La palabra joven designa una realidad homogénea. Si nos referimos a la especie humana, me parece válida la convención que acota la juventud usando una horquilla biológica que comienza a los 16 años y termina a los 30 años de edad. Bajo este enfoque, todos los individuos comprendidos en esa horquilla mantendrían entre sí una relación de homogeneidad o semejanza. Podríamos afirmar entonces, a los exclusivos efectos de dar la razón a dicha perspectiva biológica, que los hombres y mujeres situados en el citado tramo de edad (16-30 años) “son iguales”.

La ligazón que vincula a los miembros de la comunidad juvenil, con las excepciones de carácter físico que todos conocemos, trasciende el concepto de identidad anatómica o fisiológica. A pesar de las múltiples diferencias que singularizan a los jóvenes (y a los diversos grupos en los que se integran), a casi todos nos resultan familiares los comentarios sobre una supuesta mentalidad juvenil, una moda musical aceptada y compartida por los jóvenes y ciertos usos indumentarios similares que los diferencian de otras generaciones.

También nos parecen naturales las referencias a una afinidad ideológica o política de carácter generacional. Esta hipotética identidad colectiva, que a mi juicio presenta muchos rasgos de los relatos de ficción, ha salido sin embargo reforzada debido a las consecuencias desastrosas (paro masivo, precariedad laboral…) que, de forma especialmente brutal para los jóvenes, ha producido el hundimiento de la economía de España, la por algunos denominada Gran Recesión (2008-2014, haciendo ahora abstracción de sus picos). Unas consecuencias que, ya estrenado el año 2017, no han desaparecido en su integridad, ya que, no obstante el aumento de la actividad económica, el  empleo y el consumo, estamos gobernados por la incertidumbre, la precariedad laboral y el miedo al futuro. Y también aquí los jóvenes siguen siendo los grandes perdedores, ya que aparte de que los factores que acabo de mencionar se han cebado más intensamente con ellos, su porción de la tarta del crecimiento del PIB durante los dos últimos años es la más pequeña de todas las que han recibido los demás miembros de la sociedad.

La porción de la tarta de los jóvenes en el crecimiento del PIB durante los dos últimos años es la más pequeña de toda la sociedad

El impacto radicalmente negativo de la Gran Recesión sobre los jóvenes españoles ha tenido, y continúa teniéndolo en la actualidad, su correspondiente reflejo en las opciones políticas de los jóvenes. Como nos ha recordado acertada y recientemente en este medio Casimiro García-Abadillo, el alto desempleo y la pérdida de riqueza que están sufriendo los jóvenes ha desestabilizado el sistema de partidos imperante en España desde 1977, año de las primeras elecciones generales de carácter democrático. La súbita irrupción en la escena política y la insólita capacidad de arrastre electoral de Podemos (y en menor medida de Ciudadanos) son  efectos directos e inmediatos de la enorme desilusión política que impregna a muchos menores de 30 o 35 años debido a las insuficiencias del bipartidismo tradicional a la hora de resolver los graves problemas sociales y económicos que afectan a las personas situadas debajo del expresado listón de edad. De forma simultánea, tanto el PSOE como el PP están siendo abandonados por los electores jóvenes. Por consiguiente, al menos en este punto, sí se puede confirmar un elevado grado de armonía y homogeneidad de naturaleza generacional.

No obstante, en el plano económico, podemos detectar evidencias de signo contrario –unos síntomas irrefutables de desigualdad intrageneracional– que no debemos pasar por alto. El desempleo, la precariedad laboral y los salarios de hambre afectan masivamente a los jóvenes carentes de la formación profesional necesaria para luchar con éxito por los buenos empleos en una economía feroz de extensión global.

Por si lo anterior fuera poco, el mercado de trabajo en España discurre asimismo por una vía paralela que termina en un punto muerto. Aquí es donde la economía española muestra sus mayores contradicciones y causa las peores injusticias. Todo ello en el interior de la misma generación. Por desgracia, la competitividad de las empresas españolas es, en general, mucho más baja que la ofrecida por las principales compañías del sector en unos mercados que, como todos sabemos, pivotan alrededor de un eje económico globalizado (si Donald Trump no lo destruye). Esta amarga realidad convierte casi en un milagro la absorción por el mercado laboral de nuestro país, de tamaño muy reducido, de los jóvenes españoles poseedores de las mejores habilidades y competencias profesionales. Los miembros de este pequeño grupo suelen emigrar a los territorios donde radican las empresas más potentes.

