Donald Trump es real. Nadie imaginó que llegaría tan lejos. Durante las primarias todos pensaban que en algún momento diría algo tan fuera de lugar que haría que la balanza dejara de serle favorable. Ahora es el candidato republicano a la Casa Blanca en una reñida e inusual campaña electoral.  Encontrar, sin embargo, una única explicación al fenómeno del Trumpismo es una tarea imposible. Son varias las razones y, en ocasiones, hasta desconocidas.

Comencemos por la economía. Los datos macroeconómicos de EEUU reflejan una economía sólida con buenas expectativas. Pero las cifras empeoran cuando se trata del sector industrial y el subempleo. Además, los salarios se han estancado, las condiciones laborales se han deteriorado y la desigualdad se ha acrecentado. Todo ello ha ido generando un pronunciado pesimismo que no es más que un descontento con el presente y una preocupación por el futuro, donde los hijos ya no tendrán las mismas oportunidades que tuvieron los padres. Y en una nación que se enorgullece de la idea de que cada generación lo va a hacer mejor que la anterior se traduce en una pérdida de confianza en el futuro y en una alarma para todo el sistema.

Esta situación no debería haber pillado a nadie por sorpresa pero ha sido Trump – y en su momento también Bernie Sanders–  quien ha sabido aprovechar este caldo de cultivo para generar un movimiento de apoyo a su candidatura, que se opone además a la globalización y al libre comercio.

Este enfado de los norteamericanos se podía haber traducido en una falta de interés por las elecciones. Pero Trump no sólo logró movilizar en las primarias a una amplia base republicana sino que enganchó con su mensaje a un buen número de independientes que históricamente no habrían votado. Les dijo que no tenían que seguir conformándose y les ofreció algo más potente que su adhesión al partido: el empoderamiento. Ha dado voz a esa mayoría silenciosa, principalmente la clase trabajadora blanca sin estudios universitarios, que quiere oír hablar de sus problemas. “En el pasado se utilizaba el término ‘mayoría silenciosa’, esa ‘mayoría silenciosa’, está de vuelta”, dijo Trump.

Ha dado voz a esa mayoría silenciosa, principalmente a la clase trabajadora blanca sin estudios universitarios

La inmigración también ha sido clave en esta carrera, pero no necesariamente como fenómeno económico. Para muchos es un tema de seguridad nacional, como reflejó la draconiana sugerencia de Trump de prohibir a los musulmanes entrar en EEUU. Para otros se trata simplemente de no permitir que algunos violen las leyes mientras otros las acatan y esperan su turno para entrar en el país legalmente. Para un puñado de votantes el sentimiento anti-inmigración es simplemente racista y nativista (en referencia  a las políticas que favorecen a los habitantes locales en oposición a los inmigrantes). Muchos más están incómodos con el rápido cambio cultural en sus varias dimensiones como consecuencia de una creciente población no nativa, y segundas y terceras generaciones de inmigrantes. “Hacer América grande otra vez” refleja claramente un miedo a un declive nacional y no sólo económico, y apunta a una recomposición de la identidad nacional.

La desconfianza en aquellas instituciones que han sido los pilares de la vida de los norteamericanos también ha jugado un papel determinante. Es el enfado con un sistema político que ha sido incapaz de actuar de forma eficaz cuando se le ha necesitado, con unos políticos que desde Washington miran más por el interés del partido que por desarrollar la labor que tienen encomendada. Trump proclama el outsiderism, que implica además desconfiar de los grandes bancos e instituciones financieras y de los medios de comunicación. En 2015 el porcentaje de norteamericanos que no confiaban en estos últimos era del 40%, y el número ha ido creciendo hasta hoy. Trump nunca se ha quedado corto en sus desprecios hacia la prensa a la que acusa de desinformar: «Son la gente más deshonesta que conozco, me repugnan”.

Por último, hay que sumar la ansiedad de los votantes ante un mundo en el que las nuevas amenazas a la seguridad y bienestar de EEUU proliferan. La sensación y, cada vez más, la certidumbre de que EEUU es menos importante y poderoso globalmente que hace 10 años, que incluso se le respeta menos, pesa también en el ánimo de los norteamericanos. Y si bien éstos quieren centrar la gran parte de sus esfuerzos en los problemas domésticos, al mismo tiempo anhelan un líder fuerte que no se deje amilanar por China y el autodenominado Estado Islámico, y que pida cuentas a los aliados, y así se ha mostrado el candidato republicano.

El ascenso de Trump ha dejado obsoleta todo tipo de predicción política y posible calificación ideológica sobre sus votantes. Por eso él se presenta como un unificador, haciendo gala de una amplia diversidad de seguidores que va algo más allá de la clase media blanca con bajo nivel educativo. Muchos norteamericanos moderados de repente esperan que haya una pequeña sacudida en el país, una revolución que no sabían que querían hasta que Trump apareció en sus vidas. Por eso su candidatura está mostrando a unos norteamericanos más radicales de lo que cualquiera podía haber imaginado.

Marco Rubio fue profético en su última noche en la loca competición de las primarias: “La política del resentimiento nos deja un partido fracturado pero puede dejar una fractura en la nación”. Un país muy polarizado, eso es lo que nos ha mostrado y alentado Trump.


*Carlota García Encina es investigadora del Real Instituto Elcano.