El caso de Venezuela si bien tiene similitudes con la primavera árabe y es más parecido a  Túnez y Egipto, que a Siria y Libia es un caso verdaderamente único. Afirmar que Maduro es un Gadafi o un Al Asad y que lo que queda se va a inmolar por él, es por mucho una extravagancia. Porque en un 14% de media en las encuestas, el gobierno de Maduro ya no representa a nadie. Y lo que hay que vencer es el miedo generado por el propio Maduro en ese pequeño porcentaje de “afectos condicionados” y hay que decirlo, aterrados.

Por eso Venezuela es un caso único. Tres aspectos cohesionaban al chavismo. Hugo Chávez, quien falleció. Un proyecto que gracias al boom petrolero daba falsa sensación de éxito que terminó en una catástrofe humanitaria y el dinero contante y sonante que atrajo a una muchedumbre variopinta de intereses materiales. Nada de eso existe ya.

Pero la salida es bastante más compleja que una simple “rectificación” política, pues tiene serias implicaciones criminales. Como bien aprendimos en el juicio por narcotráfico seguido al entorno familiar de la Presidencia, esos chicos crecieron educados bajo el siguiente concepto: “Estamos en guerra contra el capitalismo y el imperialismo yanqui” y entendieron las drogas como un arma.

Fue el propio Chávez quien la inició irresponsablemente con su política de laissez faire, laissez passer con las drogas y el terrorismo islámico. Sin darse cuenta que con el concepto de “el enemigo de mis enemigos es mi amigo” permeaba a todo un Estado, que hoy en muchos lugares de Venezuela luce desaparecido en un efecto de somalización tremenda.

El Estado en muchos lugares de Venezuela luce desaparecido en un efecto de ‘somalización’ tremenda”

Por eso para nadie es un secreto ya, que tanto ese entorno presidencial, como los cinco cuadros políticos más altos y beligerantes tienen juicios abiertos por narcotráfico y terrorismo en Nueva York, Florida y Houston.  Y es ésta también la razón por la que apelan al único elemento que puede cohesionar a un chavismo atomizado y anárquico, el miedo.

“Si llega la oposición, te matarán”, le dicen hasta al portero de un Ministerio. “Te despedirán”, “eliminaran a la Fuerza Armada”, “Se acabará la política asistencial”, “Solo nosotros lo impedimos”. El miedo es el único elemento que hoy impide la desbandada.

Y por eso también están tratando de convencer a los pocos suyos a nivel internacional así como a parte de la oposición, con sus lobistas, de que “siguen gobernando o viene la guerra civil”. O su variante: “Seguimos gobernando o viene un golpe del ala militar de izquierda”.

El miedo es hoy el único elemento que impide la desbandada de las filas chavistas”

Por eso el ex presidente de Uruguay, Pepe Mujica, sostiene “El problema que puede tener Venezuela es que nos podemos ver frente a un golpe de Estado de militares de izquierda, y con eso la defensa democrática se va al carajo”.

Es por lo mismo que el presidente Luis Guillermo Solís de Costa Rica, un conspicuo votante contra la coalición de naciones en el caso Venezuela afirma: “Sería una tragedia que se produjera un autogolpe de Estado y que de una manera u otra las fuerzas más radicales logren colocar a Venezuela en la antesala de lo que uno podría pensar que es una guerra civil”.

Basta sencillamente con leer ese lenguaje para entender que no es un asunto de que la oposición sea “terrorista” como dice Maduro, sino de que sus viejos afectos expliquen que es preferible que se quede el matón, para evitar que otro matón peor, entre los suyos alcance el poder. Pero el problema es que parten de un enorme conflicto de interés.

Es el mismo que tendrían Néstor Kirchner o Cristina Kirchner y es un pensamiento tan imparcial, como si fuera Raúl Castro. Es decir, afín ideológicamente hablando al régimen. Entre los negociadores bienintencionados, solo falto uno, el brasileño Marcelo Odebrecht, tan independiente como los que aparecen ante las cámaras diciendo que hay que evitar la masacre que viene.

La oposición venezolana ha dado pasos gigantescos para poder formar gobierno. Hoy, de acuerdo con todas las encuestas, el 56% simpatiza con algún partido opositor, su liderazgo individual es sorprendente, pero tiene que trabajar para erradicar el mismo problema de siempre, la unidad estratégica.

Debe aprovechar este momento de presión de calle, para negociar abiertamente con la base chavista y cerradamente con sus cuadros más importantes. Debe aislar a los pocos violentos y presentarle al chavismo conjuntamente una puerta para su supervivencia política.

Sean hoy minoría o no, el chavismo no puede ser dejado de lado para construir la nueva Venezuela. Si la oposición aprovecha esta ventana única que se abrió. Venezuela habrá salido airosa y entrara en una verdadera primavera.

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Thays Peñalver es abogada venezolana y autora de La conspiración de los 12 golpes