Supuestamente resuelta en diciembre del año pasado, el Brexit zozobra de nuevo contra las rocas de la cuestión irlandesa. Para la cuestión irlandesa la respuesta irlandesa ha sido siempre: no hay una cuestión irlandesa, sino una cuestión británica en Irlanda.

La primera ministra británica, Theresa May, ha rechazado el miércoles de forma desafiante la propuesta de la Unión Europea de mantener a Irlanda del Norte, bajo gobierno británico, como “parte del territorio aduanero de la Unión [Europea]”.

“Ningún primer ministro británico lo aceptará jamás”, ha declarado Theresa May.

El presidente del Consejo Europeo, Donald Tusk, ha respondido el jueves que el Reino Unido tiene que ofrecer su propia alternativa a la propuesta de la UE de que Irlanda del Norte se quede en una zona regulatoria común, lo que efectivamente deja el territorio alineado con las reglas de la UE al menos en lo que se refiere a las aduanas. El negociador jefe de la UE para el Brexit, Michel Barnier, asegura que “el mecanismo” no supone una amenaza “para el orden institucional o constitucional del Reino Unido”.

Imaginarse Belfast como un Macao bajo la lluvia pero sin casinos o un Hong Kong sin rascacielos ha alarmado a los analistas y a los periodistas por igual, que ven en las propuestas de la UE como una interferencia inaceptable en los asuntos que competen a la soberanía británica, e incluso posiblemente un intento de frustrar la salida del Reino Unido de la UE.

El ministro a cargo del Brexit del gobierno británico, David Jones, ha acusado a la Unión Europea de querer “anexionarse” Irlanda del Norte, pero anexionarse “¿respecto a quién? Para empezar la soberanía británica en Irlanda está lejos de ser indiscutible.

El principal escollo, en lo que respecta al Brexit, es una frontera de 500 kilómetros entre la británica Irlanda del Norte y la independiente Irlanda, frecuentemente llamada República de Irlanda.

Puede parecer extraño –después de todo, los conflictos de Irlanda no se han librado por microdetalles sobre puntos aduaneros o la armonización de estándares de materiales de construcción- pero cuando Gran Bretaña deje la Unión, las únicas fronteras territoriales con la UE serán la interirlandesa y Gibraltar. Y de momento al menos la frontera irlandesa parece ser más volátil.

Johnson ha comparado la frontera con el sistema de peajes urbanos en Londres y ha enfurecido a Irlanda”

Si el gobierno británico tiene ideas sobre qué hacer con la frontera interirlandesa nadie sabe cuáles son, a no ser que quiera establecer una tecnofrontera con cámaras de vigilancia que controlen las matrículas de los vehículos y tecnología de reconocimiento facial. Es una idea que promueve de forma entusiasta el colorista ministro de Exteriores, Boris Johnson.

En una intervención en la BBC esta semana, Johnson ha comparado la frontera con el sistema de peajes urbanos en Londres, lo que ha enfurecido a Irlanda –y no ha respondido si algunos o todos los 275 puntos fronterizos, más que en la frontera oriental de la UE en el presente no operativos permanecerán abiertos.

Los lectores españoles no necesitan que se les recuerde lo volátiles que son las fronteras, tanto interiores como exteriores, pero las dificultades de la frontera irlandesa con Gran Bretaña no se corresponden con Cataluña o Gibraltar. Incluso las comparaciones con el País Vasco, que ha sido un punto tradicional de referencia para los republicanos irlandeses, no superan un examen a fondo.

Además, los intentos de los ultras del Brexit de presentar todo el jaleo como el resultado de un complot para reunificar la nación irlandesa chocan con la realidad, sin mencionar la experiencia vivida en Irlanda, tanto en el norte como en el sur.

Los políticos británicos parecen incapaces de entender que las objeciones de los republicanos irlandeses no se basan en una oscura malicia hacia la soberanía británica, sino en el reconocimiento de que Irlanda ha aceptado un compromiso con su propia soberanía cuando se trata de Irlanda del Norte.

No ayuda que el gobierno en minoría de Theresa May esté apuntalado por el Partido Unionista Democrático de Irlanda del Norte (DUP), pro británico, algo que ha ahondado la tradicional línea divisoria entre la adhesión a Gran Bretaña y a Irlanda en Irlanda del Norte.

En realidad, hay un laberinto de conflictos de intereses en este asunto: la UE está intentando minimizar el impacto del Brexit, el gobierno británico quiere distanciarse de la UE, y el gobierno irlandés trata de asegurar que no habrá alternaciones en el flujo de bienes desde Europa, debido a que la mayoría llegan a través del Reino Unido, y asegurar a sus ciudadanos en el territorio controlado por los británicos no quedan desamparados.

