Carles Puigdemont ha estado en Madrid para explicar a los españoles que el diálogo es una virtud irrenunciable y que ellos, los independentistas catalanes, no se van a levantar de esa mesa de diálogo en la que pretenden que el Gobierno de España acepte pactar con ellos la comisión de un delito, que no otra cosa es incumplir el mandato constitucional en sus artículos 1 y 2.  Y con esa cantinela que él sabe imposible de llevar a la práctica, ha concluido la visita a la capital de España pensando que así ponía al Gobierno en una posición difícil y que él consumaba su papel de víctima de la incomprensión de esa España que últimamente, y a tenor de la desaparición de ese eslogan en la propaganda del independentismo, parece que ya no «nos roba».

El Gobierno debe encontrar la manera de cortar este intento de empujar a la comunidad entera al fondo del terraplén

El problema de Puigdemont y de sus compañeros por la independencia es que ellos saben, como sabemos todos, que el presidente del Gobierno, sea Mariano Rajoy o sea cualquier otro, está amarrado al palo mayor de un texto constitucional que no deja el menor resquicio a la duda: la soberanía reside en el pueblo español en su conjunto y la Constitución se fundamenta en la indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles. Esfuerzo vano, pues, este de apelar al diálogo sobre una negociación imposible.

Pero es que, además, Cataluña se ha hecho presente hoy, con toda la brutalidad de su amenaza, en la vida política española en un momento en que la ciudadanía tenía la mirada puesta  en los avatares del Partido Socialista y en las consecuencias que para esa formación y para el futuro del país puede tener el contundente resultado de las primarias del pasado domingo.

Pero no, hay que aparcar un poco ese asunto porque el diario El País ha publicado hoy la ley de ruptura que la Generalitat tenía escondida para que el Gobierno y el Tribunal Constitucional no se asomaran a tal cúmulo de barbaridades, insensateces y atentados al más elemental respeto al  principio de legalidad que se agavillan en ese texto de corte netamente autoritario o directamente dictatorial. Es comprensible que Josep Rull, consejero de Territorio de la Generalitat, se haya apresurado a aclarar que se trata de un «borrador desfasado» que se supone que ha sido mejorado en los últimos tiempos. Es igual. Lo que contienen esos folios esperpénticos no es sólo lo disparatados y antijurídicos y antidemocráticos que evidencian ser, sino que es un desafío monumental a nuestro Estado de Derecho con el propósito de empujar al Gobierno a tomar medidas drásticas para impedir que semejante locura  pueda siquiera iniciarse.  Y da lo mismo que en ese texto se exhiba con un descaro sonrojante el desprecio y el ninguneo que sus autores sienten por el principio de separación de poderes que es la base de cualquier estado democrático.

Del mismo modo en que es indiferente la frivolidad supina con que los redactores dan por hecho que esa Cataluña independiente con la que sueñan seguirá perteneciendo a la Unión Europea, como si eso dependiera de su única y exclusiva voluntad y no del cumplimiento estricto de las reglas que los miembros de la UE se han dado a sí mismos y que les obligan en todo caso. Por no hablar del trato que los independentistas se plantean propinar a la prensa crítica con el llamado procés.  Y así sucesivamente.

Todo en ese texto es un dislate y por eso es más que probable que nadie se crea ni una sola de sus líneas

Todo en ese texto es un dislate y por eso es más que probable que ninguno de los que ha participado en su elaboración, y ninguno de los que estarían dispuestos a aprobarlo, se crea ni una sola de las líneas ahí escritas y tampoco se atreva a defenderlas en público.

Pero lo importante no es su redacción ni siquiera su contenido, por más escandaloso que éste sea. Lo importante es su existencia. Y su existencia, insisto, tiene un solo objetivo: empujar al Gobierno, por decirlo corto y claro, a mandar a Cataluña a la Guardia Civil entrar en formación por la Diagonal. Ese es el sueño del independentismo catalán porque eso es lo que les abriría una escotilla para recoger velas de la locura en la que están metidos hasta los ojos, pero al mismo tiempo seguir manteniendo la pose de víctimas del Estado opresor y de ese modo prolongar hasta el infinito sus dolientes demandas y sus reproches de un maltrato que nadie en España se cree ya. Y aquí está el dilema y la prueba de fuego para al Gobierno, que debe encontrar la manera de cortar este intento de empujar a la comunidad entera al fondo del terraplén con la intención evidente de cubrir después a todos los españoles sensatos con la culpa de una agresión de la que ellos se presentarán inmediatamente como víctimas inocentes.

Es una operación endemoniada porque el problema es que, al contrario de lo que dice Puigdemont, el Estado claro que tiene el poder para frenar el referéndum. El poder y la fuerza para eso y para muchas cosas más. La cosa es que no desea usarlo, que no debe usarlo. Pero esa afirmación del presidente de la Generalitat pronunciada en el Ayuntamiento de Madrid recuerda a aquella canción infantil de hace muchos años que retaba al jardinero: «La manga riega, que aquí no llega, y si llegara, no nos mojaba». Y, naturalmente, la manga llegaba y ponía a los jugadores pingando.

El Gobierno tiene la confianza de la mayoría a la que tendrá que dar cuenta del resultado de su acción

Bien, pues en este caso, la manga riega del Estado ha de apuntar a los aledaños de la delirante operación sin poner perdidos a todos los catalanes. La operación es difícil pero esa es la responsabilidad de un Gobierno que está ahí porque le han puesto los españoles con sus votos y tiene la confianza de esa mayoría de ciudadanos a la que tendrá que dar cuenta del resultado de su acción.

Porque ésa es otra cuestión, y no menor: supongamos por un momento que la respuesta al desafío secesionista del Gobierno catalán fuera sometida, siguiendo la moda, a «consulta entre las bases»  e imaginemos a continuación las soluciones que podrían llegar a ponerse sobre el tapete, de las cuales habría que optar por la que hubiera logrado más apoyos. Una vez más, bendita sea la democracia representativa.