partido hacia el exilio, despojado de su nacionalidad por los que fueron sus compañeros. Ahora, contempla desde España la deriva de su país con "tristeza, desolación y frustración".
Los días en la primera línea política del que fue vicepresidente de Daniel Ortega durante su primer mandato (1985-1990), tras el triunfo de la revolución que depuso al dictador Anastasio Somoza, quedaron atrás hace tiempo. En la actualidad, dedica el tiempo a su actividad como escritor y columnista.
Como único autor centroamericano en ganar el Premio Cervantes, el Pleno de la Real Academia Española ha proclamado ahora su candidatura a la silla L, que ocupó hasta su fallecimiento Mario Vargas Llosa. Un reconocimiento que se suma a su reciente galardón del Ortega y Gasset, por el que se muestra sorprendido.
"Nunca he puesto el oficio del periodismo a la par que el de escritor", señala en conversación con El Independiente en su domicilio. Fundador de numerosas cabeceras en su país natal, la más duradera fue un semanario que vio la luz durante el mandato de Violeta Chamorro, con el que quiso contribuir a la democracia "dando voz a todo el mundo". Después, se ha dedicado a labor como columnista, que es -a su sentir- la que lo ha consagrado en el periodismo.
Una defensa de la democracia que le costó el exilio
Nacionalizado español, reside en nuestro país desde hace cinco años, cuando el Gobierno nicaragüense emitió una orden de detención contra él. Fue el resultado de años de tensiones con las posiciones del sandinismo, del que se fue alejando bajo la convicción de que la democracia "era el único camino" para recuperar el poder. "El frente sandinista tenía de regresar al poder conquistando los votos que había perdido", señala.
Sin embargo, Ortega cayó en "el eterno juego político de regresar al poder a cualquier coste". Su pacto con el "caudillo corrupto" entonces presidente de Nicaragua, Arnoldo Alemán, se tradujo en una reforma de la Constitución que le permitió volver al Gobierno con un umbral de votos menor, recuerda Ramírez.
Ahora, no queda más que "una nueva dictadura familiar", encabezada por Daniel Ortega y su esposa, Rosario Murillo. Confiesa que siempre ha querida separar el actual régimen de la revolución en la que participó, pero ahora es consciente de que "realmente no puede hacerse".
La cosa más horrible que pudiera haber pasado es que yo me hubiera quedado en ese barco
Sus críticas contra el devenir de la revolución sandinista nacen de la claridad de quien asume la responsabilidad ante sus decisiones. Sobre si siente remordimientos por su participación, cree que entonces tendría que arrepentirse de toda su vida. "La dificultad está en revisar el pasado cuando uno es viejo", aclara.
Aun así, pese a la relación de cercanía que lo unió a Ortega, su ruptura con él es total: "La cosa más horrible que pudiera haber pasado es que yo me hubiera quedado en ese barco".
La receta de Trump no es una solución para Nicaragua
En Nicaragua no ha quedado nada del proyecto de justicia social y distribución de la riqueza que el escritor tenía para su país. Pero eso no significa que Ramírez quiera el fin de la dictadura de Ortega a cualquier precio.
Preguntado por la posibilidad de una intervención estadounidense al estilo de Venezuela, se muestra tajante: "Yo no comparto de ninguna manera las posiciones de de la Administración Trump contra dictaduras como las de Cuba, Venezuela o Nicaragua.
Ya se debería haber reconocido a Edmundo González como presidente legítimo o haber llamado a unas elecciones
A su entender, la Casa Blanca a establecido un "protectorado" en Venezuela, sacando a Nicolás Maduro y colocando a Delcy Rodríguez como "ejecutora de la voluntad del Gobierno de EEUU", que ahora administra la economía de este país, denuncia. Por ello, si ese es el modelo que se busca establecer en Cuba o Nicaragua, él no es favorable a una solución de este tipo.
Considera que la situación en Venezuela ha empeorado. "Ya se debería haber reconocido a Edmundo González como presidente legítimo o haber llamado a unas elecciones que seguramente ganaría María Corina Machado", asegura. Sin embargo, la oportunidad de llevar la democracia al país "se está alejando".
Para él, la oposición venezolana todavía confía en que EEUU va a permitir que se hagan elecciones libres, pero a Donald Trump sólo le preocupa la estabilidad de Venezuela "para la extracción segura del petróleo". Sin embargo, Ramírez está convencido de que un Gobierno legítimamente electo "traería la estabilidad a Venezuela".
Nicaragua, olvidada por el mundo
Como periodista, lamenta el "considerable" olvido de Nicaragua que hay en los medios de comunicación. En su agradecimiento por el Premio Ortega y Gasset, quiso acordarse de los trescientos reporteros nicaragüenses que, como él, están en el exilio: "Fueron empujados a salir del país, amenazados, vieron sus medios de comunicación cerrados".
Muchos de ellos son periodistas jóvenes, que informen desde el exterior porque "el periodismo está en ruinas dentro del país", denuncia. Reciben ayuda de las redes de reporteros anónimos que operan desde Nicaragua. Una tarea "complicada", especialmente por el uso que hace el sandinismo del exilio como "estrategia de castigo".
Buscan crearte una sensación de vacío, desolación y alejamiento
Al igual que a él, el Gobierno de Daniel Ortega ha retirado la nacionalidad nicaragüense a decenas de críticos con el régimen. "Buscan crearte una sensación de vacío, desolación y alejamiento", detalla. Además, los trámites migratorios o buscar trabajo se vuelven difíciles sin pasaporte.
En su caso, es consciente de que no ha soportado las "penurias" que sí han atravesado muchos de los 80.000 nicaragüenses que viven en España. Ramírez tenía la nacionalidad española y, además, recibió mucho apoyo y reconocimiento cuando fijó su residencia en nuestro país.
Aun así, ha encontrado sus propias dificultades como escritor: "Tengo que depender de la memoria para volver a a mi propia realidad que se ha quedado congelada, que es la de Nicaragua". Otra de sus obsesiones es no olvidar los matices del lenguaje que aprendió de niño en su país natal.
Todo ello para seguir "abriendo conciencias" a través de la literatura, un arte al que no ve capaz de poner fin a la dictadura, pero sí de hablar de grandes temas sociales y políticos, conectando a la población con la realidad a través de la imaginación. "Eso ayuda muchísimo a crear la conciencia del cambio", concluye.
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