La emoción que siempre produce sentirse ante la resolución de alguna incógnita determinante para la vida política estuvo del todo ausente en el comienzo de este congreso del Partido Popular. Y la intervención de su presidente al término de la jornada confirmó lo sensato de la atonía con la que los observadores y también los participantes de esta convocatoria habían encarado la jornada.»Son los que había», resumió Rajoy una vez hubo desgranado los nombres de su Comisión Ejecutiva y los de quienes habrán de ocupar la secretaría y las vicesecretarías. No hubo novedad alguna, ni siquiera la que pueda suponer el nombramiento de Martínez Maillo como coordinador general porque había una coincidencia casi unánime en que ése era un cargo que iba a ser rescatado en el organigrama interno del PP. Además, Maillo ya lleva ocupándose de hacer esa función casi desde el mismo momento en que fue aupado a la directiva del partido.

Por lo tanto, nada nuevo bajo el sol de Génova. Ni siquiera el discurso del presidente del PP incluyó algún elemento sorprendente o novedoso. Fue, sobre todo en su primera mitad, un discurso de vuelo bajo en el que Rajoy se dedicó a ensalzar a su partido y recordar por enésima vez lo grande que es, lo unido que está y que debe seguir estando y su larga trayectoria personal desde sus años de militante de base hasta llegar a donde está hoy, que es donde pretende continuar si sus compañeros votan su candidatura, cosa que harán entusiásticamente mañana por la mañana. Lo cierto es que esta era la imagen sin acentos, de ausencia de problemas, tensiones internas y hasta de discusiones de fondo, la que el Partido Popular estaba determinado a ofrecer a la opinión pública porque lo que han buscado es el contraste de tinta china con la realidad de los otros dos partidos que le siguen muy por detrás en apoyo ciudadano. Y no hay duda de que lo han conseguido.

Un congreso solemnemente aburrido y sólo levemente agitado por el modo en que se votó la enmienda para limitar los cargos

En definitiva, un congreso solemnemente aburrido y sólo levemente agitado por el modo en que se votó, en la ponencia política y de estatutos, la enmienda que pretendía limitar la ocupación de cargos políticos y orgánicos dentro del PP. Pero ni siquiera se puede asegurar que hubo una batalla a fondo para sacar adelante una enmienda que habría complicado los planes del líder. Lo que hubo fue más bien una dejación un punto escandalosa de los asistentes de sus obligaciones ya que votaron algo más de 600 compromisarios de los más de 3.000 que debían haber emitido su voto porque era la primera vez que una ponencia se sometía a la consideración de todo el plenario. Y ni siquiera se puede interpretar que la masiva ausencia de la votación se haya debido al  deseo de enviar un mensaje de rechazo a Cospedal, la secretaria general del PP contra la que se dirigía la enmienda por acumular en su persona a esa condición, la de ministra de Defensa y la de presidenta del PP de Castilla-La Mancha y, por lo tanto, la de candidata a la presidencia de esa comunidad. No fue ésa la intención de los ausentes sino la falta de conciencia de la importancia de lo que se iba a votar allí. El caso es que, llegada la hora de emitir el voto, la mayor parte de los asistentes al congreso estaba en el bar o haciéndose fotos con sus compañeros. Pura inconsciencia, pura frivolidad.

Un poco más y a Rajoy se le plantea un desagradable problema porque, aunque él tiene la potestad de constituir su equipo según sus particulares preferencias, el castigo a Cospedal le habría supuesto un imprevisto palo en las ruedas del carro del PP que con tanta facilidad están rodando últimamente por la vida política española. Y, por supuesto, habría colocado en una posición muy incómoda al nuevo coordinador general frente a una secretaria general en cierto modo desautorizada. Puede que Cospedal no sea la responsable del partido más querida de la historia, pero desde luego no es odiada por sus compañeros y eso porque se le reconoce haber lidiado con el partido en los momentos más difíciles y tenebrosos de su historia. Por lo tanto, interpretar como un voto de castigo a ella lo sucedido ayer puede resultar excesivo.

La segunda parte del discurso de Rajoy tuvo un contenido más político y por eso su intervención creció en interés. Pero dejó para la mañana del domingo sus reflexiones sobre el problema de Cataluña, cuestión que, con seguridad, concitará la atención de muchos de los españoles que hoy no le han dedicado al congreso del PP ni un solo minuto de su tiempo.