Hizo mal el PP pidiéndole a Rita Barberá que renunciara a su puesto en el Senado? ¿Se equivocaron los vicesecretarios Pablo Casado y Javier Maroto cuando le recordaron que podía «defenderse mejor fuera del escaño», o tildaron su renuencia de «falta de dignidad», o cuando calificaron de «insuficientes» las explicaciones que dio cuando fue imputada por el Supremo en una lamentable rueda de prensa?

La muerte de la emblemática alcaldesa de Valencia ha producido una curiosa reacción en su partido. Algunos ven la ocasión para erosionar a Mariano Rajoy por no haberla defendido de la «cacería» mediática. Otros arriman el ascua a su sardina, apelando a un espíritu casi legionario de la militancia: «Con los nuestros, con la razón o sin ella».

Juzgar ahora, en pleno impacto emocional, lo que se hizo hace unos meses tiene algo de truculento. Y sería un gravísimo error que el infarto conllevara una rectificación política sobre la intransigencia contra la corrupción.

«¿Para qué vinimos a la dirección del PP?», se pregunta uno de los vicesecretarios. «Fue justo para hacer lo que hemos hecho para lo que nos llamó el presidente», añade.

Cuando lo cómodo era mantener silencio, ellos hablaron. Por criticar a Luis Bárcenas, a Javier Maroto le ha caído una querella interpuesta por el ex tesorero del partido. Su posición no fue menos dura respecto a Alfonso Rus («me da náuseas»), o frente a Francisco Granados («su partido no es nuestro partido»).

Fueron ellos los que dieron cierta credibilidad al compromiso del PP contra la corrupción. Y ahora no se les puede poner en la picota precisamente por hacer lo que se suponía que debían hacer.

Por cierto, hay que recordar que Albert Rivera condicionó su pacto con el PP -gracias al cual ahora hay un gobierno- a que el PP rompiera con Barberá.

Fue justo para hacer lo que hemos hecho para lo que nos llamó el presidente», dice uno de los vicesecretarios

Independientemente de los acuerdos o de las normas, precisamente por dignidad, Barberá debería haber abandonado su escaño. Ella asumió un enorme desgaste personal por aferrarse al aforamiento. Y, con ello, puso a su partido entre la espada y la pared. Recordemos, también, que el propio PP de Valencia le pidió que abandonara su escaño en el Senado. Y también que dirigentes como Cifuentes, Albiol o incluso Montoro criticaron entonces su empecinamiento.

Con Barberá se han cometido muchos excesos, empezando por la negación de la presunción de inocencia. Ella ha sido una víctima del encanallamiento de la política. Pero, tras haber sufrido un descalabro electoral de 3,5 millones de votos precisamente por la corrupción, el PP no se podía permitir el lujo de mirar para otro lado cuando, día tras día, salían a la luz las prácticas que se adoptaron a distintos niveles en Valencia para financiarlo de manera ilegal.

«Yo no me arrepiento de nada», dice mi interlocutor. Y añade: «Volvería a decir lo que dije entonces».