Es casi un milagro la absorción por el mercado laboral de nuestro país de los jóvenes con las mejores habilidades y competencias profesionales

La libertad ambulatoria es un derecho fundamental y se incardina en un proceso natural que contiene y guía los movimientos de los trabajadores en función de las ventajas comparativas que ofrecen los diversos mercados laborales de carácter local. Sin embargo, dicha libertad de movimientos tampoco debe hacernos olvidar los legítimos derechos de los estados de origen, los derechos de la sociedad que abandonan los jóvenes profesionales que buscan los nuevos yacimientos de oro de California. Por los argumentos que paso a exponer, el Estado español no debe permanecer impasible ante la huida de capital humano y tiene que gravar con un precio público esas fugas. El Estado español tiene la obligación de mitigar los perniciosos efectos que, sobre la cohesión social de nuestro país, produce el desorden laboral que acabo de describir y que todos conocemos.

Los elevados ingresos que obtienen los jóvenes españoles cuya competencia profesional les ha permitido emigrar a economías más prósperas no tributan en el Impuesto sobre la Renta español. Sin embargo, y por el contrario, esos jóvenes se han beneficiado, antes de su salida, de un sector público –sufragado con los tributos de todos los españoles- puesto colectiva y libérrimamente (durante toda su vida anterior a la salida del país) a su entera disposición.

El Estado español no debe permanecer impasible ante la huida de capital humano y tiene que gravar con un precio público esas fugas

En primer lugar y de forma directa, la mayoría de esos jóvenes se han formado en universidades públicas. Previamente, también la mayor parte ha estudiado, cuando no lo han hecho en la escuela pública, en la escuela concertada, subvencionada generosamente con fondos presupuestarios. La sociedad española no ha realizado este esfuerzo inversor en capital humano para regalárselo a otros mercados de trabajo. Pero la inexistencia de retornos futuros a la Hacienda Pública a través del Impuesto sobre la Renta no se limita exclusivamente al campo de la enseñanza. El pacto inter-generacional hace posible que todos los jóvenes españoles utilicen los diferentes servicios públicos (sanidad, cultura, seguridad policial…) y las infraestructuras de la nación (carreteras, obras hidráulicas, instalaciones portuarias…) sin coste directo alguno, dada la ausencia de ingresos laborales de ese segmento poblacional. El conjunto de la sociedad española ha realizado esa serie de gastos con un criterio universal y, por ello, también en beneficio de sus menores a cambio de una compensación futura. Lo ha hecho con las lógicas expectativas de recibir las contribuciones fiscales de los jóvenes cuando alcancen su madurez laboral. No parece justo que los emigrantes afortunados evadan sus responsabilidades fiscales, desmarcándose de las que tienen que soportar sus coetáneos residentes en el territorio nacional.

A mayor abundamiento, la emigración actual no tiene mucho que ver con la que se produjo en nuestro país durante los años cincuenta y sesenta del siglo pasado. Los antiguos emigrantes, estereotipados en películas como Españolas en París (1971) o Vente a Alemania, Pepe (también de 1971), se alistaron a la fuerza en un ejército imprescindible para la buena marcha del desarrollismo español mediante sus remesas de divisas y sus continuas inversiones en sus localidades de origen. En la aldea global de hoy, el cosmopolitismo, las uniones mixtas y la acelerada movilidad empresarial y laboral son quizás factores determinantes para el debilitamiento gradual o incluso la extinción de los vínculos materiales y afectivos que, con independencia de su cualificación profesional, hasta no hace mucho mantenían los individuos migrantes con todos los elementos, personales y territoriales, que llenaban el círculo vital de su lugar de partida.

