Sin pretender hacer spoiler de la enorme película de Juan Antonio Bayona, un monstruo podrá ser bueno o malo pero, de entrada, el susto seguro que te lo pega. Y algún monstruo puede ayudarte, como en la película, a afrontar el más profundo de tus miedos. En este caso, el monstruo de la Troika puede que nos pegue un susto inicial, pero de lo que no hay duda es que, en cuanto se forme gobierno, nos obligará a afrontar el ya recurrente problema de nuestro déficit fiscal, el más profundo de nuestros miedos. En 2010, en pleno apogeo de la crisis financiera global, 23 de los entonces 27 miembros de la Unión Europea se encontraban bajo el “procedimiento de déficit excesivo” (PDE). Todos esos países se comprometieron a unos objetivos fiscales a varios años vista hasta conseguir volver a situar su déficit público por debajo del 3%, el límite fijado por el Tratado de Maastricht.

A medida que los países iban saliendo de la crisis, los países fueron cumpliendo estas metas fiscales y abandonaron la lista negra del PDE. En 2016 han salido países muy relevantes, como Bélgica, Italia y Finlandia, y sólo han quedado seis países en el club de los incumplidores: dos de los cinco países “rescatados”: Grecia y Portugal (Eslovenia, Irlanda y Chipre cerraron su expediente PDE en junio de este año), Croacia (que apenas lo tiene abierto desde 2014), el Reino Unido (que ha decidido abandonar la Unión Europea), y Francia y España, que tienen el procedimiento en marcha desde 2009. Francia, que tuvo un déficit del 3,5% en 2015, se espera que alcance el 3,3% este año 2016 y que el año que viene lo sitúe por debajo del 3%, abandonando la lista del déficit excesivo. Por tanto, ese club está lamentablemente, liderado por España. En el gráfico presento, utilizando datos de la Comisión Europea, los datos cruzados de crecimiento del PIB (eje horizontal) y déficit público (eje vertical) para todos los países europeos en 2015, el último año estadísticamente cerrado. Como es lógico, los países con un mayor crecimiento económico tienen un menor déficit público, tal y como señala la línea de tendencia decreciente. Y ello es así porque, a medida que se recupera el crecimiento del PIB, se reducen algunos gastos, como el volumen de prestaciones por desempleo, y aumentan los ingresos, pues se recauda más por la mayor renta, el mayor consumo y el mayor empleo. Es lo que se conoce como el “ajuste cíclico” del déficit, que también depende de otras variables, como el crecimiento potencial o la estructura de gastos e ingresos.

En cualquier caso, países como Polonia, Bulgaria, Rumania o Eslovaquia, con un crecimiento del PIB similar al nuestro, entre el 3% y el 4%, tuvieron un déficit público inferior al 3%. España, por el contario, con un crecimiento del 3,2% del PIB, cerró 2015 con un déficit del 5,1%. Y países con crecimientos superiores al 4% (ah, ¿pero no éramos los que más crecíamos?), como Suecia, Luxemburgo o la República Checa, tienen un déficit cero o incluso un superávit fiscal. Y muchos países, con crecimientos inferiores al de España, presentan unas cuentas públicas más saneadas. De hecho, tal como recoge el gráfico, España es el país que más se aleja de esta tendencia que relaciona déficit público y crecimiento del PIB. De hecho, no hay ningún otro país con mayor déficit público que el español excepto Grecia, cuya economía tuvo un crecimiento negativo en 2015.

El problema de este gráfico, y de lo que lleva consigo, es que no sólo ocurre en un año puntual, como fue 2015. Desde que gobierna Rajoy, España ha incumplido sus objetivos de déficit en todos y cada uno de esos ejercicios. En el período 2009-2013 la desviación se pasó por alto porque nuestro crecimiento era negativo y difícilmente podíamos (ni debíamos) mejorar nuestras cuentas públicas en esas circunstancias tan terribles. Así, la Troika, tras los errores de 2010-2012, ha sido sistemáticamente generosa con España. En 2013, tras el rescate financiero, nos impuso una senda que debería alcanzar el 2,8% en 2016, este mismo año. Pero ese objetivo se ha ido revisando varias veces y finalmente este año cumpliremos, aunque por los pelos, un objetivo fiscal del 4,6%, y todo ello gracias a que la economía ha ido mejor de lo presupuestado y a que el gobierno aprobó el adelantamiento del pago a cuenta del Impuesto de Sociedades, un truco contable que ayudará al cumplimiento de este año, pero que ya no valdrá para facilitar el objetivo del año que viene. Y ese es el problema, 2017.

El adelanto del pago de Sociedades no valdrá para facilitar el objetivo de déficit en 2017

Para 2017, el objetivo pactado es el 3,1%, de forma que se nos vuelve a dar un año más para bajar del 3% en 2018, y probablemente seremos el último país europeo en abandonar el triste club de los incumplidores fiscales. Pese a esta flexibilidad, bajar del 4,6% al 3,1% del PIB no es fácil, pues la diferencia entre ambas cifras es de 1,5% del PIB, es decir, unos 15.000 millones. Ello no quiere decir que se tenga que hacer frente a un ajuste de esa magnitud, bien subiendo los impuestos o recortando el gasto. Una parte del ajuste lo hará la propia marcha de la economía. Es decir, el déficit se ajustará parcialmente sin que el Gobierno haga nada, de nuevo el ajuste cíclico, algo parecido a lo que ha ocurrido este año, en que se habrá reducido en cinco décimas del PIB, gracias fundamentalmente a la marcha de la economía. La medida del Impuesto de Sociedades no es estructural y solo ha servido para compensar la pérdida de ingresos por la rebaja del IRPF iniciada en 2015 por motivos electorales.

Pero para el año que viene supongamos que el ciclo recorta en siete décimas el déficit, desde el 4,6% al 3,9%, lo cual resulta algo optimista, pues el crecimiento del año que viene será menor, según todas las previsiones, en torno al 2,3%, aunque la inflación sea un poco mayor. Incluso con ese “ajuste cíclico” optimista, todavía tendríamos por delante un esfuerzo de 0,8% del PIB, unos 8.000 millones, para cumplir los objetivos pactados con la Comisión Europea a cambio de evitar la sanción prevista por la desviación de los dos últimos años. Va a ser difícil que el nuevo Gobierno, que tendrá una minoría débil en el Parlamento, vaya a conseguir los apoyos políticos para llevar a cabo semejante ajuste. Por ello, la investidura de finales de mes, si es que se produce, no va a conseguir eliminar la incertidumbre política ni el riesgo de nuevas elecciones en 2017. Mientras tanto, el monstruo no se moverá de nuestro lado.


Miguel Sebastián es ex ministro de Industria, Turismo y Comercio, y profesor de Macroeconomía en la Universidad Complutense de Madrid.