Las cosas pintan hoy mejor  para los defensores de la legalidad y peor para quienes han roto en Cataluña una y otra vez las leyes de una manera consciente y deliberada. Digo hoy con pleno conocimiento del término porque en esta sesión diaria de electrochoque en que se ha convertido la cuestión catalana es muy arriesgado hacer previsiones más allá de las siguientes 24 horas. Pero hoy estamos mejor que anteayer y que hace tres o cuatro días. Y eso es así porque lo sucedido en la noche del jueves en el Tribunal Supremo ha supuesto un golpe durísimo, yo diría que letal, a la doctrina imperante hasta ahora entre el independentismo dirigente. Hasta ese momento se mantuvo la ficción de que la independencia de Cataluña era un principio imbatible, una exigencia incrustada en el alma del poble catalán de modo inquebrantable. Pero hete aquí que uno de los símbolos más adorados, uno de los referentes más sólidos, más entusiastas, más activos y más contumaces de esa exigencia irrenunciable declaraba ayer, al unísono con sus compañeros interrogados por el juez instructor del Alto Tribunal que -dice literalmente el auto de su señoría- “no es que hayan asumido la intervención derivada de la aplicación del artículo 155 de la Constitución sino que han manifestado que, o bien renuncian a la actividad política futura o, los que desean seguir ejerciéndola, lo harán renunciando a cualquier actuación fuera del marco constitucional”.

Aquí  está la almendra del asunto: las señoras Carme Forcadell,  Anna Simó, Ramona Barrufet y los señores Lluis Corominas y Lluis Guinó, se han comprometido a acatar la Constitución de ahora en adelante. Y ése es un compromiso determinante y una victoria de la Justicia española, la victoria buscada por el Estado de Derecho recurriendo en exclusiva a la aplicación de la ley. Y hay que añadir que la actuación de la Fiscalía ha contribuido muy grandemente al éxito de lo sucedido. Por una razón: porque los cinco encausados se habían resistido a darse por vencidos ante el poder de la Constitución y estuvieron aproximándose a su acatamiento pero sin dejarlo meridianamente claro. En ese punto, los fiscales mantuvieron la petición de prisión incondicional. No podían suavizar la dimensión de las medidas cautelares solicitadas ante un compromiso asumido de lado, eso no era suficiente.

No es adecuado decir que la Fiscalía ha quedado en mal lugar ante la condescendencia del juez. Cada uno hizo el papel que le correspondía

Por eso el Ministerio Público no se movió un milímetro de su posición pero hizo algo que tendría su efecto inmediato en el ánimo de los encausados: levantó la petición de prisión incondicional para la señora Barrufet porque había sido la única que se había desmarcado con claridad de toda tentación de defender la puesta en práctica del independentismo por los escandalosos procedimientos en que la declaración de independencia había sido llevada a cabo y porque reconoció que aquel referéndum no había tenido la menor garantía y no podría nunca haber  servido de base  para proclamar una independencia basada en cualquier caso en leyes ilegales, tal y como les había advertido repetidamente el Tribunal Constitucional. Con este reconocimiento la Fiscalía le abría la puerta y Barrufet  se iba a la calle. Y los demás tomaron nota porque los fiscales siguieron pidiendo la cárcel inmediata para todos ellos. Por eso hicieron un último intento de declarar. Y el juez acudió a darles la última oportunidad, que podía no haberlo hecho. Ellos y sus abogados sabían que, o la aprovechaban, o ya no habría otra posibilidad de escapar de la cárcel. Y todos circularon ordenadamente por la única senda aceptable para la Justicia porque era la única que discurría por los cauces de la legalidad. Por eso no es adecuado decir que la Fiscalía ha quedado en mal lugar ante la condescendencia del juez. No, cada uno hizo el papel que le correspondía y lo hizo adecuadamente y conforme a Derecho. Si estos señores no hubieran tomado el camino de la legalidad y no se hubieran comprometido a mantener sus furas actividades dentro del amplio ámbito que enmarca la Constitución, habrían marchado todos a prisión porque el juez les habría enviado a ella sin dudar.

Será interesante asistir a la digestión por parte del movimiento independentista de la bajada del autobús protagonizada por los miembros de la Mesa del Parlament

Fueron, pues, inteligentes y evitaron su paso a la cárcel, aunque nada de esto les libra de un proceso judicial que se celebrará en su momento, una vez que el Supremo haya asumido todas las causas abiertas en distintas instancias judiciales y la instrucción haya llegado a término. Y ahí se abren muchas posibilidades que no viene al caso ahora enumerar porque incluyen elementos políticos que pueden darse, o no, según sean las circunstancias. Ahora bien, de aquí a mañana, a pasado mañana y a los días sucesivos, será interesante asistir a la digestión por parte del movimiento independentista de la bajada del autobús, por decirlo de alguna manera, protagonizada por los miembros de la Mesa del Parlament. No pueden llamarles “traidores” a la cara porque eso será tanto como reconocer la evidencia de que el movimiento independentista ha recibido un hachazo que le ha partido por el eje y del que será difícil recuperarse por mucho que intenten disfrazarlo. Y que además puede que no sea el único golpe porque los miembros del antiguo govern encarcelados -que lo están no por sus ideas sino por sus actos-  ya saben lo mucho que se equivocaron en su estrategia de no contestar a las preguntas de los fiscales, a lo que hay que añadir el flaquísimo favor que les hizo el ex presidente de la Generalitat Carles Puigdemont huyendo a Bruselas y empujando a que la juez tomara la precaución de meterlos entre rejas para impedir que siguieran el camino de su estrafalario antiguo líder que, además, tuvo la desdichada ocurrencia de asegurar que, unos desde el interior y los otros desde el exterior, formaban un equipo compacto que llevaría a cabo su proyecto político de gobierno como si no hubieran sido destituidos.

Lo que hagan los ex miembros del govern encarcelados es todavía una incógnita. Pero podemos tener por seguro que si se siguen negando a contestar a las preguntas de la Fiscalía, si no reconocen que cometieron  de una manera tan empecinada ilegalidades flagrantes y si no aceptan lo que han aceptado Carme  Forcadell y los otros miembros de la Mesa del Parlament, esto es, que en su futura acción política discurrirán dentro del respeto a la Constitución, la Fiscalía no podrá hacer otra cosa que pedir su mantenimiento en prisión y el juez no podrá hacer otra cosa que mantener esas medidas cautelares por el riesgo de fuga -cortesía de Puigdemont-  y de reiteración delictiva, también cortesía del ex president.

Será muy interesante escrutar el clima en que se produce la manifestación del sábado por la tarde en Barcelona convocada por las organizaciones callejeras autoras de los grandes despliegues de la Diada porque eso dará una idea aproximada de cómo es de intenso el divorcio con la realidad de los creyentes de la Tierra Prometida de la república independiente de Cataluña. Y ya circula por las redes una pregunta que tiene su morbo y su crueldad: ¿Irá Forcadell a la manifestación? Y yo añado, ¿irá abrazada a la Constitución a reclamar democracia, denunciar represión y libertad para los “presos políticos”, como ella, que ya está en la calle? Todo forma ya parte de un espectáculo pero Puigdemont por un lado y Forcadell por otro han descabellado la ficción de la independencia. Los miembros encarcelados del antiguo govern podrían ser los llamados a darle la puntilla.