Los políticos toman sus decisiones siempre en clave de poder. Sólo así puede entenderse el nuevo Gobierno, en el que Rajoy ha buscado el equilibrio entre las figuras de mayor peso, con el objetivo de tener la capacidad de inclinar la balanza en las cuestiones esenciales y, al mismo tiempo, para mantener abiertas todas las opciones en una posible y cada vez más lejana sucesión.

¡Quién nos iba a decir, tras las elecciones del 20 de diciembre de 2015, que once meses después Rajoy recuperaría la capacidad para mover las fichas del tablero a su antojo!

Nos olvidamos -él no, eso no lo olvida- de aquellas semanas en las que se le daba por amortizado. Dirigentes de su partido y algunos grandes empresarios lanzaron la idea de promover a Soraya Sáenz de Santamaría como alternativa en la presidencia del gobierno, como medio para alcanzar un acuerdo con Ciudadanos y el PSOE.

Mucha gente pensaba que la continuidad de Rajoy daba a Pedro Sánchez la oportunidad de llegar a la Moncloa

Mucha gente, personas influyentes en la economía y en la política, pensaba entonces, y siguió pensando durante algunos meses después, que la continuidad de Rajoy era un riesgo para la estabilidad, porque daba opciones a que Pedro Sánchez llegara a Moncloa con el apoyo de Podemos y los independentistas.

Si Pablo Iglesias no hubiese actuado con precipitación y arrogancia, si hubiese sido más listo, probablemente esa posibilidad se hubiese concretado. Pero su chulesca rueda de prensa, en la que se postuló como vicepresidente del gobierno -CNI incluido-, arruinó una oportunidad histórica, no sólo para conformar un gobierno de izquierdas, sino para haber provocado en el PP una crisis interna de impredecibles proporciones. En Génova, por aquellas fechas, se afilaban los cuchilllos con la vista puesta en la etapa post-Rajoy.

Sánchez lo intentó con Ciudadanos, pensando que los mismos poderes que habían pronosticado la caída del presidente en funciones le ayudarían a lograr una abstención del PP en su investidura. Por supuesto, esas presiones no dieron resultado y, por otro lado, Podemos tampoco aceptó un tripartito con Albert Rivera, ni mucho menos una abstención que habría convertido a Sánchez en el artífice del «gobierno del cambio». Más que nada, porque Iglesias creía que unas nuevas elecciones le proporcionarían a Podemos el soñado sorpasso.

Pero en junio sólo hubo un claro ganador: Rajoy. Condición que luego revalidó a través de Núñez Feijóo, con un triunfo electoral con mayoría absoluta en Galicia. Ése fue el final de Pedro Sánchez y, al mismo tiempo, la solución para desatascar la investidura y para la formación de un nuevo gobierno.

En política, como en economía, lo importante son las expectativas. Rajoy tiene ahora más poder en el PP que el que tenía en 2011 porque entonces todo el mundo daba por descontado que ganaría por mayoría absoluta, mientras que en esta ocasión ha devuelto el poder a su partido superando todos los escándalos de corrupción, habiendo mejorado la situación económica, aupado sobre las cenizas del PSOE, emergiendo ante la decepción de Ciudadanos y como único baluarte sólido frente al populismo de Podemos. ¿Quién da más?

Al delegar en Sáenz de Santamaría la negociación con Cataluña le ha endilgado nuestro particular Vietnam

Ha sido desde esa posición de comodidad desde la que Rajoy ha diseñado su gobierno. Es verdad que Sáenz de Santamaría sigue teniendo una enorme capacidad de decisión pero, además de haber perdido la capacidad mediática de la portavocía, ahora tiene por delante la tarea más difícil del Gobierno. Al delegar en ella la negociación con Cataluña, el presidente le ha endilgado nuestro particular Vietnam. Si fracasa, si las cosas van a peor, ella será la responsable. Y, si tiene éxito -¡ojalá!-, sus posibilidades como sucesora continuarán mermadas por su escaso peso en el partido, al frente del cual sigue María Dolores de Cospedal.

Con un Congreso a las puertas (probablemente en febrero), ¿se imaginan una pelea interna entre sorayistas y cospedalistas? Rajoy no lo permitirá. Será un Congreso en paz con ligeros retoques cosméticos.

No es que el presidente prefiera a Cospedal sobre Sáenz de Santamaría. Es que sabe que el mejor antídoto contras las aspiraciones de poder de la una es la ambición de la otra. Y viceversa.

Rajoy ha destrozado el llamado G-8, que no era nada más que una tertulia en la que García-Margallo ponía a caldo a la vicepresidenta y, al mismo tiempo, le ha permitido a Sáenz de Santamaría mantener sus peones (Montoro, Báñez, …). Pero Cospedal no sólo asume Defensa y mantiene la dirección del PP, sino que ha logrado colocar a su buen amigo Juan Ignacio Zoido en Interior. Auguro grandes momentos en la pugna CNI/Policía.

A Guindos, el presidente le hubiera ofrecido de buen grado la vicepresidencia económica, pero el ministro de Economía no es miembro del partido y hacerlo hubiera enviado un mensaje descorazonador hacia los que tienen carnet y han sufrido las consecuencias de la militancia.

Algunos explican en la buena suerte o en el puro inmovilismo la capacidad de Rajoy para superar los obstáculos. Es un análisis equivocado. El líder del PP es un político consumado que ha sabido explotar mejor que nadie las debilidades de sus enemigos.

El único perfil político incorporado a su Gobierno, Cospedal, es justamente la persona que compensa el exceso de protagonismo de la vicepresidenta. Rajoy ha conformado un equipo a su gusto y medida. ¿Y la sucesión? Ésa es una cuestión para lo que todavía queda tiempo. Mucho tiempo.