1992 fue para España el año de los fastos: se celebraron los Juegos Olímpicos en Barcelona y se inauguró la Exposición Universal de Sevilla, dos espectáculos soberbios en los que nuestro país había puesto interés y dedicación máximos. Aquella era la ocasión de presentar al mundo una España nueva, sólida y merecedora del prestigio político, económico y cultural que se había ido ganando a lo largo de los últimos años.

La inauguración de los Juegos de Barcelona fue un acontecimiento de una originalidad y de una precisión técnica deslumbrantes. No hubo un fallo y todo transcurrió con una brillantez nunca vista antes en los anteriores Juegos, lo cual hizo que la Olimpiada de Barcelona superaran con mucho a lo realizado antes y después de 1992 por otros países que habían tenido siempre fama de indiscutible rigor en la preparación de este tipo de acontecimientos.

La idea inicial de presentar la candidatura de Barcelona fue del entonces alcalde de la ciudad Narcís Serra; el impulso interno en el Comité Olímpico Internacional fue de su entonces presidente, el barcelonés Juan Antonio Samaranch, y el desarrollo de un ambiciosísimo plan de modernización y apertura al mar de la ciudad fue del sucesor de Serra en la alcaldía barcelonesa, Pasqual Maragall. La Generalitat no participó en el esfuerzo.

Cuando el presidente del consorcio fue a ver a Pujol, éste le dijo: “Yo no voy a poner mi dinero para colocarle los adoquines al alcalde”

Cuando Santiago Roldán, catedrático y antiguo rector de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, fue nombrado presidente del consorcio público-privado que habría de hacerse cargo de las inversiones necesarias para poner a punto la ciudad ante un acontecimiento deportivo de relevancia mundial, fue a visitar al presidente de la Generalitat, Jordi Pujol, que le dijo: ” Yo no voy a poner mi dinero para colocarle los adoquines al alcalde”. Y así fue: los gastos derivados de tan gigantesca obra de mejora de la ciudad y de puesta a punto de sus instalaciones ya existentes y de construcción de otras nuevas, como las Rondas, la Villa Olímpica, el derribo de las edificaciones que impedían que la ciudad se abriera plenamente al mar y tantas otras obras fueron sufragados en su mayor parte por el Gobierno central, entonces presidido por Felipe González, por el Ayuntamiento de Barcelona y por multitud de empresas privadas que contribuyeron de forma muy importante a financiar un proyecto que tenía como objetivo lograr los mejores Juegos de la Historia y colocar a Barcelona en el primer lugar de las grandes ciudades del mundo.

Felipe González era muy consciente de lo que suponía la actitud tacaña, mísera y reservona del presidente Pujol pero decidió ignorar el asunto y apostar por una operación que, junto con la Exposición Universal de Sevilla, en la que se conmemoraba también los 500 años del Descubrimiento de América, iba a colocar a España brillantemente en el primer plano del panorama mundial. Como así fue.

Felipe González era muy consciente de lo que suponía la actitud tacaña, mísera y reservona del presidente Pujol, pero decidió ignorar el asunto

Pero es un hecho que el nacionalismo no sólo no colaboró en ese gigantesco esfuerzo, sino que desconfió de él desde el principio: consideraba que tanta apertura al mundo y tanta presencia de España en un acontecimiento de dimensiones mundiales debilitaba su proyecto empequeñecedor y ensimismado. Por eso, cuando los Reyes de España inauguraron meses antes de los Juegos el Estadio Olímpico, desde las filas de CiU se organizó la acción de los delfines del nacionalismo que le dedicaron una monumental pitada al himno nacional en el momento en que hicieron su aparición Don Juan Carlos y Doña Sofía mientras ondeaban en las gradas banderines con la frase Freedom for Catalonia y Catalonia is not Spain. Todo esto se desarrolló bajó la complacida mirada de papá Pujol, varios de cuyos hijos estaban unas gradas más abajo montando el ensayo de agresión que años más tarde hemos tenido ocasión de soportar multiplicado por mucho, con demasiada frecuencia.

Cuando el éxito de otros fue ya una evidencia, entonces el Gobierno de la Generalitat decidió asumir un protagonismo que no le había correspondido y se apropió de todo

Los Juegos de 1992 constituyeron un éxito indiscutible y no se equivocó Juan Antonio Samaranch cuando los calificó como “los mejores Juegos de la Historia”. Y entonces sí, cuando el éxito indiscutible del esfuerzo de otros fue ya una evidencia, entonces el Gobierno de la Generalitat decidió asumir un protagonismo que no le había correspondido y se apropió de todo: de los Juegos, de los éxitos de organización y, sobre todo, de esa nueva, deslumbrante y luminosa Barcelona que han dejado en herencia quienes se empeñaron con ahínco en mostrar al mundo una imagen de España que nada tenía ya que ver con aquella vieja idea de país escuálido, rancio, imperial y empobrecido que durante tantas décadas había estado circulando por el mundo desarrollado. Eso sí lo aprovecharon.