Los correos electrónicos del servidor privado de Hillary Clinton y los insultos de Donald Trump a mujeres están eclipsando una campaña en la que ha habido poco margen para otros temas. Entre otros, la política exterior. Malas noticias en un momento en el que Estados Unidos y los países aliados se enfrentan a retos de gran envergadura.

Hacia el Este, la Rusia de Vladimir Putin retoma sus sueños imperiales. Hacia el Oeste, más allá del Pacífico, China aspira a convertirse en la gran superpotencia asiática. En Oriente Medio, Irán y Arabia Saudí pelean soterradamente por redefinir su liderazgo regional.

Mientras, Siria se desangra en una guerra que se ha cobrado la vida de más de medio millón de personas y que ha condenado al exilio a más de cinco millones. Y continúan las amenazas del terrorismo islamista y del autodenominado Estado Islámico.

Tras ocho años de política exterior de perfil alto, bajo el mandato de George W. Bush, el presidente Obama ha dado un giro que rompe con la política implementada por demócratas y republicanos desde el final de la I Guerra Mundial. Un replanteamiento que incluso le ha llevado a recuperar las relaciones diplomáticas con Cuba y a lograr un acuerdo nuclear con Irán.

Estas dos cuestiones han tenido lugar después de que Hillary Clinton dejara el Departamento de Estado. Entre 2009 y 2013, ella fue la máxima responsable de ejecutar la estrategia exterior de un Obama que en su primera administración se centró en terminar con la guerra de Irak. Obama y Clinton nunca chocaron públicamente, pero ella mantiene posiciones mucho más contundentes respecto a Siria y el liderazgo que EEUU debe ejercer a nivel internacional.

Clinton es un sello de garantía para lograr un buen equilibrio entre el ‘soft power’ de la diplomacia y el ‘hard power’ del ejército

El próximo martes, América elige entre la experiencia y la torpeza en política exterior. Nunca EEUU ha tenido a un candidato tan preparado como Hillary Clinton. Su exhaustivo conocimiento de asuntos internacionales, y de cuestiones militares, le convierte en sello de garantía para lograr un buen equilibrio entre soft power (diplomacia pública) y hard power (el poder del ejército).

Por el contrario, el candidato republicano ha mostrado un preocupante desconocimiento de política internacional. Hace grandes promesas, sin concretar cómo las logrará. En lo que sí ha sido exhaustivo ha sido en levantar un muro con México (y pretender que lo paguen los mexicanos). También habla de replantear la posición de EEUU respecto a la ONU y la OTAN, y se opone a tratados comerciales como el que Estados Unidos mantiene con Canadá y México. En resumen: aislacionismo y peligrosas ocurrencias.

El 8 de noviembre pocos votarán en función de las propuestas de los candidatos en política internacional. Sin embargo, a todos los estadounidenses y al resto de países aliados les interesa que sea Hillary Clinton quien tome las riendas del país y proponga un liderazgo norteamericano para el siglo XXI basado en la experiencia y la responsabilidad.

*David Iglesias es analista especializado en EEUU de GAD3.