El Palacio Real se convirtió por unas horas en un foro de discusión política. No había corrillos, como en otras ocasiones. Todo el Palacio era un corrillo. ¿De qué hablaban políticos, magistrados, empresarios, militares, altos funcionarios y periodistas? A pesar de que la declaración de Francisco Correa puede provocar un terremoto de magnitud 7 en la escala de Richter en Génova 13, pese a que Rodrigo Rato ha quedado a los pies de los caballos tras el testimonio de su número dos, Francisco Verdú, nadie hablaba de Gürtel o de las tarjetas black. Y ésa es la prueba más evidente de que esos asuntos, que en otros tiempos hubieran provocado una desazón insoportable tanto en el Gobierno como en el PP, ya se dan por amortizados. Al menos, para el stablishment.

El poder, las personas que lo detentan, está en otra cosa. Cuando el Rey fijó la fecha para establecer conversaciones con los líderes de los grupos políticos todos asumieron que habrá investidura, que el peligro de nuevas elecciones queda ya tan lejano como el huracán Matthew.

Aún con todo, Rajoy pide prudencia a todo el que se le acerca. «Necesitamos la ayuda de todos», reclama. Javier Fernández, el presidente de la gestora que debe llevar a cabo la labor titánica de convencer a dirigentes y militantes del PSOE de que es bueno para el país y para el partido abstenerse en la investidura, se fue pronto del Palacio. Demasiadas preguntas a las que no podía dar respuesta.

Sí. Ese era el asunto del que hablaba todo el mundo. ¿Qué va a pasar en el PSOE? ¿Resistirá su viejo casco el viraje de 180 grados que pretende llevar a cabo su capitán en funciones? Mientras el presidente de Castilla-La Mancha, Emiliano García-Page, daba por hecha la victoria de la abstención en el Comité Federal del próximo 23 de octubre e insinuaba malas noticias para Pedro Sánchez, el alcalde de Valladolid, Óscar Puente, hacía proselitismo de la posición contraria a Rajoy: «El no tiene que seguir siendo no«. Tampoco se recató en su batalla contra la nueva dirigencia socialista la presidenta balear, Francina Armengol, que se muestra tan activa en las redes sociales como en los salones reales.

El PSOE está abierto en canal y eso es lo que preocupa a nuestra clase política, a la casta, que diría un Pablo Iglesias que ayer hizo militancia antisistema rechazando la invitación a la recepción real. Las dudas sobre el partido que durante más tiempo ha gobernado España tras la muerte de Franco no se quedan sólo en el resultado de la votación en el Comité Federal, ni tan siquiera en el número de diputados que votará NO a la investidura de Rajoy (se baraja un número cercano a 20), sino en algo de mucho mayor alcance: ¿Existe riesgo de ruptura en el PSOE? ¿Es realmente Susana Díaz la líder que necesita ahora el partido?

Ella lo cree. El poderoso PSOE de Andalucía lo cree. Incluso Javier Fernández lo cree. Pero muchos de sus compañeros –pedristas y no pedristas– piensan que con Díaz el partido nunca podrá ganar unas elecciones porque la presidenta de la Junta de Andalucía pierde todo su encanto al atravesar Despeñaperros.

La salida que ha encontrado el partido a la crisis ha sido mirar atrás. La alianza Díaz-Rubalcaba-Prisa ha funcionado como una máquina implacable, pero ¿es ése el futuro? ¿Cuántos jóvenes están dispuestos a votar a un PSOE liderado por Díaz? ¿Es la persona adecuada para buscar consensos internos?

Esa es la gran pregunta que atormenta al socialismo español. La fórmula que se busque para llevar a cabo la investidura (la abstención de todos, menos los rebeldes; la ausencia de 11 diputados en segunda votación, tras haber rechazado los 85 parlamentarios a Rajoy en primera votación) es lo de menos, el resultado será el mismo. Habrá un Gobierno del PP gracias a los votos de los socialistas. Y lo peor de todo es que esa opción se llevará a cabo sin convicción, tan sólo para evitar el mal mayor de unas nuevas elecciones.

La otra duda es qué hará Pedro Sánchez.  El bando del no anda huérfano de liderazgo. Si Sánchez no da el paso para abanderar a los que ahora se niegan a aceptar la doctrina de la gestora, en unos meses ya nadie se acordará de él, y sus huestes se habrán disuelto.

En fin. Aunque un buen analista catalán prevé que, en unos meses, la política española volverá a ser aburrida, yo creo que vamos a vivir momentos intensos. Tal vez demasiado intensos.