El fiscal jefe Anticorrupción ha presentado su renuncia tras el tiro de gracia de la Duchesse Financial Overseas. Su situación era insostenible, fundamentalmente porque Moix ocultó al fiscal general cuando le nombró que era dueño del 25% de una sociedad radicada en Panamá.

Maza no tenía más remedio que aceptar su petición porque el desgaste de mantenerlo en el cargo hubiera ido directamente en detrimento de la credibilidad de la Fiscalía y del suyo propio.

Pero una cosa es reconocer que Moix había dejado de ser idóneo para el cargo y otra es obviar el contexto político en el que se ha producido la ofensiva contra él. Tan malo es pretender desde el gobierno controlar al ministerio público como aspirar a que Anticorrupción se convierta en un órgano autogestionario.

El principio de dependencia jerárquica está reconocido en el artículo 124 de la Constitución y nada tiene que ver con un pretendido control gubernamental. El jefe de la Fiscalía Anticorrupción tiene todo el derecho a establecer unos criterios de actuación siempre que éstos no vulneren el principio rector del Ministerio Fiscal: «promover la acción de la justicia en defensa de la legalidad».

Un grupo de fiscales adscritos a Anticorrupción consideraron como una intromisión inaceptable el nombramiento de Moix, toda vez que  dos de sus compañeros, Alejando Luzón y la teniente fiscal Belén Suárez, habían optado a la plaza.

Algunos fiscales se creen por encima del bien y del mal y han demostrado tener un enorme poder

Fue precisamente Suárez quien le advirtió a Maza de la inconveniencia de nombrar a Moix porque, le informó, su nombre aparecía en las grabaciones de la Operación Lezo en una conversación entre Ignacio González y Eduardo Zaplana.

Moix puede que no sea un maestro en el manejo de la mano izquierda, pero el grupo de fiscales que le declaró la guerra nada más aterrizar en el cargo no le ha dado ni un minuto de respiro. No es casual que una de las primeras conversaciones que se filtraron a los medios fuera precisamente la que González y Zaplana.

Como tampoco ha sido fruto de la casualidad que la información sobre la herencia del padre de Moix haya salido a la luz precisamente ahora, seis años después de recibida la herencia.

Moix ha cometido errores y no podía continuar en su puesto, pero no ha cometido ningún delito ni, que se sepa, ha condicionado las investigaciones sobre corrupción que llevan los fiscales de Anticorrupción, incluidas, por supuesto, las operaciones Púnica y Lezo.

Los diseñadores de la operación han logrado su objetivo. Pero ¿a qué coste y recurriendo a qué medios?

El fiscal jefe se marcha tras una operación de acoso y derribo que ha tenido como punto álgido los insultos dirigidos a sus hijos: «Tu padre es un chorizo que esconde el dinero en Panamá».

Los diseñadores de la operación pueden sentirse contentos: han logrado su objetivo. Pero ¿a qué coste y recurriendo a qué medios? La imagen que se ha creado es que la Fiscalía es un cuerpo que está por encima del bien y del mal, un garante de la pureza total como en su día lo fue el tribunal de la Santa Inquisición.

Los fiscales, también los adscritos a Anticorrupción, cometen errores, como, por ejemplo insinuar que el chivatazo a González tuvo su origen en el secretario de Estado de Interior (en un informe que, por cierto, no había leído uno de sus firmantes). Y no por ello hay que apartarlos de los casos que investigan.

La sensación que nos queda es que estamos ante una cacería en la que Moix es sólo la primera pieza. Maza será el siguiente. Su supervivencia va a depender en gran medida de la capacidad del nuevo jefe de Anticorrupción de poner un poco de orden y sosiego en esa casa.