El debate de las primarias del PSOE ha servido para visualizar la fractura interna que vive el partido desde mucho antes que Pedro Sánchez fuera descabalgado de la secretaría general el 1 de octubre de 2016.

Ni él, ni la presidenta de la Junta de Andalucía han eludido el choque, sino que, al contrario, lo han buscado desde el minuto uno. Puede que haya sido un debate de guante blanco… pero con guantes de boxeo.

Mientras los aspirantes al título no paraban de darse castañazos, Patxi López insistía en el mensaje de unidad y en riesgo de «desaparición» del partido. El ex lehendakari quedó como el hombre bueno que quiere mediar en una pelea.

No hubo ocasión para la tregua. Las dos caras del PSOE, los candidatos que ha recogido más avales, sabían lo que se jugaban y, más que a resaltar sus virtudes, se dedicaron a afear la conducta del rival. Cuando habían transcurrido apenas 20 minutos, Susana Díaz no pudo reprimir un «Pedro, no mientas, cariño». La líder de los socialistas andaluces machacó una y otra vez en la idea de que Sánchez es el campeón de los bandazos y le responsabilizó en solitario de haber llevado a los socialistas a las dos derrotas más humillantes de su historia. Por su parte, Sánchez atribuyó a Díaz una campaña de desestabilización contra su persona a los pocos meses de que hubiera ganado las primarias, también la tildó de incoherente en su propuestas de modelo de Estado y, lo más grave, le atribuyó actuar con métodos poco democráticos en la gestión del partido.

Fue un debate pobre en argumentos pero intenso. Una manifestación clara de lo irreconciliable de las dos posturas que con más opciones se disputan el poder.

Aunque los tres participantes anunciaron que, si ganan, contarán con los dos perdedores, tras lo visto, tal promesa se antoja imposible.

¿Cómo se puede apelar a la unidad cuando la manera de obtener la victoria consiste en machacar al adversario?

Al debate le sobró tiempo y le faltaron argumentos. Hubo exceso de golpes bajos y escasez de ideas realmente innovadoras. Sánchez sólo dejó el cuerpo a cuerpo con Díaz para hacerle guiños a López: «Este proyecto es tu proyecto, Patxi».

Sin brillo, sin grandes ideas, hoy Pedro Sánchez está más cerca de lograr una meta que muchos creían imposible hace tan sólo dos meses

De fondo, el intercambio de golpes: «Tu problema, Pedro, eres tú. Ni siquiera tu equipo confía ya en ti». Mientras que Sánchez volvía una y otra vez a reprochar a Díaz y a la gestora el haber permitido con la abstención que se perpetuara el «gobierno corrupto de Rajoy».

La presidenta andaluza fue especialmente mordaz a la hora de esgrimir su particular lista de agravios. No le perdonó una a Sánchez y le recriminó repetidas veces que hubiera puesto como candidata por Madrid a Irene Lozano cuando, en su opinión, había compañeras en el PSOE con muchos más méritos para sentarse en el Congreso.

Pero Sánchez supo salir bien del acoso. No perdió la compostura y logró algo muy importante para sus intereses: los votantes socialistas pudieron ver un rostro de Díaz que normalmente permanece oculto. La aspirante a la secretaría general no es sólo esa mujer que besa a los niños y que corta cintas con el color de la bandera andaluza en las inauguraciones, sino una persona que es capaz de todo con tal de lograr sus objetivos. Por ello, sonó poco sincera su promesa de que, si gana y el PSOE no remonta, dimitirá y se marchará sin ruido. Tanto Sánchez como López le afearon que quiera ser secretaria general a tiempo parcial mientras mantiene su cargo como presidenta de la Junta.

Díaz ha desaprovechado su última oportunidad para ensanchar su ventaja sobre Sánchez. Puede decirse que hoy, sin brillo, sin grandes ideas, pero con determinación, el ex secretario general está más cerca que ayer de lograr una meta que muchos creían imposible hace tan sólo dos meses.