El discurso de Carles Puigdemont en el Pleno más importante del Parlament desde la recuperación de la democracia decepcionó a la CUP y a las organizaciones de masas que han impulsado en la calle la ruptura con España.

Tampoco los suyos, Junts Pel Sí, tenían cara de felicidad. Ni la presidenta de la cámara, Carme Forcadell. Ni Oriol Junqueras. Ni siquiera él mismo pudo mostrar en ningún momento un gesto de alegría, no digamos de euforia.

Y, sin embargo, el presidente de la Generalitat declaró la independencia. En base a un referéndum ilegal y trucado, en base a unas leyes rechazadas por casi la mitad de los diputados. Pero lo hizo, porque no tenía más remedio.

Los miles de concentrados en torno al Parlament, que esperaban celebrar este día el principio de la añorada república catalana, se sintieron abandonados por su president, engañados por Junts Pel Sí.

Abandonado por la gran burguesía, calificado de “traidor” por la CUP: el que debía ser gran día de la independencia se ha convertido en el día de la frustración

Puigdemont declaró la independencia y la suspendió a renglón seguido. Como coartada de este coitus interruptus  -la Cataluña independiente de Companys se prolongó al menos durante unas horas- esgrimió el diálogo, la negociación. Nos ofreció unas semanas de paz y sosiego para encontrar una solución pactada a un problema que sólo él y su gobierno han generado.

Pero Puigdemont no puede aparecer como el hombre que nos ha perdonado la vida. No ha abortado su golpe a la democracia porque haya tenido un rasgo repentino de generosidad. No. La propuesta del presidente de la Generalitat ha sido el fruto de las presiones de los grandes empresarios, de las llamadas a la sensatez de los principales líderes de la Unión Europea, de la alarma provocada en organizaciones cívicas e instituciones de todo tipo. Y también la consecuencia de una convicción: en Cataluña, como se demostró el pasado domingo, hay millones de personas que no comparten su ideario, que no quieren romper con España y que están hartos de que se hable en su nombre pisoteando sus ideas y aspiraciones.

El rostro de Puigdemont hablaba por sí solo. El gran día de la independencia se ha convertido en el día de la frustración. Le ha abandonado la gran burguesía y ahora los radicales de la CUP le llaman “traidor”.

La vicepresidenta anuncia que se adoptarán medidas en el Consejo de Ministros y que Rajoy busca consenso: el 155 está sobre la mesa

Pero ¿qué puede ocurrir en las próximas semanas? ¿Qué puede pasar durante ese plazo indefinido en el que Puigdemont espera la aparición de un mediador angelical? Ningún miembro relevante de la Unión Europea hará ese papel y, desde luego, Mariano Rajoy no debería ni siquiera tenerlo en cuenta dentro de las posibles opciones a considerar.

La cuestión ahora es: ¿qué hará el gobierno de España? Es verdad que lo que ha sucedido representa un fracaso para los planes independentistas, que la CUP puede hacer caer al gobierno y forzar unas elecciones adelantadas, como pidieron ayer Inés Arrimadas y Miquel Iceta. Pero Rajoy no puede hacer como si nada hubiera pasado. El gobierno sólo puede hablar con Puigdemont si éste retira la declaración de independencia. Y eso no ha sucedido. Los ciudadanos españoles esperan ahora su respuesta.

Soraya Sáenz de Santamaría ha dejado claro que con el presidente de la Generalitat no se puede negociar nada si no abandona su alocado proyecto y ha anunciado que Rajoy está buscando consenso con los principales partidos para las medidas que se adopten en el Consejo de Ministros extraordinario convocado para las 9 de la mañana. El 155 está sobre la mesa. Es lo que reclama Ciudadanos. Lo importante es que el PSOE asuma que ahora no es el momento de romper el bloque constitucional. La unidad de los demócratas es la mejor garantía de que en Cataluña se restablecerá la legalidad.