La consultora PwC (PricewaterhouseCoopers) ha batido un nuevo récord en la escala Richter de las meteduras de pata con su papelón en la entrega de los Oscar. Porque una cosa es haber estado involucrado en la mayor quiebra del sistema financiero mundial, que eso le puede pasar a cualquiera, y otra el bochorno de haberle dado el sobre equivocado a Warren Beatty sin la verdadera película ganadora del premio más importante del cine. De ese linchamiento no se libra uno tan fácilmente.

Se nos puede olvidar que PwC era la auditora de AIG, la mayor aseguradora del mundo, cuya quiebra casi provoca el colapso del sistema financiero mundial. Su desastrosa apuesta por el mercado de las hipotecas de baja calidad costó 85.000 millones de dólares al Gobierno estadounidense y de la onda expansiva aún no nos hemos recuperado del todo.

Se nos puede olvidar que PwC era la auditora de AIG, que casi provoca el colapso del sistema financiero mundial

Y quién se acuerda ya de que, en España, PwC ya estuvo en el ojo del huracán por haber supervisado la fusión de las cajas gallegas con Bankia, o que le salpicó el escándalo financiero de Luxembourg Leaks, un presunto macrofraude fiscal que implicaba a las grandes consultoras por asesorar en la evasión de impuestos a cientos de multinacionales. Pelillos a la mar.

No es nada que no les haya pasado también al resto de las Big Four, las cuatro mayores empresas del sector que sólo en España emiten 60.000 informes de auditoría anuales. Todas tienen su Gowex, su Pescanova o su Abengoa particular.

Y quién les iba a decir a las auditoras de las finanzas mundiales que la gran crisis reputacional con la que iban a abrir los telediarios de todo el mundo la iban a causar un par de sobres dorados que se traspapelaron en la entrega de premios más mediática del mundo.

Las consultoras están más acostumbradas que nadie a los escándalos financieros. Porque cada empresa tiene los suyos, pero ellas han vivido las de todos. Si les toca ir a juicio o pagar una multa se pregunta qué se debe y en paz. Son escándalos opacos, con una ingeniería financiera difícil de entender y de explicar. Y si la cosa se pone fea, muchas salen al paso echándole la culpa a que unos cuantos consultores descarriados actuaron por su cuenta.

Cada empresa tiene sus escándalos, pero las consultoras están acostumbradas porque han vivido los de todos

Ni siquiera ha hecho falta que la firma señale a Brian Cullinan y Martha Ruiz, los dos auditores de PwC encargados de supervisar la entrega de premios a pie de escenario, porque para colmo todo el mundo ya los conocía. Llevaban varios días de tour mediático explicándole a los medios el milimetrado proceso con el que PwC garantiza el recuento de las votaciones de la Academia de Cine.

Las cuentas en redes sociales de PwC mostraban su foto triunfal la víspera de la ceremonia en varios tuits que ahora apechugan como pueden el hazmerreír global.

Por eso el fiasco de PwC en los Oscar es diferente. Demasiado mediático para taparlo y demasiado fácil de entender para el gran público como para subestimarlo.

No hay alfombra, ni siquiera la roja, que pueda tapar la magnitud del desliz de PwC en los Oscar

Hizo bien PwC en emitir unas disculpas a las pocas horas del error. No hay alfombra, ni siquiera la roja, que pueda tapar la magnitud del desliz que los mismísimos Bonny & Clyde perpetraron delante de cientos de millones de personas.

Si en la crisis subprime  aprendimos que «too big to fail» significa que cuando eres demasiado grande para caer se encarga el Gobierno de rescatar tus desmanes, en los Oscar 2017 la lección es que hay cosas que la opinión pública no perdona. Pero son otras.

Uno puede irse de rositas después de auditar las cuentas de Goldman Sachs en medio de un cataclismo económico mundial, pero luego caer en desgracia por darle por error el Oscar a Mejor Película a La la land.