Pedro Sánchez ha confirmado en Dos Hermanas que se presentará a las primarias del PSOE. Aunque hasta hace tres semanas seguía sumido en un mar de dudas e incluso algunos de sus colaboradores daban por hecho que, al final, desistiría, el ex secretario general ha reaccionado no sólo a los deseos de miles de militantes, constatables en las redes sociales, sino también a la «traición» de Patxi López.

«Quien diseñó la operación de Patxi como una forma de anular y desanimar a Pedro se equivocó radicalmente, porque ha conseguido lo contrario: envalentonarle», dice una de las personas que presume de conocerle bien.

Sánchez se presentó como «el candidato de los militantes» frente al aparato del partido. Su discurso fue bipolarizador, al confrontar su modelo de partido y sus políticas con las de Susana Díaz. Al ex lehendakari le ignoró, a pesar de que, hasta ahora, era el único que había mostrado su disposición a competir por el liderazgo socialista.

El madrileño es consciente de cuál es su fuerza. La militancia socialista tradicionalmente está a la izquierda de sus dirigentes, prefiere pactos con Podemos a acuerdos con el PP y rechaza la abstención que permitió a Rajoy formar gobierno. Y él quiere catalizar todo ese potencial, que en su día verbalizó en el lema «No es no».

La rebeldía militante es su mayor activo, al igual que es el peligro que conllevan las primarias para los candidatos oficiales. Josep Borrell fue la primera prueba de que nadie puede controlar el voto de las bases y de que éstas prefieren a los candidatos que les dicen lo que quieren escuchar.

Los peligros de la rebeldía son la demagogia y el alejamiento de los votantes más templados, menos radicales. Sánchez ha caído en su mitin sevillano en el primero de ellos al afirmar, por ejemplo, que «Bárcenas sigue en la calle», como si la decisión de su ingreso en prisión dependiera de quién ocupa La Moncloa y no de lo que decida el juez.

Si quiere que la gente le tome en serio, debe medir sus palabras, cuidar sus mensajes. Porque ahora le esperan muchos mítines, muchas declaraciones, mucha exposición a los focos y al veredicto de la opinión pública.

Lo más difícil para él será compaginar su deseo de impulsar un giro a la izquierda en el PSOE con el hecho de que su partido sólo alcanzó grandes mayorías cuando se situó en el centro izquierda. El riesgo para Sánchez es su inclinación hacia Podemos, que deja el espacio libre del centro político para el PP y Ciudadanos y, sin embargo, no le garantiza que una parte de los cinco millones de votos del partido populista cambien de acera.

Si Sánchez quiere ganar, tiene que huir de la demagogia y buscar alianzas que le vacunen contra la imagen de que no es capaz de unir al partido

Otro factor que le perjudica es el de aparecer como un candidato solo ante el peligro. Es decir, como un dirigente incapaz de tejer alianzas con barones o miembros de la dirección del PSOE que no son de su cuerda. Es decir, como alguien incompatible con la unidad. Uno de sus seguidores apunta: «Debería pensar en unir fuerzas con López, porque tal vez sea la única garantía de poder ganar a una candidata con tanta fuerza como Susana Díaz».

Lo que hay que reconocerle a Sánchez es que, finalmente, ha cumplido su palabra. La presidenta de la Junta de Andalucía tendrá que sudar la camiseta -no va a haber victoria por aclamación- si quiere ser la secretaria general del PSOE y próxima cabeza de cartel socialista a la Presidencia del Gobierno. Sánchez sabe muy bien cuánto vale su apoyo (él ganó las primarias a Eduardo Madina gracias al respaldo de Andalucía), y su capacidad de daño como enemiga (ella fue la artífice de la operación que concluyó en el Comité Federal del 1 de octubre).

La que comienza ahora va a ser una confrontación apasionante y, a la vez, relevante no sólo para el futuro del PSOE, sino para la configuración del mapa político español durante los próximos lustros.