En la tradición americana, los presidentes son hombres comunes pero no corrientes. Es decir, pertenecen al pueblo pero están dotados de cualidades y virtudes extraordinarias. Constituyen lo que Jefferson denominó la aristocracia natural: personas dedicadas al servicio público en pos del bien común, depositarios de la virtud cívica o republicana al asumir su compromiso con el progreso político y moral de la república». Así comienza Javier Redondo, profesor de Ciencia Política de la Universidad Carlos III de Madrid, la introducción de su libro de imprescindible lectura Presidentes de Estados Unidos.

El profesor Redondo estará seguramente tentado hoy de hacer una addenda a su texto para incluir el caso de Donald Trump. El flamante presidente norteamericano ha resultado ser un hombre no común pero demasiado corriente. Un hombre que se distingue de sus demás conciudadanos por ser inmensamente rico, y eso no es lo común ni siquiera en la sociedad estadounidense, pero que se ha dirigido a ellos, y les ha conquistado, con mensajes rebosantes de falsedades y manipulaciones de la realidad y apelando a la rebelión de sus emociones más primarias, cual es, por ejemplo, la recuperación de la América que ya no existe, un país volcado sobre sí mismo que en este momento histórico es imposible reproducir.

La dolorosa verdad es que Trump no tiene ni idea de cómo enfrentarse a la multitud de problemas planteados en el mundo

Trump  ha recurrido a planteamientos muy elementales formulados de manera igualmente simple y ha ofrecido soluciones básicas y lineales para problemas de gran complejidad. Y eso ha valido lo mismo para abordar conflictos como la guerra de Siria o el tratamiento que habría que darle al papel que Irán está jugando en Oriente Medio, que para examinar la existencia en suelo estadounidense de millones de inmigrantes sin legalizar, o para afrontar la amenaza del terrorismo yihadista.

La terrible y dolorosa verdad es que Donald Trump no tiene ni idea de cómo enfrentarse a la multitud de problemas planteados hoy en el mundo y que requieren de la intervención, o de la participación, de los Estados Unidos como el país que es más poderoso del planeta. Ésa es una evidencia que se ha puesto obscenamente de manifiesto a lo largo de toda la campaña electoral y aún mucho antes de que comenzara ésta. Pero Trump ha resuelto cada obstáculo que se alzaba frente a su demostrada ignorancia lanzando un par de recetas del mismo ínfimo nivel que alcanzan ese tipo de comentarios que todos hemos oído en la barra de un bar o en un trayecto de taxi por quienes, como el ya presidente norteamericano, no necesitan ponderar las miles de facetas de cualquier problema porque «¡esto lo arreglaba yo en cinco minutos!» . Y a continuación sueltan sus fórmulas imbatibles y, por lo general, infumables por lo simples, por lo estúpidas o, sencillamente, por lo antidemocráticas y totalitarias.

De todo eso ha estado cuajado el discurso de Donald Trump, con sus bravatas y sus soluciones mágicas del todo despegadas de un mínimo principio de realidad. Por eso todos los gobiernos de las democracias occidentales esperan en tensión a atisbar cuál es el pensamiento real del nuevo presidente de los Estados Unidos, si es que tiene alguno. No sabemos cómo se va a comportar porque no ha emitido hasta ahora ningún mensaje que sugiera una línea de pensamiento, sea acertada o sea errónea a los ojos de los demás. Y por eso también los mensajes de los gobiernos de los países donde impera la tiranía de cualquier signo han buscado inclinar las futuras políticas de Washington en la dirección que a ellos les ha parecido más conveniente. Y es que puede pasar cualquier cosa porque, lamentablemente, este hombre no es un misterio, es una caja vacía que podrá rellenarse con a saber qué. ¿Alguien sabe qué estrategia en su política interior o exterior va a implementar el Gobierno de Washington a partir del mes de enero? Nadie, ni el propio elegido, lo sabe porque él mismo ya ha demostrado ignorar absolutamente la complejidad y la hondura de los problemas que tan frívolamente ha mencionado durante su campaña. Y ésa es la incertidumbre que en este momento desestabiliza al planeta entero.

Lo más importante de la elección de Trump es la constatación de lo fácil que resulta todavía hoy embaucar a todo un pueblo

Lo  que probablemente sea más importante de la elección de Trump es la constatación de lo fácil que resulta todavía hoy embaucar a todo un pueblo. En un tiempo en que se repite hasta la náusea que los ciudadanos están más y mejor informados que nunca en toda la Historia nos hemos topado con que millones de ciudadanos han sucumbido a las apelaciones más primarias y han respondido masivamente y al mismo nivel emocional, casi instintivo, al que el candidato ha apelado de forma exclusiva. Queda acreditado a gran escala que el pueblo recibe con confianza y se suma con entusiasmo a los mensajes que les dan solucionados sus problemas de un plumazo y responde con fervor a las  comunicaciones que apelan a su orgullo herido de ciudadano ofendido por cualquier contrariedad o inconveniente que complica su vida. El pueblo agradece, por lo que se ve, que le den las cosas resueltas y no le interesa averiguar si la solución que le ponen ante la cara es o no un monumental embuste y un fraude político de primera magnitud.

Ahora, mientras el mundo entero asiste en su mayoría estupefacto al resultado de las elecciones norteamericanas, se acerca el momento en que ese pueblo entusiasmado ante la nueva América que se les ha prometido y que, para alcanzar ese sueño inverosímil, acepta gustoso que se persiga a los negros, a los latinos y a los musulmanes, que se desprecie y se humille a las mujeres y que, ya sideralmente fuera del círculo de sus preocupaciones, se puedan alterar de una manera extraordinariamente peligrosa las relaciones y los acuerdos defensivos internacionales, se acerca el momento, digo, en que ese pueblo se apreste a ver traducidas en hechos las ultrajantes, engreídas y disparatadas promesas de su recién elegido líder. Pero ya es demasiado tarde para darse cuenta de que es falsa la frase eterna que dice que «el pueblo nunca se equivoca». Si los acontecimientos de desarrollan mínimamente en la dirección que apuntan las palabras de Trump, los más informados y más conscientes de sus votantes no tardarán en comprender que se han equivocado.

Es sólo cuestión de tiempo que esta ola de engaño institucionalizado acabe rompiendo en la orilla de Europa

Y, como siempre ocurre  con los acontecimientos que tienen lugar en los Estados Unidos, es sólo cuestión de tiempo que esta ola de engaño institucionalizado acabe rompiendo en la orilla de una Europa a la que ya han asomado los primeros síntomas de ese mal que ha triunfado plenamente en Norteamérica. El caso de un pueblo engañado por sus líderes más radicales y más falsarios ya se ha dado en el Reino Unido y por eso triunfó el Brexit en un referéndum al que los jueces británicos han puesto un freno esencial: no es el pueblo convocado a decidir sobre un asunto tan complejo quien debe tener la última palabra, sino el Parlamento elegido por ese mismo pueblo el que debe asumir la responsabilidad de una decisión así. Pero no alberguemos muchas esperanzas: el populismo ya está aquí y la elección de Donald Trump le va a dar un impulso formidable.

Por eso, ahora más que nunca, estamos obligados a levantar con la fuerza de los argumentos y de las convicciones un sólido muro político frente a los líderes engañosos que arrastran con la seducción de sus falsas promesas a una población que está optando, también aquí, por acomodarse y secundar las imposturas redentoras.