El partido laborista británico, liderado por un euroescéptico, defiende el alineamiento aduanero con la UE para dañar a May”

Mientras tanto, las fuerzas probritánicas en Irlanda del Norte están aprovechando la oportunidad para tranquilizar a Irlanda sobre su planteamiento político global, y las fuerzas proirlandesas en Irlanda del Norte buscan desesperadamente cómo aferrarse a su conexión a la nación irlandesa, y el partido laborista británico, que también tiene sus propias propuestas de alineamiento aduanero con la UE, a pesar de estar liderado por un veterano eureoescéptico, pretende causar el máximo daño posible al debilitado gobierno de May.

El conflicto sobre la soberanía de Irlanda del Norte, el último resquicio de mandato británico sobre la isla, se ha enfríado y recalentado desde la fundación del Estado en 1921. Las tres décadas del conflicto, conocido como los Troubles, que terminaron a finales de los 90, son el ejemplo más conocido.

El Acuerdo de Belfast de 1998, conocido como el Acuerdo de Viernes Santo, fue el primero de una serie de pactos que llevaron a que acabaron los disparos con compromisos por ambas partes: Irlanda dejaba de lado su reclamación territorial sobre Irlanda del Norte, y Gran Bretaña retiraban sus tropas.

Irlanda y Gran Bretaña aceptaron que Irlanda se reunificaría en caso de que la población norirlandesa lo decida en votación”

Tanto Irlanda como Gran Bretaña aceptaron que Irlanda se reunificaría en caso de que la población norirlandesa lo decidiera en una votación. Liberaron a los presos y una asamblea, algo parecido a un parlamento, se constituyó para repartir el poder entre las dos partes en conflicto.

La UE fue, a lo sumo, un jugador de fondo en el acuerdo, pero la pertenencia a la UE de Gran Bretaña y de Irlanda era el territorio en el que se hizo el acuerdo: los puestos aduaneros desaparecieron una vez en vigor el Tratado de Maastricht en 1993, y al desmilitarizarse la frontera después del acuerdo de paz dejó de tener sentido como tal.

El Brexit amenaza con volver a levantar esa frontera.

Las diferentes actitudes hacia la UE prevalecen en las dos naciones pero mientras las dos pertenecían al mismo club nadie en Irlanda del Norte se sentía incómodo. Esto es lo que el Brexit ha cambiado inevitablemente.

Para los británicos, la UE representa la pérdida de soberanía: la imposición de regulaciones absurdas y el mandato de una potencia extranjera.

Para los británicos, la UE representa la pérdida de soberanía… Para los irlandeses, significa mayor soberanía”

Irlanda, que logró la independencia en el siglo XX después de una guerra amarga y sangrienta con Gran Bretaña, sabe bien lo que significa que te gobierne una potencia extranjera. Por eso, para los irlandeses, la pertenencia a la UE significa una mayor soberanía, debido a que, a pesar de sus defectos –Irlanda los ha experimentado al someterse al diktat del Banco Central Europeo en los años posteriores a la crisis de 2008- la UE permite a Irlanda establecerse como Estado soberano, no como un Estado vasallo sometido a la superioridad de su vecino.

En Irlanda del Norte esa división corresponde, más o menos, con adhesiones políticas. En su mayoría, si no son todos, los votantes probritánicos apoyan el Brexit, y los proirlandeses lo rechazan. No es tanto por amor a la UE; en estos días, es más el odio hacia Gran Bretaña. Pero verse forzados a separarse de sus compatriotas, en realidad de su nacionalidad y el sitio de nacimiento, es demasiado peso para muchos irlandeses.

Si bien no hay riesgo de que vuelva la violencia a Irlanda, los corazones se han endurecido”

Si Gran Bretaña ofrece respuestas práctica a la tediosa cuestión técnica de las aduanas y el comercio, la cuestión podría arreglarse, pero si bien no hay riesgo de que vuelva la violencia a Irlanda, los corazones se han endurecido. La respuesta a la cuestión de qué potencia distante, imperiosa e imperial -Bruselas o Londres- está arruinándolo todo y para todos es una cuestión de lealtad nacional.

Desde que la frontera se ha convertido en el mayor dolor de cabeza con el Brexit, muchos euroescépticos como el diputado conservador Dan Hannan y la laborista Kate Hoey, han dicho que los acuerdos de Belfast son insostenibles.

La verdad es que la guerra en Irlanda nunca se dio por terminada sino que se contuvo en un tira y afloja sobre cuestiones culturales, así que los ultras del Brexit tienen razón, pero de la misma manera que un reloj parado da dos veces al día la hora correcta.

Es difícil ver malicia hacia Irlanda en el Brexit. Incluso cuando los responsables de ponerlo en marcha insisten en pisotear los intereses irlandeses es más por pecado de omisión que de comisión. Pronto averiguaremos, sin embargo, si Irlanda del Norte es, como decía Margaret Thatcher, que sigue siendo odiada en Irlanda, “tan británica como Finchley (el distrito electoral de Londres donde fue elegida por primera vez en 1959)”.


Jason Walsh es periodista y politólogo irlandés, afincado en París.