Antes del pasado domingo, muchos analistas y políticos vertían ríos de tinta intentando responder a la pregunta: ¿Qué hacer el 2-O? En el día a día, septiembre ha sido el mes de posponer cualquier plan, proyecto o problema que no fuera estrictamente político a: “Cuando pase el 1-O”. Pues bien, hace ya seis días del pasado 1 de octubre y la frágil pero inmensamente pesada situación no ha hecho más agudizarse.

Si pudiera escoger dos fotos fijas para comprender lo acontecido desde el domingo hasta hoy escogería, por un lado, la imagen de la ciudadanía catalana levantando los brazos y las manos frente a los colegios al grito de “somos gente de paz”, afirmando contra toda actuación sus propios derechos y, por el otro, el momento en el que en su discurso el Rey Felipe VI señala a la cámara con el dedo índice.

El Rey y la propia ‘marca España’ andan hoy en sus horas más bajas de legitimidad

Y es que, en esta semana, tanto en Catalunya como en España se han producido, por lo menos, dos puntos de inflexión: una unidad ciudadana entre catalanes del , del no, de los que estaban de acuerdo con el 1-O y de los que no, y la posible apertura de una ofensiva reaccionaria del Estado que activa el jefe del ejército con un discurso extremadamente duro dirigido a la mayoría de los catalanes y también, especialmente, al Partido Socialista de Pedro Sánchez.

Esta unidad ciudadana en defensa de su soberanía y en la lucha por más derechos y más democracia es, sin duda, nuestro mayor bien a preservar que acaba por impregnar toda realidad. Lo vimos cuando el president Puigdemont se sumó a las posiciones de los que siempre hemos defendido que Catalunya es “un sol poble” dentro de su pluralidad, lenguas, orígenes e identidades y que sólo desde esa transversalidad podemos avanzar en un país en el que nunca nadie se vuelva a quedar atrás.

Ese proyecto político, sin embargo, es incompatible con los recortes, con la corrupción, con la privatización de la sanidad o las exorbitantes tasas universitarias que pagamos en Catalunya. Y es incompatible, también, con una Declaración de Independencia que estreche la pluralidad de la base social actual. Hay efectivamente una mayoría que conquistó el 1-O; hay una mayoría más amplia incluso que, ante la represión del PP, se expresó con una fuerza inusitada en el paro del 3-O; esas mayorías han demostrado sin lugar a dudas que el derecho a decidir es una realidad ineludible que no puede ser declarada, como pasó después del 27-S, “pantalla pasada”.

Somos el país del 15-M y sabemos que la resignación es sólo aquello que transcurre entre intento e intento

Por otro lado, el discurso del Rey fue la prueba prime time de que la incompetencia política del Partido Popular ha llegado hasta el punto de haber conseguido generar, no sólo la peor crisis política que ha vivido España desde el 78, sino una verdadera crisis del propio Estado. El Rey y la propia marca España en el mundo andan hoy en sus horas más bajas de legitimidad. Y no es que Mariano Rajoy sea consciente de su poco futuro político y haya decidido caer con todo, es simple incapacidad para gestionar políticamente los distintos intereses y anhelos de la ciudadanía a la que dice representar.

Esa incompetencia se convirtió en una violencia indiscriminada que difícilmente será olvidada por la mayoría, no sólo en Catalunya, sino también en España. Y esta misma mayoría que seguimos viviendo con mucha tristeza y dolor lo que está pasando y que decimos: negocien. Somos el país del 15-M, y, por eso, desde el espacio del cambio sabemos que la resignación es sólo aquello que transcurre entre intento e intento, y por ello seguiremos trabajando, junto con todas las iniciativas ciudadanas para que vuelva, con Rajoy o sin él, la cordura política al Gobierno.


*Xavier Domènech es coordinador general de Catalunya en Comú y portavoz de En Comú Podem