La dimisión de Pedro Sánchez se ha producido tras una dura pugna interna, que ha abierto un cisma en el PSOE que será muy difícil de cerrar. El líder socialista comenzó a perder su particular batalla hace cinco días y su verdugo ha sido precisamente el hombre que frenó, en el mes de diciembre, la ofensiva de Susana Díaz para derribarle tras la derrota electoral del 20 de diciembre. Fue Felipe González quien evitó la asonada de la presidenta andaluza. Pero esta vez las cosas han sido diferentes. Para explicar la caída de Sánchez hay que analizar por qué engañó a González.

Días después de las elecciones del 26-J, en las que el PP revalidó su mayoría y logró 137 escaños, mientras que el PSOE perdió cinco diputados respecto a los comicios de diciembre, cayendo a 85 asientos en el Congreso, el nivel más bajo desde la muerte de Franco, Pedro Sánchez se reunió con González para comunicarle una decisión importante que él ya había debatido con su círculo íntimo. La propuesta consistía en aceptar un gobierno del PP en minoría, siempre y cuando Mariano Rajoy lograra el apoyo de Ciudadanos, lo que le daría 169 votos en la cámara baja.

Al ex presidente del gobierno le pareció sensata la propuesta, toda vez que se hacía muy difícil buscar una alternativa a un gobierno de centro derecha. Sobre todo, teniendo en cuenta las limitaciones impuestas por el Comité Federal del 28 de diciembre para conformar una alternativa de izquierdas.

González recurrió al periódico El País para lanzar la idea y allanarle el camino a Sánchez. El pasado 7 de julio, el ex presidente publicó un largo artículo bajo el título ¿Investidura cuanto antes?. En él pedía abiertamente que el PSOE ocupara «su sitio en una oposición responsable» y dejara gobernar a Rajoy si Albert Rivera sumaba sus 32 escaños a los 137 de los populares. «Si (los socialistas) no pueden formar gobierno, tampoco pueden obstaculizar que este gobierno se forme», concluía.

En estas condiciones, el PSOE no puede afrontar unas elecciones en el plazo de dos meses y medio

Sin citarla, ésa era la conversación a la que se refirió González en su entrevista en la Cadena Ser, en la que afirmó sentirse «engañado» por el secretario general. El ex presidente no mintió. La prueba no es sólo que Sánchez no le dejara en entredicho nada más concluir sus declaraciones, sino que el propio líder del PSOE se encargó de hacer llegar la tesis de apoyo (mediante la abstención) a un gobierno de centro derecha incluso al mismísimo palacio de La Moncloa. Un miembro de la dirección socialista le transmitió ese mensaje al director del Gabinete de Presidencia, Jorge Moragas, que, inmediatamente, se lo contó a Rajoy.

Por su parte, el portavoz del Grupo Socialista en el Senado, Óscar López, miembro de ese círculo íntimo que apoya y asesora al líder del PSOE, le hizo llegar ese mismo mensaje a diversos dirigentes socialistas y a no pocos periodistas.

A mediados del mes de julio, por tanto, para Ferraz, el «no es no» se había convertido en un «de entrada no». Algo parecido a lo que ocurrió cuando la integración de España en la OTAN. Y, sin embargo, en aquella ocasión, a pesar del ruido, no pasó nada. Tras el referéndum, en junio de 1986 el PSOE volvió a ganar por mayoría absoluta.

Pero, a la vuelta de las vacaciones, el «no es no» volvió a convertirse en el grito de guerra de la dirección socialista. Naturalmente, uno puede cambiar de opinión. Es legítimo y, a veces, incluso saludable. Lo importante en este caso es saber el porqué. En definitiva: ¿qué es lo que llevó a Sánchez a engañar a González, a Rajoy y tanta otra gente?

Tras consultar diversas fuentes internas y externas al Partido Socialista, mis conclusiones son éstas:

    1. Sánchez se dio cuenta de que el «no es no» había calado en la militancia socialista y que cualquier cosa que supusiera propiciar un gobierno de Rajoy provocaba un rechazo mayoritario. Es decir, que esa postura inflexible era lo que le había proporcionado mayor popularidad desde que ganó las primarias hace dos años. Renunciar a esa posición era tanto como dilapidar su mayor activo.
    2. El Comité Federal socialista había decidido aplazar el Congreso hasta después de la conformación de un nuevo gobierno. El secretario general era consciente de que, si daba luz verde con la abstención a un gobierno presidido por Rajoy, ése iba a ser el argumento de mayor peso que sus posibles oponentes (Susana Díaz) utilizarían para derrotarle en las primarias.
    3. Durante el verano se intensificaron los contactos entre la dirección de Ferraz y el sector errejonista de Podemos. El propio Íñigo Errejón le hizo saber a Sánchez que él era partidario de apoyar un Ejecutvo socialista en minoría, sin condiciones previas. Por su parte, los independentistas, tanto el PNV como los ex convergentes catalanes, le dijeron al secretario general socialista que apoyarían un gobierno de cambio. Bastaría con que ERC se abstuviera para dar la mayoría a lo que Alfredo Pérez Rubalcaba llamó un «Gobierno Frankenstein».

La oposición a Sánchez, conocedora de que esta posibilidad estaba siendo barajada muy en serio por Ferraz, se conjuró contra su líder, entendiendo que, de concretarse, significaría la desaparición del PSOE a medio plazo, absorbido por Podemos. Todos los poderes fácticos del país -políticos y financieros- se aliaron para derrocarle.

Los malos resultados del PSOE en las elecciones gallegas y vascas encendieron las luces de alarma y se convirtieron en la excusa que las distintas familias necesitaban para justificar ante la opinión pública y ante los militantes un golpe de mano como el que se ha producido durante esta semana.

El ganador de esta semana negra para el socialismo no es Susana Díaz, ni González, sino Rajoy

El lamentable espectáculo en el Comité Federal ha hecho infinitamente más daño al PSOE que el escándalo de los ERE o los recortes aprobados por Rodríguez Zapatero en mayo de 2010. Ni los más finos estrategas de Podemos o del PP hubieran podido planificar un golpe maestro de efecto tan demoledor.

En estas condiciones, el PSOE no puede afrontar unas elecciones en el plazo de dos meses y medio. A todos nos viene a la memoria lo sucedido con la UCD.

Ya dijimos en las páginas de elindependiente.com que la estabilidad política de España está ligada en gran medida a la solidez del Partido Socialista. Como dijo el ministro de Economía, Luis de Guindos, en su entrevista a Victoria Prego: «A nadie le interesa la división del PSOE«. A nadie menos a los que quieren comerse su base electoral.

Sánchez ha perdido la batalla, pero el PSOE se ha dejado jirones de credibilidad en la refriega. El ganador de esta semana negra para el socialismo no es Susana Díaz, ni González, ni ningún otro socialista. No, el ganador real se llama Mariano Rajoy.