Cuando nació mi prima Andrea, mis abuelos sumaron a su nieta a una lista de ocho hijos. Mientras a los demás nos consentían, a ella, haciendo un esfuerzo, la educaron reaprendiendo lo que hacía ya más de veinte años habían olvidado. 

Ahora Andrea va a cumplir 26, pero por el pasillo de la casa de la aldea gallega donde nos juntamos en verano y en Navidad corre otra de mis primas. Celia no llega al medio metro de estatura, pero asumió con rapidez la tradición de mi abuela de desayunar en la cama. En la de la abuela.

Los abuelos, creemos, son inmortales

Celia es la décima, queda claro. Hasta hace muy poco la cuidaban cuando volvía del colegio; y ella suplicaba pasar cada fin de semana con ellos. Hoy, los abuelos cuentan más de 80 años y se han olvidado de reprimendas y deberes. Ni fuerzas ni ganas de regañar. A mi familia -sumamos casi cuatro decenas- la unen ellos. Consiguen, por ejemplo, que recorramos 600 kilómetros sabiendo que volvemos a casa.

Los abuelos, creemos, son inmortales. Me pasa con los míos. Hasta hace muy poco tiempo ni me había planteado que un día podrían no estar y que ya no tendríamos adonde acudir. Que ya nos quedábamos sin hogar. Sin alma, cualquier casa pierde el magnetismo.

Fue hace unos meses cuando a Tito, mi abuelo, le llevaron al médico para hacerle una revisión. «Estoy en el médico con el viejito, todo bien». Era mi tío Berto en el chat que compartimos todos y, al minuto, al viejito le estaba dando un ictus. 

Con la fuerza que tienen las mujeres que han levantado casas con palillos»

Entre lo que tardó mi tío en dar la noticia y lo que se llevaron a mi abuelo en ambulancia al hospital, una decena de coches se ponía en marcha. Nos acaban de decir que nuestro faro de costa se apagaba y a todos nos tembló el corazón más que las piernas. No sé cómo sería el resto de los viajes, pero el mío fue egoísta. La vida era menos amable si a alguno de los dos les daba por dejarnos a la deriva. Era menos cálida. 

Cuando llegamos, la abuela estaba sentada a su lado. Con la fuerza que tienen las mujeres que han levantado casas con palillos, le pedía a Dios que le dejase a su marido. Al final, hasta los superhéroes se desmoronan.

Hoy es el día de los abuelos, y hasta Google ha decidido homenajearlos cambiado su página principal. Hoy es el día de mi abuelo Tito y mi abuela Carmiña, el del señor que con una pensión de risa y media cadera rígida recoge todos los días a sus nietos y les da la merienda. El de la mujer que ya llevaba años tranquila y ha tenido que rehacer el salón para colocar un par de camas. 

En España la crisis habría resultado mortal sin el esfuerzo de aquellos que deberían estar descansando. Sin el cuidado de los que deberían ser mimados. Si algunos dicen que estamos remontando, tenemos que mirarles más. Han sido la palanca que nos ha dado impulso, los que nos han permitido volver a coger algo de aire. La que ha ayudado a las madres de Andrea y Celia a guardar fuerzas y seguir adelante.