Pablo Iglesias se ha autoerigido en líder de la oposición. Cree que la crisis del PSOE, la «rendición», en forma de abstención, ante los intereses de la derecha, le deja el camino abierto a Podemos para proclamar el sorpasso político y el liderazgo en la izquierda en la legislatura que se avecina.

Recuperando un lenguaje duro, destinado a provocar el «miedo» de los poderosos, volviendo a las esencias del 15-M, Iglesias piensa que Podemos puede atraer para sí a los votantes desencantados del PSOE y lograr auparse como alternativa real de poder en las próximas elecciones.

El líder de Podemos ha querido, además, dar un ejemplo de unidad, de cohesión, en contraposición a la imagen de «descomposición» que ofreció el Partido Socialista en el Comité Federal del pasado 1 de octubre. Y lo hizo de un modo rotundo, aunque nada original: sólo él tuvo voz, al menos de puertas afuera, en un Comité Ciudadano al que se dio el carácter de «histórico».

Pero él sabe, como en Podemos saben, como todos sabemos, que esa unidad de criterio es falsa. Si Íñigo Errejón ha decidido permanecer en silencio ha sido por razones puramente tácticas. Porque sabe, como Iglesias, que a ninguno de los dos les interesa sacar a relucir sus profundas diferencias ideológicas, en un momento en el que ambos tratan de recoger lo que se pueda del desmoronamiento socialista.

Con su vuelta a los orígenes, Iglesias solo pretende agrupar a las facciones de Podemos para dejar en minoría a Errejón

La decisión del secretario general de Podemos de resituar al partido en el «populismo de izquierdas», aliándose con los dirigentes de Izquierda Unida y de Izquierda Anticapitalista, tiene más que ver con la pugna interna de poder que con un cambio de rumbo estratégico. Errejón había ido tejiendo una red de complicidades amplia en el partido que amenazaba su posición. Las diferencias entre ambos afloraron precisamente ante la decisión de qué hacer respecto al PSOE. Mientras que Iglesias era partidario de una política de blitzkrieg, un ataque relámpago que situara a los socialistas a la defensiva (fruto de ello fue la rueda de prensa en la que se ofreció como vicepresidente de un gobierno presidido por Pedro Sánchez), Errejón es más partidario del aggiornamiento, que implica parecerse más al PSOE pero con el mismo objetivo: absorber al PSOE.

Por el momento, el vencedor es Iglesias. Como en todos los partidos, los dirigentes, los militantes, son más radicales que los votantes y a muchos de ellos les suena bien el lenguaje de las «catapultas que derriban muros» (Monedero dixit). Pero, ¿es tan ingenuo, o está tan equivocado Iglesias como para pensar que los cinco millones de personas que apoyaron a Podemos pueden convertirse en ocho o nueve millones con un programa, con un lenguaje, con unas prácticas, que recuerdan al viejo Partido Comunista, con unos toques de chavismo? No lo creo. Iglesias es mucho más inteligente. Su giro hacia los orígenes podemitas sólo tiene por objeto agrupar a las distintas facciones de Podemos para dejar en minoría a Errejón.

Si lo logra, después ya se verá. El Iglesias que ahora se niega a ir a la recepción en el Palacio Real el día 12 de octubre o rechaza asistir a la entrega de los premios Princesa de Asturias es el mismo que hace poco más de un año se acercó arrobado con una sonrisa al Monarca para regalarle una copia de Juego de Tronos.

En una ocasión, Iglesias me dijo: «No creo en la pureza ideológica. Quien quiera ser puro ideológicamente que no haga política». ¿Se puede ser más sincero?

Saint-Just decía que «no se puede reinar siendo inocente». E Iglesias no lo es. Ha disfrazado su batalla interna dentro de Podemos bajo el manto del radicalismo. Una jugada propia de un tahúr. Podemos, al menos momentáneamente, ha logrado el sorpasso  político. Lo que es dudoso es que con sus anticuadas recetas pueda llegar a ser alternativa de poder en España. Claro que si el PSOE sigue mucho tiempo en la UVI, tampoco habría que descartarlo.