“Feo, católico y sentimental”. Así definía Ramón María del Valle-Inclán al Marqués de Bradomín,  en lo que algunos ven un autorretrato del autor o tal vez el arquetipo del español medio de finales del siglo XIX. Los españoles del siglo XXI tal vez sean menos feos, cada vez son menos católicos, tienen poco de sentimentales y mucho de presuntuosos.

El último sondeo del CIS, correspondiente al mes de julio, nos daba una fotografía electoral en la que el mejor parado es Pedro Sánchez (el PSOE se sitúa a menos de cuatro puntos del PP y le saca doce a Unidos Podemos). Esa era la noticia del sondeo y el hecho de que las izquierdas sumaban algo más que las derechas en intención de voto. Y los focos periodísticos se centraron en ese aspecto de la muestra.

Las preferencias electorales son volubles y animan el debate del día a día, pero el sustrato de fondo -lo que dicen los españoles de sí mismos- viene siendo relativamente constante, aunque incoherente, desde hace algún tiempo. Ideológicamente, los españoles se sitúan en el centro un tanto escorado a la izquierda. Los que se definen como progresistas, socialdemócratas y socialistas suman el 31,4% de la población, mientras que los que dicen ser conservadores, demócrata cristianos (todavía quedan) y liberales suponen el 30,7%. Pero hay un 2,1% que se reclaman comunistas y un 3,8 que dicen ser ecologistas (que seguramente votan opciones de izquierda).

A los españoles (de izquierda y de derecha) les preocupa, sobre todo, el paro y la corrupción, pero pasan bastante de la independencia de Cataluña. El considerado como el mayor problema político para España apenas si es mencionado como asunto prioritario por una ínfima parte de la población, lo que hace pensar que ni siquiera es importante para los propios independentistas.

¿Como es posible que tantos españoles que creen que la situación es muy mala digan sentirse completamente felices?

A pesar de que la economía crece por encima del 3% y de que se están creando 600.000 puestos de trabajo al año, los españoles son pesimistas respecto a la situación económica: el 53,3% la considera mala o muy mala. Y no digamos ya lo que opinan sobre la situación política: para el 70,1% es mala o muy mala (y eso que la estabilidad está garantizada por el pacto del PP con Ciudadanos, que los presupuestos tiene ya luz verde y que la legislatura se prevé larga).

Lo más seguro es que cuando los españoles valoran la situación política en lo que piensan es en la corrupción y por eso no sorprende que el tercer factor de preocupación (tras el paro y la corrupción) sean “los políticos”.

La valoración sobre la gestión del gobierno de Rajoy es nefasta: un 55,4% cree que es mala o muy mala. A pesar de ello, todavía hay un 28,8% que sigue pensando votar al PP.

A lo mejor, esa aparente contradicción no debería sorprendernos tanto. Los españoles, que, según manifiestan, no creen que en el futuro la situación política y económica vaya a mejorar, se consideran razonablemente felices. Hay un 76% que dice sentirse bastante feliz. ¡Incluso hay un 13,5% que afirma ser completamente felices! ¿Pero dónde están? ¿Por qué no se notan en la oficina, o en el metro o en el mercado?

Como país, según el CIS, tenemos una salud envidiable. Entonces: ¿Somos masoquistas? ¿Exageramos cuando valoramos negativamente la situación general? ¿O mentimos cuando hablamos de nosotros mismos?

Uno siempre tiene a ver la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio, suele decirse. Lo que parece claro es que reconocerse infeliz no es recomendable. Una sociedad -no solo la española- que se exhibe constantemente y que vive obsesionada por la imagen es normal que tienda a fingir que es menos desgraciada de lo que es en realidad.

Desde luego, no somos esa sociedad de ciudadanos felices en un entorno desgraciado que dibuja el CIS, que vive alimentada por la angustia que reflejan algunos informativos, y que, efectivamente, lleva a muchos a pensar que todo lo que le rodea es un desastre. Lo que sí parece es que nos gusta presumir de lo bien que nos va.