De entre todos los frentes que esperan a Pedro Sánchez antes incluso de que por segunda vez asuma oficialmente su puesto como secretario general del PSOE no se sabe cuál es más urgente y cuál más delicado porque, se mire en la dirección en la que se mire, el camino que habrá de recorrer será difícil, empinado y lleno de riesgos. Todas las incógnitas que la nueva dirección del partido deberá despejar piden una solución urgente porque sólo a partir de que haya quedado clara la posición que va a tomar en cada uno de los asuntos, podrán los socialistas iniciar con ciertas posibilidades de éxito lo que Adriana Lastra llamó le viernes “el camino hacia La Moncloa”. Algo que, con un exceso de optimismo, ella aseguró que se iniciaba precisamente este fin de semana.

Bueno, no tanto. Primero tendrá que quedar claro qué clase de PSOE es este PSOE, dónde se coloca frente a las grandes cuestiones de Estado, hacia qué lado se inclina y el grado del ángulo para intentar conformar lo que Pedro Sánchez ha llamado”una mayoría alternativa”. Una de esas cuestiones, precisamente la más importante, la más urgente y la más necesaria porque es la llave sin la cual no será posible que se aborden con éxito todas las demás es la propia vida interna, la cohesión de su partido.

Lo sucedido entre el 1 de octubre y el 18 de junio no ha pasado en balde para ninguno de los miembros del PSOE, sean militantes de base, dirigentes orgánicos o representantes institucionales gracias a los votos de los ciudadanos. Y lo que ha pasado es muy duro, muy amargo y ha dejado profundísimas heridas que están lejos de haberse cerrado. Pero la responsabilidad principal de restañar esas heridas, lo cual si se consigue, llevará mucho tiempo, es ahora suya porque ha sido él quien ha acudido a las bases para, enfrentándolas a sus dirigentes, auparse sobre su rebelión y vencer de manera indiscutible en la carrera por la secretaría general.

Pero por el camino han quedado muchos damnificados que corren el riesgo de convertirse en cadáveres si Pedro Sánchez no actúa con generosidad extrema, la que le es exigible siempre al vencedor,  y también con tanta inteligencia como egoísmo porque si esos cadáveres potenciales se descomponen finalmente pueden acabar contaminando muy gravemente el aire interno que se vaya a respirar en su partido de aquí a que el PSOE esté en condiciones de disputar con alguna posibilidad de éxito la presidencia del Gobierno de España. Y una cosa está clara antes de que los nuevos dirigentes empiecen a caminar a partir del lunes: sin un partido saneado, cohesionado y básicamente conforme con su dirección y con su líder, no tendrá Sánchez la menor posibilidad de avanzar efectivamente hacia la realización de su proyecto.

Por eso, es importantísimo tomar la medida de su voluntad real de restañar heridas y eso no se va a comprobar este fin de semana sino en los próximos meses. A lo largo de hoy y de mañana tendremos la fotografía de su equipo directivo y de las incorporaciones de los disidentes, que serán mínimas: Patxi López, que en realidad nunca fue un adversario real, y Guillermo  Fernández Vara como secretario del Consejo Federal que, puesto que es donde se coordinan los asuntos relativos a las “baronías”, parece obligado colocar al frente de éste a un barón. Pero esa no es una secretaría con poder real dentro de la Ejecutiva de Pedro Sánchez y en consecuencia no puede contabilizarse como un gesto indudable de voluntad integradora. Para comprobar si esa voluntad existe habrá que esperar a los congresos regionales y provinciales. Ahí estará el quid de la cuestión.

Si, como el flamante secretario de organización, José Luis Ábalos, ya ha dicho, se celebran primarias en los congresos regionales y provinciales y se promueven candidaturas alternativas a los actuales dirigentes, quedará claro que la nueva dirección del PSOE quiere quitárselos de encima y enviarlos al rincón de la política. Ese será un mensaje muy peligroso porque no sólo los barones sino los secretarios provinciales disponen de un importante poder orgánico y no darán la batalla por perdida así como así.

Si ese movimiento de sustitución masiva o muy general se produce, estará asegurada una nueva guerra interna que volverá a deteriorar muy gravemente la vida del Partido Socialista. Habrá que ver, por tanto, lo que pasa con  Javier Lambán en Aragón, con Ximo Puig en Valencia, con Emiliano García-Page en Castilla-La Mancha, y sobre todo lo que pasa con su enemiga política Susana Díaz en Andalucía. Pedro Sánchez no puede ignorar que quienes ocupan en todas esas comunidades la dirección orgánica del partido ocupan también su gobierno autononómico lo cual significa que han contado con el apoyo electoral de los ciudadanos.

Aunque tras las primarias se haya hecho el silencio entre los vencidos, no conviene equivocarse: no es un silencio de sumisión, es un silencio expectante en posición de “prevengan armas”

Sería por eso sumamente arriesgado para el éxito de su gestión que la nueva dirección cayera en la tentación de, a base de primarias, ir dejando aislados en sus gobiernos a esos barones mientras se les corta la hierba alrededor a base de rodearles de secretarios provinciales ajenos a sus posiciones y próximos a la nueva “línea Sánchez”. Entre otras cosas, porque además de no cerrar la guerra interna y mantener abiertas las heridas por lo que se interpretaría como una estrategia provocada por el afán de venganza, correrían el riesgo de perder las elecciones autonómicas en esas comunidades. No es una certeza, es una posibilidad, pero es una posibilidad que resultaría catastrófica para los planes del nuevo secretario general, que no está en condiciones de asumir ni una sola derrota electoral más porque ya lleva en el morral unos cuantos estrepitosos fracasos tanto en elecciones generales como en autonómicas y la continuación de una cadencia así sería letal para sus pretensiones políticas. Mantener el poder territorial es imprescindible ahora mismo para los socialistas pero sobre todo para él.

Tampoco puede ignorar la nueva dirección el poder de convicción de determinados grupos de comunicación que siguen ejerciendo una influencia determinante entre el electorado socialista y que, por el momento, interpretan la victoria de Sánchez como una auténtica amenaza para la supervivencia del PSOE. Esos medios no deben de ninguna manera ser desdeñados por la nueva Ejecutiva porque la estrategia que ésta adopte en relación a los “barones desafectos” y su supervivencia política y la de la línea que han defendido será interpretada por ellos -o no, depende de cómo actúe Sánchez- como la confirmación de que, efectivamente, el regresado secretario general es el  liquidador del PSOE . Y no le sobran fortalezas que desperdiciar a este Partido Socialista aún convaleciente de su guerra fratricida y profundamente dañado en su interior, aunque ahora no lo parezca tanto porque tras las primarias de mayo se haya hecho el silencio entre las filas de los vencidos. Pero no conviene equivocarse: éste no es un silencio de sumisión, es un silencio expectante en posición de “prevengan armas”.