La decisión de las cúpulas de UGT y CCOO de asistir a la manifestación de Barcelona, en compañía de la ANV y Òmnium, en defensa de los independentistas presos, ha provocado tensiones internas en ambos sindicatos. En UGT más abiertamente, ya que secciones tan importantes como la de Renfe o Telefónica emitieron esta semana comunicados informando de su decisión de no acudir a la convocatoria porque “no recoge el sentir ni la pluralidad de la sociedad catalana”.

Los dos grandes sindicatos hicieron una declaración conjunta el 11 de abril para explicar su polémica decisión: afirman no compartir el ideario nacionalista, pero atacan las actuaciones judiciales por “desproporcionadas” y ponen el acento en lo que consideran “abuso de la prisión preventiva”.

Las organizaciones independentistas de masas, la ANV y Òmnium. que tienen a sus líderes, Jordi Sánchez y Jordi Cuixart, respectivamente, en prisión por decisión del juez Tribunal Supremo Pablo Llarena, se han apuntado un tanto político de gran calado al sumar a su movilización a los llamados sindicatos de clase, que, al compartir sus objetivos, asumen también un ataque directo a la independencia judicial.

La manifestación ha sido masiva, pero no un éxito. La Guardia Urbana de Barcelona ha estimado en 350.000 los asistentes, cifra que la Policía Nacional ha rebajado a 130.000. Muy lejos de movilizaciones anteriores que se acercaron al millón de personas.

En todo caso, los sindicatos le han dado al independentismo la mejor coartada para aparecer ante la sociedad como un movimiento casi transversal. Es decir, como la representación genuina del sentir mayoritario de la sociedad catalana. Por mucho que sus líderes hayan disfrazado su participación como la forma de “crear puentes”, el grito más coreado por los congregados ha sido “Puigdemont president” ¿Es eso lo que pretenden CCOO y UGT?

Muchos trabajadores no entienden que sus sindicatos secunden una manifestación convocada por los mismos que gritan “¡España nos roba!”

Existen varios factores que explican a la perfección la mutación de UGT y CCOO desde sus orígenes obreros a lo que hoy son, organizaciones que conviven cómodamente con el poder:

1º Las bases de los dos sindicatos se han transformado durante las últimas tres décadas. UGT y CCOO han pasado de ser sindicatos de trabajadores de grandes fábricas a sindicatos de funcionarios. Hoy son mayoría los afiliados que trabajan en la función pública o en el sector público, como los maestros, por ejemplo.

2º Durante años, los partidos nacionalistas (sobre todo ERC) han practicado el entrismo en los grandes sindicatos. Copar las cúpulas sindicales significaba tener una base social de la que carecían. Eso ha hecho que, por ejemplo, el actual líder de de UGT en Cataluña, Camil Ros, sea un ex militante republicano. A la clausura del Congreso donde fue elegido con el 83,5% de los votos (fue el sustituto del hoy secretario general del sindicato, José María Álvarez) asistió el entonces presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont.

Esa connivencia del independentismo con el mundo sindical ha llevado a que sindicalistas como Neus Munté o Dolors Bassa hayan ocupado consejerías importantes en la Generalitat (fueron consejeras de Presidencia y de Trabajo, respectivamente, en el gobierno de Puigdemont).

3º Los sindicatos han visto con simpatía el acercamiento del nacionalismo a sus filas. Lo que más temían UGT y CCOO era que en Cataluña les surgieran competidores independentistas como sucedió en el País Vasco con ELA o el radical LAB. Los líderes sindicales catalanes siempre han valorado como un éxito estratégico la inclusión de militantes soberanistas en sus filas que, naturalmente, han terminado por contaminar su política.

4º Las dos grandes centrales sindicales han recibido una continuada y creciente financiación por parte de la Generalitat y de otras instituciones catalanas controladas por el independentismo. Las secciones de UGT y CCOO de Cataluña están entre las que gozan de una mejor posición financiera dentro de sus respectivas centrales. Por no hablar del número de liberados que cobran directamente de la Generalitat y de otras instituciones públicas.

La manifestación de Barcelona ha estado lejos de ser un éxito. El grito más coreado: “Puigdemont, president”

Con ese panorama no es extraño que UGT y CCOO hayan acudido sumisas a la convocatoria de las organizaciones independentistas a manifestarse en contra de la decisión de un juez.

Ahora bien, tanto Álvarez como Unai Sordo (secretario general de CCOO) deben ser conscientes de que, entre sus bases en Cataluña, hay miles de trabajadores que no comparten el ideario del independentismo y que se sienten tan catalanes como españoles. Ambos sindicatos están registrando numerosas bajas en su afiliación precisamente por ese posicionamiento partidista que no recoge la “pluralidad de la sociedad catalana”, como afirman las secciones de UGT de Telefónica y de Renfe. Por no hablar del rechazo que genera entre sus bases en el resto de España ese coqueteo contra natura.

Álvarez, que, como asturiano, no debe haber perdido del todo su punto español, ha decidido aplicar una cierta corrección a esa deriva soberanista.

Si CCOO y UGT no quieren firmar su sentencia de muerte, lo primero que tienen que hacer es pensar más en los trabajadores

La victoria de Ciudadanos en las últimas elecciones, el hecho de que los partidos independentistas no hayan conseguido ganar en número de votos, las enormes manifestaciones en defensa de la unidad de España celebradas en los últimos meses en Barcelona, demuestran que hay una parte muy importante de la sociedad catalana que no comparte la uniformidad ideológica que quieren implantar los soberanistas. Percibiendo ese peligro de ruptura de su organización, Álvarez se ha comprometido a asistir a la próxima manifestación que convoque Sociedad Civil Catalana. Veremos si cumple.

Históricamente, los sindicatos de clase han tildado al nacionalismo de ser una ideología pequeño burguesa. El sindicalismo de clase siempre ha sido internacionalista: “¡Arriba parias de la tierra. En pie famélica legión!”. No se le puede pedir al movimiento obrero que siga anclado en el siglo XIX adorando los textos de Marx. Pero de ahí a ir del brazo de los que gritan “¡España nos roba!”, hay un gran trecho.

Si CCOO y UGT no quieren firmar su sentencia de muerte, lo primero que tienen que hacer es pensar más en los trabajadores y menos en mantener su estatus como apéndices de un poder político que, en Cataluña, ha defendido sin disimulo desde los primeros años de Jordi Pujol los intereses de la gran burguesía.