Donald Trump ha llegado a la Casa Blanca con el deseo incondicional de desafiar todas aquellas realidades que corresponden a su tiempo. Aún en su tercer día en la Casa Blanca, ya ha dado la orden de retirarse de uno de los dos pilares que asentaban la estrategia económica del pivote hacia Asia: el gigantesco bloque comercial creado entre Estados Unidos y otros 11 países de la región (Trans-Pacific Partnership, TPP). Casi 6.000 páginas fraguadas durante siete años de negociación que eliminarían 18.000 tarifas arancelarias, el tratado suponía en torno al 40% del PIB global y un tercio del volumen comercial del mundo. Se trataba de una apuesta de Barack Obama con el objetivo principal de presionar a China con normas acordadas entre países afines al orden de Occidente y preservar al mismo tiempo su hegemonía regional. Como explicaba el presidente saliente, “¿queremos que el comercio sea impulsado por las normas americanas y los valores americanos? ¿O queremos que las reglas sean escritas sin nosotros?”.

Pero había un problema que ni Obama ni Kurt M. Campbell, ideólogo del pivote hacia Asia, supieron responder: ¿era el TPP realmente la herramienta adecuada para hacer frente a China? El laureado economista Joseph Stiglitz lo tenía claro: el razonamiento estratégico empleado para justificar el TPP tiene poco sentido. “Lo que importa para mantener la influencia no es simplemente firmar acuerdos, sino la profundidad y la naturaleza de las relaciones”. Stiglitz lo dijo el año pasado. Ahora las cosas han cambiado completamente.

Donald Trump es un hombre de negocios para quien la UE no es un socio

Nadie se retiraría del TPP si no tuviera otro plan, posiblemente más duro y peligroso, para Asia. Huelga apuntar que lo estratégico del tratado era ir más allá del acceso al mercado e incluir aspectos como la tan exigida por Silicon Valley propiedad intelectual. China quiere cerrar un acuerdo mucho más sencillo con los países que forman parte del TPP, basado únicamente en tarifas y cuotas arancelarias. Así que, por el momento, la potencia amarilla no gana peso en la región, solo incertidumbre ante una posible guerra comercial o una disputa geográfica en sus mares.

Así, en una época donde todos los actores operan en un orden mundial desordenado, llegamos al dilema que afronta la Unión Europea con la Asociación Transatlántica para el Comercio y la Inversión (TTIP, por sus siglas en inglés). Donald Trump es un hombre de negocio y, allá donde detecte una crisis, verá una oportunidad de hacer negocios. Para él la Unión Europea no es un aliado y tratará de sacar todo el rédito posible de sus debilidades. Por un lado, le ha tendido a Reino Unido la trampa de un acuerdo de comercio “rápido y fácil”. Un canto de sirena, ya que si realmente quieren cerrar un acuerdo tan apresurado, deberán hacer grandes cesiones, como por ejemplo la apertura de su preciado servicio nacional de salud (NHS) a proveedores estadounidenses. Por otro lado, sabe que la política exterior comunitaria depende absolutamente de Estados Unidos, y más en un momento en el que el proceso de integración está en jaque.

Es importante destacar que la Unión Europea es el único socio comercial del mundo con el que negocia comercialmente  de igual a igual en términos económicos para entender por qué Trump  empleará todas la bajezas a su alcance. Por ejemplo, ya ha metido el dedo en la llaga con el euroescepticismo, la política migratoria y la OTAN. Sabe que el Brexit dará lugar a complicaciones y que tanto Reino Unido como los otros 27 socios corren el riesgo de despedazarse mientras Estados Unidos saca partido de ello.

Es por ello que la negociación de TTIP está llena de incógnitas. Antes siquiera de que Donald Trump fuera candidato a la Casa Blanca, el tratado estaba bloqueado en parte debido a la falta de voluntad de Estados Unidos de abrir su mercado de contratación pública a empresas europeas. Concretamente, la meta principal de los negociadores comunitarios se centraba en lograr cesiones sobre la llamada Buy American Act. Si ya era difícil convencer a Obama de ello, será imposible hacer lo propio con un presidente que inició su mandato con dos cosas claras: Buy American-hire American.

Siendo honestos: en caso de cerrar cualquier acuerdo similar al TTIP al que le tocaría ceder sería a nuestro Viejo Continente

El objetivo alemán de lograr mejores condiciones para sus coches en un momento en el que Trump ha amenazado con poner más tarifas a esta industria requiere buena dosis de optimismo; al igual que la esperanza de que mantenga su respeto hacia las leyes de privacidad digital de la Unión Europea, cuando ha fichado a un crítico de la neutralidad en la red para gestionar el organismo regulador estadounidenses de telecomunicaciones; o que Rex Tillerson, antiguo CEO de Exxon Mobile y nuevo Secretario de Estado de Trump, tenga el más mínimo interés por igualar sus estándares ambientales con la UE. Si durante la administración Obama había obstáculos difíciles de resolver sin hacer grandes cesiones por la parte comunitaria, ahora hay más.

Por último, aun en caso de cerrar cualquier acuerdo similar al TTIP con la administración Trump, la Comisión Europea tendrá serias dificultades para justificarlo ante los estados miembros, con amplios espectros de sus opiniones públicas en continua protesta contra el tratado. No hay indicio alguno que sostenga la retórica oficial de que estamos ante dos potencias que comparten valores y negocian cómo dar forma a la globalización para preservar el orden liberal sin abandonar sus valores. Y siendo honestos: en caso de que ello ocurriera, al que le tocaría ceder sería a nuestro Viejo Continente. Por todo ello quizá el TTIP no tenga ya ningún sentido.


*Ekaitz Cancela es periodista, autor del libro ‘El TTIP y sus efectos colaterales’ (Ed. Planeta)