Se estaba poniendo de moda quejarse de la tiranía del lenguaje políticamente correcto. ¿Se acuerdan? Eso de que ya no se podían hacer en alto chistes de negros, de maricas, ni siquiera de mujeres, sin que a uno lo mirasen mal. ¿A qué tanto remilgo en el siglo XXI?

Pues descansen tranquilos todos los hombres blancos heterosexuales que protestaban porque ya no se diga moros a los moros ni gordos a los gordos (y mucho menos a las gordas). Acaba de llegar a la presidencia de EEUU un hombre que nunca ha tenido reparos en mostrarse abiertamente xenófobo y machista. 

Donald Trump es un multimillonario con piel de antisistema que ha logrado ganar las elecciones insultando por igual a cada minoría. En eso sí que no ha discriminado.

Clinton no trató de ilusionar con la idea de hacer historia con la primera presidenta

Hillary Clinton, la gran derrotada, había optado por no jugar la baza del feminismo en una campaña que creía ganada de antemano. No trató de ilusionar al electorado con la idea de hacer historia eligiendo a la primera presidenta.  

Trump, sin embargo, sí ha jugado abiertamente la carta de género. El suyo. El de hombre blanco. El de macho alfa sin complejos.

Quién hubiera imaginado que la primera vez que una mujer competía por la presidencia de Estados Unidos perdería frente a un oponente capaz de presumir sobre el tamaño de su pene en un debate electoral. Y no, no es una metáfora. Lo hizo en las primarias.

Aunque han sido tantos sus despropósitos que cuesta recordarlos todos. Como cuando Trump acusó a una periodista de la CNN de ser agresiva con él por tener la regla; o supimos que se creía con derecho a meter las manos en la entrepierna de las mujeres que se le antojasen; y no vio inconveniente en que llamasen públicamente a su hija “pedazo de culo”.

Frente a ella había un oponente que presumía en los debates del tamaño de su pene

Su descaro no ha sido castigado, sino todo lo contrario. Ha sido interpretado por una intensa oleada de votantes antisistema como un gesto valiente en defensa de la gente corriente, frente a la tiranía políticamente correcta de la élite. Y tiene mérito pasar por uno más teniendo un rascacielos a tu nombre. 

Puede que tuviera razón Trump cuando dijo que “podría disparar a gente en la Quinta Avenida y no perdería votos”. Afortunadamente, por agria que haya sido la campaña, no hemos tenido ocasión de comprobarlo. De que hemos minusvalorado a Trump no queda duda. No hay más que ver las encuestas.

¿No habremos subestimado también el papel que ha jugado el machismo en estas elecciones? No tanto como factor disuasorio para votar a Clinton (a quien no le faltaban argumentos para desencantar), sino como polo de atracción hacia ese aire torrentiano de Trump. 

¿No habremos subestimado el papel que ha jugado el machismo en estas elecciones?

Con la derrota de Clinton se desvanece también el sueño que ni ella misma se atrevió a alimentar. El de que por primera vez en 240 años de historia una mujer ganase la presidencia de EEUU. La primera candidata siguió el recuento de su derrota desde el Jacob Javits Center, el único edificio de Nueva York con el techo de cristal. No pudo romperlo. No pudo ni siquiera salir a dar un discurso reconociendo su derrota. Tal vez no llevara ninguno preparado.

Él sí que apareció para proclamarse victorioso. Al menos esta vez sus palabras fueron moderadas, sin salidas de tono, por momentos incluso conciliador. Con Donald Trump convertido en el hombre más poderoso de la Tierra, vamos a echar de menos cuando lo que nos preocupaba era el lenguaje.