La idea, que ha vivido con gran fortaleza desde el día en que se conoció la composición del nuevo Gobierno, según la cual María Dolores de Cospedal ya podía ir despidiéndose de continuar dirigiendo el Partido Popular porque con el ministerio de Defensa tenía más que de sobra, es una idea a la que le ha tocado la hora de retirarse por el foro y si hacer ni un ruido.

La flamante ministra no dice el día de su toma de posesión «no os vais a librar de mí» porque sea una imprudente o una retadora frente al señor que acaba de nombrarla como nuevo miembro del Consejo de Ministros. Todo lo contrario, esa frase evidenció que la señora Cospedal acudió a prometer su cargo teniendo la certeza de que la secretaría general del PP iba a seguir en sus manos. Y tiene todo el sentido que, después de atravesadas tantas tormentas como ha sufrido ese partido, y las que aún le quedan por atravesar, la persona que se ha enfrentado a cuerpo gentil a la cuerda interminable de problemas, acusaciones, pérdidas de poder en ayuntamientos y comunidades con las consiguientes dimisiones de presidentes regionales, constitución de gestoras y enfrentamientos cara a cara ante un juez para defender su honor y el de su partido, reciba por parte de su jefe el reconocimiento por haber defendido la plaza hasta el final.

Está en la lógica de Mariano Rajoy compensar a su alter ego en el PP con su ratificación y con algo más de regalo: el ministerio de Defensa. Lo que ya será dudoso es que conserve además la secretaría general del partido en Castilla-La Mancha porque eso sí que supondría una acumulación innecesaria de responsabilidades y podría dejar la sensación de que el partido no tiene gente suficiente para cubrir todos los cargos. Pero tiene razón Celia Villalobos cuando dice que nadie puso en duda la capacidad de Alfonso Guerra  para ocupar la vicepresidencia del gobierno y al mismo tiempo la vicesecretaría general del PSOE durante 12 años; y  tampoco se alzaron voces contra el hecho de que  Francisco Álvarez Cascos compatibilizara su cargo de secretario general del PP con sus cargos de vicepresidente primero del Gobierno de José María Aznar. Por lo tanto, todas  esas consideraciones sobre el exceso de responsabilidades que Cospedal asume están fuera de lugar y lo que conviene ahora es aplicarse a apuntar qué clase de Congreso es ése que va a celebrar el PP y cuánto cambio va a sufrir el PP tras su celebración.

Desde aquí podemos apostar a que, cambios, lo que se dice cambios, van a ser los indispensables, los justos para presentar en un plano más principal las pocas caras nuevas que van a aparecer en este cónclave que, desde luego, no va a ser el de la renovación. Fundamentalmente porque las circunstancias políticas del país no permiten meterse en florituras a un partido que está en el Gobierno, que no cuenta con una mayoría de votos para aprobar las leyes y que tiene enfrente a un Partido Socialista que necesita hacerse fuerte en la oposición para no perder definitivamente el plato de lentejas de la primogenitura en ella. Y en esa cuerda floja camina también de rebote el PP.

En esas condiciones, no le queda al PP más que cerrar filas, conseguir que queden lo más prietas posible y tirar así para adelante en espera de tiempo más despejados. No va a haber ni rastro de pistas sobre una futura sucesión de Rajoy ni nada que se le parezca. Por ese lado, nada de nada. El único interés que podría deparar a los observadores este Congreso es el que se deriva de la ponencia Política y de la de  Administración Territorial, por ver si hay algún cambio en los planteamientos tradicionales de ese partido.

Un Congreso mucho más tranquilo de lo que esa formación realmente necesitaría. Pero los tiempos españoles, y los propios del PP, no dan para más. Así que patada al balón y a seguir  jugando con los mismos jugadores y, a todo tirar, con un mínimo cambio en las reglas. Hasta la próxima ocasión, que ésa sí tendrá que darle al partido la vuelta como a un calcetín. Porque hace tiempo que es urgente petrolearle los fondos.