La cara del presidente del Gobierno fue un poema durante todo este último tramo de la sesión de investidura. Parejo rostro al de Antonio Hernando. Y cada uno tiene motivos sobrados para mantener el entrecejo muy fruncido, mucho.

La sesión de este sábado, no por prevista dejó de ser dramática. En primer lugar, por la dificilísima situación en la que se encuentra un Partido Socialista que por la mañana había recibido el último empellón a cargo de un Pedro Sánchez que, además de emocionarse por  su inevitable renuncia al escaño -dada su negativa a aceptar la abstención decidida por los nuevos y temporales dirigentes socialistas- se permitió dar por concluido de forma inmediata el mandato de la Gestora y ordenar a sus componentes lo que deben hacer, no sólo con el PSC sino con los diputados rebeldes a la hora de la votación, que al final  han sido muchos menos de los temidos pero que,  en cualquier caso,  son demasiados. Vuelvo al coche, dijo.  Vuelve a la carga, decimos nosotros.

Que Pedro Sánchez va a intentar reagrupar sus fuerzas para recuperar la Secretaría General y una determinada orientación de ese PSOE que ha sufrido fracaso tras fracaso en todas las elecciones recientes, está fuera de toda duda. Y eso les va a complicar extraordinariamente la vida a los miembros del grupo parlamentario socialista, que ya ayer sufrieron lo indecible por verse obligados a cambiar de posición tan drásticamente y en tan poco tiempo y que pueden sufrir una auténtica tortura mientras Sánchez les presiona fieramente desde dentro, al tiempo que toda la izquierda con representación en el Congreso les acusa desde fuera de haberse vendido a las fuerzas de la derecha incurriendo así en una imperdonable traición a su historia. Tan es así que hubo algunos diputados de ERC que, cuando fueron llamados a votar, repitieron el «no es no», marca exclusiva del ex secretario general del PSOE. ERC se alineaba así con ese socialismo de Sánchez que estaba siendo derrotado en ese momento, muy a pesar de muchos de ellos, por los propios socialistas. Un drama. Se palpaba en el aire.

Inaceptable en ese sentido, aunque por desgracia también esperable, fue el ametrallamiento de insultos y ofensas montado desde la tribuna de oradores por el diputado Rufián que, cada vez que habla, degrada la altura de la vida parlamentaria a niveles de subsuelo. No pudo Rufián llegar a más, ni tampoco a menos, en una intervención que estuvo exclusivamente destinada a ultrajar con saña a los diputados socialistas por el puro afán de hacerlo. Un mero exabrupto sucio y estéril. Algo para olvidar.

Por lo demás, Mariano Rajoy habló en esta ocasión con la crudeza que había evitado en su discurso del jueves, quizá porque entonces todavía no estaba todo hecho en lo referente a la abstención, pero esta vez dijo con claridad lo que todos saben pero nadie quiera reconocer: que con la investidura no basta,  que ahora se necesita gobernar y que para eso es menester sumar más apoyos de los que ya tiene. Recado a los socialistas que quedan emplazados así a afrontar las primeras conversaciones con el PP y a beber unas gotas más del amargo trago que ya han empezado a trasegar. Que esto de colaborar a la gobernabilidad del país sea algo natural y asumido en las demás democracias occidentales no le resta ni un ápice de valor al esfuerzo que están haciendo en estos momento los diputados socialistas y al que necesariamente  tendrán que hacer en un futuro inmediato si no quieren que la legislatura muera demasiado prematuramente. Por eso se comprende bien la cara de Antonio Hernando que, cuando se encontró en la mitad del hemiciclo con Mariano Rajoy para felicitarle por su recién estrenado nombramiento, parecía estar dándole el pésame por alguna pérdida irreparable. Las cámaras no registraron la expresión de Rajoy en ese momento, pero con que tuviera la misma que se le vio a lo largo de toda la sesión, estaría a la par de la de su contrincante de los bancos de la izquierda.

Pablo Iglesias se consolida definitivamente como un buen agitador, un buen mitinero, pero un mal parlamentario. Sus discursos siempre sobrevuelan los temas sin llegar nunca a concretar nada que no sean lugares genéricos, frases cinceladas como con la voluntad de durar pero que se evidencian huecas, y un permanente anuncio que, tal y como lo formula, busca tener el aire de una profecía: que llegará el momento en que él y los suyos ganen las elecciones.  Y eso porque España es otra, dice, porque el país ha cambiado y se encamina inexorablemente hacia la victoria de quienes, en su opinión, representan al pueblo soberano. Y cuando habla en esos términos no se refiere a los diputados elegidos para que nos representen sino seguramente a los que se juntan en el exterior del Congreso para llamar sinvergüenzas, mentirosos e hijos de puta a sus señorías. Con eso y con el cerrado aplauso de los representantes de Podemos, y el saludo entrañable del propio Pablo Iglesias, al portavoz de Bildu, que se centró en recordar los crímenes de los GAL  sin hacer la mínima mención a los asesinos de ETA, tenemos completada la descripción de paisaje político que van a ocupar los diputados del partido morado.

El único que volvió a componer un discurso moderadamente optimista y esperanzado, y lo acompañó con su gesto distendido, fue Albert Rivera, que parece estar convencido de que esto promete y que la legislatura puede dar mucho juego si se aborda con el espíritu adecuado. Pero es que ése es el problema: que no se atisba ahora mismo que el espíritu sea el que se necesita para que se cumplan las expectativas de tantos españoles, incluido él mismo. Aunque quizá, alumbrado por la perentoria necesidad de unos y el vértigo al futuro de los otros, se obre el prodigio. Como dirían las abuelas -las de antes, no las de ahora-: que Dios te oiga, hijo.