La crónica a la que acompaña este artículo fotografía con una precisión desalentadora el radical divorcio, que nunca antes se había producido en estos términos, entre las bases del Partido Socialista y sus mandos, tanto los mandos intermedios como los de la alta dirección. Y éste es el problema esencial del PSOE a día de hoy. Aquí hay dos partidos, uno situado en posiciones más radicales y frontalmente opuestas a permitir que haya un gobierno del PP y otro, que sabe que esa posición arrastraría al partido al fondo del barranco, de dónde es sabido que es casi imposible salir.

Hay que saber qué ha sucedido para que tal discrepancia llegue tan hondo. Para empezar, los militantes    -que antes se llamaban afiliados- han asumido un mensaje extraordinariamente simple y que se imbrica mucho más en el ánimo que en la cabeza. Dicho de otro modo, un mensaje que apela más a las tripas que a la razón. Siempre han dado resultado este tipo de consignas, capaces de convocar a grandes cantidades de individuos en torno a una idea que admite pocas matizaciones o más bien ninguna. Los intervinientes en la agrupación socialista de Alcorcón lo formulaban con una precisión que tiene algo de cruel por lo evidente: «Quiero elecciones. Si sacamos 10 diputados, pues 10. Por lo menos no nos bajamos los pantalones». No fue la única de las declaraciones de este tenor sino una de las muchas que expresaron ese sentimiento. Porque de eso se trata: de un sentimiento que ha prendido en la tripas de las bases. Es muy fácil hacer esa siembra y que la siembra fructifique con rapidez. Pero es muy difícil arrancarla de raíz. Y el sentimiento, insertado con un aplicación digna de mejores causas por José Luis Rodríguez Zapatero con la ayuda inestimable de Pasqual Maragall y su  Pacto del Tinell, es el que se formula así: el PP es la derecha más oscura, siniestra, insolidaria, ladrona y rechazable de todas las derechas que existen dentro de la Unión Europea. Por lo tanto, la izquierda, que es decente, luminosa, honrada y merecedora de todos los respetos y todos los apoyos, está en su derecho de promover la extensión de un cordón sanitario en torno a ese partido que encarna todos los vicios que hay que erradicar de la sociedad española.

Ese planteamiento fue asumido con devoción por un Pedro Sánchez que añadió ante los militantes un ingrediente que Zapatero no tuvo la necesidad de asumir: su obstinada negativa a proporcionar a semejante partido la más mínima opción de aspirar a formar gobierno. Eso aderezó con eficacia el sentimiento sembrado por Zapatero. Poco importaba a la militancia a esas alturas que ese partido denostado por el PSOE  fuera el más votado por los españoles. Y lo fuera una y otra vez, mientras su propia formación se desangraba a chorros en cada convocatoria electoral. Ya no estábamos en eso. Ya estábamos en la posición de resistencia de los últimos de Filipinas. Para quien no lo sepa: así se llamó a una cincuentena de soldados españoles que, en 1898-99 cuando la guerra entre Estados Unidos y España había ya terminado con la cesión por parte española de la soberanía de Filipinas a EEUU, resistieron 337 días, negándose a rendirse porque no quisieron creer a quienes intentaban convencerles de un hecho palmario: que la guerra había terminado y que España había perdido.

Los últimos de Filipinas, que fueron recibidos como héroes, habrían aplaudido una de las frases que se escucharon en la agrupación socialista de Alcorcón: «Prefiero ir a otras elecciones antes que venderme y vender las ideas por las que hemos luchado». Porque es así, en términos de venta de su alma y de traición a sus principios, como las bases socialistas se enfrentan hoy a la vida política española y a los problemas institucionales derivados de la existencia de una mayoría minoritaria en el Parlamento, mayoría que ostenta el Partido Popular, su denostada derecha.

Con un agravante: que a esta inoculación sentimental de la incompatibilidad visceral e insuperable entre los socialistas y los representantes de un partido de centro derecha al que en tiempos de Zapatero se calificaba sistemáticamente como de extrema derecha,  se ha sumado el mensaje de que son las bases las que deben marcar el rumbo de la estrategia política del partido. Y ese mensaje es imbatible: «quiero que me pregunten a mí, yo quiero y puedo decidir».

La democracia representativa ha recibido así un cañonazo del más grueso calibre, disparado por  Pedro Sánchez, quien sabía que la militancia estaba ya madura para respaldar su intento, en mi opinión del todo insensato, de pactar un acuerdo de gobierno con Podemos y los independentistas. Eso sería morir de pie. Pero las bases dicen que lo prefieren.

Ya sabíamos que los responsables de la Gestora tenían por delante una difícil tarea. Revertir la situación les va a ser casi imposible. No hay más que leer la crónica de al lado para constatar hasta qué punto eso es cierto. Y dramático.