Pablo Iglesias seguirá reinando en Podemos sin que nadie le discuta el liderazgo, cosa que ya se sabía antes de que una parte de las bases del partido emitieran su opinión sobre éste y otros asuntos. Lo que ya no está tan claro es cómo va administrar su liderazgo porque el resultado de las votaciones le ha dado una victoria por la mínima, y eso a pesar de que en los días previos había amenazado con dimitir de su cargo si los afiliados no le aseguraban el triunfo. La cuestión está en que las posiciones defendidas por su número dos, Íñigo Errejón, se han quedado a poco más de dos puntos de las que encabezaba Pablo Iglesias y eso significa que la batalla sigue abierta.

Porque, aparte de ese lenguaje que cae de pleno en la cursilería en  la que se habla de la «hermosura» del proyecto, de la «ilusión» y de la «fraternidad», lo que Errejón ha dejado claro en su rueda de prensa es que sus posiciones no constituyen, como ha intentado minusvalorar Iglesias, una mera corriente dentro del partido sino una fuerza con potencia equivalente a la encabezada por su secretario general y que, por lo tanto, ha de tenerse muy en cuenta a la hora de diseñar las estrategias políticas a partir del cónclave Vistalegre II.

Errejón ha pedido sitio y respeto a la pluralidad que se ha evidenciado con nitidez tras esta votación y no ha dado muestras se sentirse derrotado sino todo lo contrario, seriamente reforzado en la estrategia que ha defendido. Y tiene razón. Pero las consecuencias de este resultado, por más que ambos políticos exhibieran muy buenos modales y una aparente voluntad de concordia, no quedarán traducidas en hechos hasta que se empiecen a ver los movimientos políticos efectivos de este partido, que hasta el momento ha dedicado casi todas sus fuerzas a aclarar cuestiones internas de procedimiento mientras dejaba en ayunas a los ciudadanos sobre el cuerpo de propuestas concretas y detalladas relativas a los grandes problemas pendientes que tiene el país.

Pablo Iglesias se ha demostrado incapaz hasta ahora de no ejercer un hiperliderazgo que parece ser consecuencia directa de su personalidad. Por eso resulta muy dudoso que se pliegue al mensaje de los votos emitidos -no estamos aquí para plebiscitos, ha insistido Errejón- y haga un hueco suficientemente amplio a las posiciones políticas de su número dos y de quienes apoyan a éste. Ésta va a ser una guerra soterrada que se va a vestir de hermandad pero que, más pronto que tarde, dejará al descubierto sus aristas. Es más: será una guerra de larga duración que, por supuesto, no se va a sustanciar en el cónclave de febrero en la plaza de toros de Vistalegre sino que prolongará sus  efectos durante toda la legislatura y hasta las siguientes elecciones. Durante todo ese tiempo el pulso entre Iglesias y su gente y Errejón y la suya se mantendrá y se hará progresivamente intenso y dramático. En definitiva, lo que se produjo ayer fue un alto el fuego en el que las dos partes han comprobado que tienen posibilidades ciertas de ganar y van a intentarlo con todas las  fuerzas que les han dado los respectivos votos.

Y, mientras ese pulso se mantiene, ambas fuerzas tienen que afrontar un compromiso conjunto al que deberán responder en tiempo tasado y procurar hacerlo sin disonancias relevantes: explicar a los españoles qué proponen hacer con el país. Porque todavía estamos esperando a que nos lo cuenten.