Tuvo que ser Irene Montero quien les llamara al orden, porque, sin quererlo, Pablo Iglesias e Íñigo Errejón se convirtieron por unos minutos en la máxima atracción de un Congreso semi vacío. El pleno comenzó a las tres de la tarde, como medida estrella de la nueva política de conciliación iniciada por Ana Pastor, que, a la luz del número de asistentes, no se puede decir que haya sido un éxito.

Iglesias y Errejón debatieron acaloradamente, como una pareja al borde de la ruptura. Si quedaba una mínima esperanza de acuerdo antes de Vistalegre II (posibilidad que vence este 1 de febrero a las doce de la noche), saltó por los aires con esa escenificación pública de la batalla interna que vive Podemos, por más que el secretario político tratara más tarde de rebajar la tensión en su cuenta de Twitter.

La disputa no es sólo un pulso de poder. Hay diferencias organizativas, como el papel del Consejo Ciudadano y las competencias del secretario general, la renovación del Comité de Garantías, etc. Pero, sobre todo, hay una diferencia política de fondo. Iglesias quiere un partido volcado en la movilización, en el que la labor institucional sea sólo un aspecto de la acción política. Un Podemos que ahonde en los vínculos con Izquierda Unida y que se convierta en una alternativa de poder desde la izquierda, una versión del comunismo clásico con unas gotas de populismo chavista.

Errejón, por su parte, quiere que Podemos sea un partido que trabaje fundamentalmente en las instituciones y que se convierta en el motor para la unidad de la izquierda y el centro izquierda, con la vista puesta en una coalición sólida con el PSOE. Una alternativa de poder «en una situación de normalidad», como decía en la entrevista publicada por El Independiente.

Errejón cree que la mejor manera de ser opción de gobierno está en pactar con el PSOE. Iglesias quiere distanciarse de los socialistas y crear una alternativa de izquierdas de la mano de IU

El secretario político afirmaba en dicha entrevista que «el PSOE no ha entendido que está condenado a entenderse con Podemos». Lo que rechaza Errejón es que, al final del proceso, el papel de Podemos quede relegado al de «una formación nostálgica» que aglutine al 10% o al 15% de la izquierda. Es decir, el sinsentido de haber construido una nueva alternativa para acabar convirtiéndola en una refundada IU.

Esa posibilidad, un entendimiento entre Podemos y PSOE, es la que, al mismo tiempo, maneja el sector próximo a Pedro Sánchez, que acaba de dar el paso para presentarse a las primarias. La coalición entre Podemos y PSOE es lo que más preocupa en Moncloa y en Génova, porque se ve en ella una opción con posibilidades de gobernar, que no existiría en ningún caso si la formación morada se conforma con ir de la mano del partido de Alberto Garzón (como escribía en estas páginas Cristina de la Hoz).

El PSOE está dividido entre un sector que apuesta por ningunear a Podemos (aunque luego algunos de los dirigentes que están en esa línea pacten con ese partido en sus comunidades o ayuntamientos) y otro que opina que la única forma de ganar al PP es pactando con Podemos (la facción que lidera Sánchez). Si en Vistalegre II ganan las tesis de Iglesias (que insiste en distanciarse del PSOE), la posibilidad de que se produzca una coalición con los socialistas sería muy remota, incluso aunque Sánchez ganase las primarias. Sin embargo, un eventual triunfo de Errejón, o incluso un resultado equilibrado en el Congreso, abriría las puertas a esa opción que, sin duda, cambiaría completamente el mapa político en España. Un mapa que, de hecho, sufrirá su primer desgarro si se convocan elecciones anticipadas en Cataluña, donde el nuevo partido (los comuns) liderado por Ada Colau y Xavi Doménech puede convertirse en la fuerza política más votada.