En cierto modo, España se parece a la India. Aunque nuestro país disfruta de un equilibrio socioeconómico muy superior al que tiene la nación asiática, las dos sociedades pueden considerarse pobres en relación con economías mucho más avanzadas, como, por ejemplo, la de Estados Unidos. Ese y otros factores justifican mi comparación en un aspecto: la emigración, en gran medida a Norteamérica, de jóvenes españoles y de la India con una elevada cualificación profesional de origen. Estos flujos humanos se explican tanto por razones de oferta como del lado de la demanda. Las primeras incitan a los jóvenes más preparados a instalarse en Estados Unidos, Suiza o Canadá en busca de mayores ingresos. También persiguen abrir al máximo su abanico de posibles y nuevos contactos profesionales, y ampliar sus expectativas, con el transcurso del tiempo, de conseguir mejoras adicionales en su bienestar y en el de sus hijos gracias al aumento de riqueza que esperan alcanzar obteniendo empleos todavía más cualificados. Del lado de la demanda, el aumento constante de la innovación tecnológica en el país de destino propicia la intensidad de la potencia y capacidad productiva de su tejido empresarial, lo que exige flujos acelerados de capital humano procedente del exterior, ya que el trabajo nativo resulta insuficiente para cubrir las necesidades de incorporar técnicos de alta cualificación profesional.

España se parece a la India por la emigración de jóvenes con una elevada cualificación profesional a Norteamérica

Llegados a este punto, debo ceder el paso al insigne economista indio Jagdish Bhagwati. En 2005, Bhagwati constató que aunque el porcentaje de profesionales nacidos en la India pero residentes y empleados en Estados Unidos constituía sólo el 0,1% de la población norteamericana, sus ganancias significaban el 10% de los ingresos nacionales de la India. Asimismo, demostró que la mayor parte de los emigrantes indios de alta competencia contratados por empresas norteamericanas (con o sin doctorado previo en Estados Unidos) se habían formado académicamente en universidades públicas del país asiático, fundamentalmente en los Institutos Indios de Tecnología (IIT). Por ejemplo, en 1990 los ingenieros licenciados en los IIT constituyeron el 78% de los títulos de doctorado en ingenierías estadounidenses entregados a ciudadanos indios. Casi todos ellos fueron absorbidos por el mercado laboral de Estados Unidos y pasaron a residir de forma permanente en el país americano (si bien enseguida matizaré la última afirmación).

Me he referido a la probable relajación de los vínculos de los emigrantes actuales con sus países de origen. Bhagwati, en el caso de la India, no es de la misma opinión. Él cree que los indios de alta cualificación residentes en países desarrollados no pierden sus relaciones familiares y tampoco abandonan su lealtad nacional respecto a su lugar de origen. Como resultado del mantenimiento de dichos vínculos, los emigrantes aportan un gran valor añadido a la economía del país asiático. Se trataría de una manifestación más del llamado efecto derrame. De hecho, diversas fuentes indias ligadas a los citados IIT sostienen que, en un proceso cuyos factores se retroalimentan, la buena formación que prestan los IIT y la posterior emigración de muchos de sus licenciados a Norteamérica, donde mejoran sus experiencias y conocimientos, tienen un efecto muy positivo sobre la economía y el mercado laboral de la India. Este proceso, en los últimos años, es inseparable de la caída del ritmo migratorio porque bastantes jóvenes bien preparados están encontrando empleos de calidad en la India. ¿Se está incubando en la actualidad un fenómeno similar en España? Mucho me temo que, aparte de los sofisticados bares y restaurantes que cada día se inauguran en nuestras ciudades, los mercados laborales de los dos países se parecen como un huevo a una castaña.

Pero los mercados laborales de la India y España parecen como un huevo a una castaña

Pero, incluso contando con la posibilidad de los beneficios económicos para el país de origen como consecuencia del efecto derrame, el gran economista indio considera inaceptable una asimetría que favorece individualmente a los migrantes. Esa falta de proporción no es otra que, por parte de los nacionales fugados al exterior, la elusión de sus responsabilidades tributarias hacia su estado de nacimiento y formación. Dicho economista -un verdadero sabio renacentista- redondeó en el citado año 2005 una iniciativa que venía rumiando, entonces sólo para los países en vías de desarrollo, desde el decenio de 1960: la “propuesta tributaria Bhagwati”. Basándose en los cálculos realizados por los académicos Mihir Desai, Debes Kapur y John McHale, nuestro hombre sostiene que “un impuesto mínimo cobrado a los indios que viven en el extranjero elevaría de forma sustancial las ganancias del Gobierno indio”.